La picardía en Big little lies y las ridículas apariencias Ficciones, Reseñas

Una de las claves más silenciosas que encierra esta brillante serie es el humor con el que trata nuestras contradicciones sin hacer de ellas un chiste

Fotograma de la serie

Fotograma de la serie con sus protagonistas, interpretadas por Shailene Woodley, Reese Whiterspoon y Nicole Kidman

La mentira es a veces la traición que nos juega el orgullo cuando nos oculta a los demás incluso para pedir ayuda, otras es el juicio superficial o interesado, pero otras es ese destello creativo, pícaro y sagaz, nacido de la sororidad necesaria para lidiar en un mundo que no se adapta a nuestras necesidades. La diferencia entre la comicidad y el sutil tono humorístico que impregna Big Little lies es que la primera conspira con nuestros errores, los aplaude y huye de ellos, pero en el segundo caso, es esa amiga que nos quiere bien y con la que compartimos los mejores momentos del día la que nos observa subrepticiamente, sin condena, ni mansplaining ni risas embriagadoras, como lo haría un espejo, para que no tengamos escapatoria. Esa amiga nos cuenta una historia de mujeres mucho más verdadera que cualquier otra. Con honestidad, a veces con crudeza, pero también con esa pícara complicidad que hace posible acercarse a nuestras grandes pequeñas mentiras.

Esa amiga (que es Big Little lies) es la que se solidariza con nuestra vulnerabilidad en vez de ensañarse con ella, es la que nos advierte del peligro antes de que éste llegue, la que nos da ese último empujón cuando ya está encima y, también, la que no puede hacer nada mientras no abramos la boca. Pero, sobre todo, esa amiga es con la que aliviamos el exceso de drama que tantas veces envuelve el relato de nuestras vicisitudes. La que impide el tono trágico de aquellas heroínas bovarianas que huían de sí mismas.

Con ella, sonreímos socarronas a las poses que los niños y las mujeres disfrazadas de Audrey Hepburn hacen ante la cámara en la intro de la serie mientras suena un tema con aires de idealismo cincuentero. Nos tomamos una cañas y empezamos a relatar el primer capítulo, ‘Alguien está muerto’, que parece más el título de la casilla de un juego de mesa o el de uno de los casos de Agatha Christie, desde esa mirada algo juguetona que despertaba en ella la intriga y la escena de un crimen. Luego llegan los interrogatorios desde los que se va hilvanando la historia y para cuando escuchamos las lindezas que sueltan a diestro y siniestro todos esos que creen saber tanto de nuestras vidas, ya no podemos parar de reír.

Pinceladas distorsionadas, exageradas, incluso surrealistas, llenas de prejuicios y tópicos sobre los que las más de las veces se asientan las opiniones superficiales que podemos tener sobre la vida de los otros o de nosotras mismas, se entremezclan con destellos de lucidez sin que, hasta el final, podamos discernir unos de otros. Nada tiene que ver con la inamovible sentencia creada por los rumores que aparece en La modista (Moorhouse, 2015), sino con evidenciar lo ridículos y hasta divertidos que pueden resultar esos juicios ajenos que parecen estar tan seguros de saberlo todo de los demás. Esa es una de las más refrescantes sensaciones que se advierten al seguir la serie: la liviandad que adquirimos al desprendernos de la pesada carga que comporta tener en cuenta excesivamente la opinión externa.


Con esa amiga hablamos de nuestros hijos como esos seres vulnerables y catalizadores de nuestras peores sombras, pero también como esos sabios y nada inocentes espectadores de todo lo que no cuentan las palabras, que destapan nuestras contradicciones, las de las mujeres, las de todas. Incluso las de las que pretendemos ser tan feministas que criticamos a otras por responder a ciertos clichés convencionales, como el de heterosexuales, amas de casa, madres y de clase alta. Las contradicciones de las que luchamos por el respeto a la diferencia y nos cuesta respetar las diferencias entre mujeres. Esto lo hace también el metadiscurso de la serie del director de Wild (2014) y Café de Flore (2012) sin que nos demos cuenta. Y lo hace, no con la jocosidad exagerada de una Bridget Jones, ni con la de Samatha o Charlotte (Sexo en nueva York), sino de forma real, sincerísima y completamente naturalizada. Un desnudo del infantilismo que a veces nos posee y que resulta todavía mucho más patente cuando es mostrado por la cara de circunstancias con la que nos miran nuestros hijos.

A estas alturas de la historia, mi amiga y yo nos miraremos mientras sonreímos silenciosamente e igual es el momento de pedirnos una copa. Escucharemos uno de los inolvidables temas de la banda sonora que actúa en Big little lies como un personaje más, poético y brillante, quizá una versión de You cant always get what you want cantada por una mujer. Y con esta amiga, finalmente relataremos el tremendo final de la historia, oscuro y providencial, y lo guardaremos para nosotras. Como quien guarda un tesoro. Con el mimo y el orgullo con el que hay que tratar (a veces) nuestras pequeñas grandes mentiras, porque, como dicen los Rolling Stones, “you can’t always get what you want/ But if you try sometime, yeah,/ you just might find you get what you need!”*

*(No siempre puedes conseguir lo que quieres / Pero si lo intentas, algún día, sí / podrías descubrir que consigues lo que necesitas)

Puedes leer otra mirada de la serie, la de María Castejón Leorza en +Pikara

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Esther Marín Ramos es Licenciada en Periodismo, Doctora en Sociología de la Cultura y psicodramatista. Aplica la teoría psicoanalítica, la sociológica y de género al análisis de la ficción narrativa. Escribe en diversas publicaciones y es autora del libro “La re-evolución social a través del cine: Argumentos cinematográficos de la crisis de la modernidad” (Valencia, Alfons el Magnánim, 2017).

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