Veneno para su piel Análisis, Voces

Han pasado dos décadas desde que Cristina Ortiz Rodríguez, más conocida por todos como ‘La Veneno’, reventara los audímetros en televisión con sus picantes y descaradas apariciones en el mítico late-night ‘Esta noche cruzamos el Mississippi’, presentado por Pepe Navarro. Un personaje lumpen e icónico que, gracias a la fuerza de Internet, sigue despertando hoy día pasiones también entre jóvenes que ni siquiera habían nacido cuando ella se hizo popular. Su triste muerte, el pasado mes de noviembre, ha dado paso a la desaparición del personaje y al nacimiento de la leyenda. Algunas de las personas que mejor la conocieron comparten ahora sus recuerdos con Píkara.

Aashta Martínez

La Veneno se saca un 'selfie' con un seguidor, durante la presentación de su biografía./ Aashta Martínez

La Veneno se saca un ‘selfie’ con un seguidor, durante la presentación de su biografía./ Aashta Martínez

Hasta que La Veneno alcanzó la popularidad, pocos habían oído hablar de Adra. Fue en este municipio almeriense donde la vedette nació y creció. Vino al mundo como un niño al que todos llamaban Joselito. “Era muy bueno e ingenuo. Allí en Adra en muchas casas teníamos un gallinero en lo alto del terrado. Se pasaba las horas y el día con las palomas. Tenía muchísimas. Las cogía, las soltaba y las veía volar”, recuerda su hermana mayor, Mari Pepa, que pasó mucho tiempo a su lado.

A Joselito no le gustaba estudiar y, cada vez que tenía ocasión, se escaqueaba del colegio, para disgusto de sus padres, José María y María Jesús, un matrimonio acomodado.
Joselito era un niño despierto, extrovertido, y que se quedaba embobado, ya fuese mirando sus palomas o viendo La Cenicienta, su película preferida. Pero, a medida que crecía, fue descubriendo que no era como los demás niños. Empezó a interesarse por otros chicos y se sentía bastante incomprendido en su pueblo. Su madre, preocupada por su afeminamiento, optó por llevarle a un médico en Granada, que le dijo que los niveles de hormonas femeninas de su retoño eran bastante elevados.

El pequeño decidió refugiarse en el mundo del arte y la moda, un terreno donde se sentía especialmente cómodo. Así, de paso, le daba una alegría a su madre, que quería que empezase a labrarse un futuro. Para ello, le matriculó en una escuela de peluquería en Granada, pero Joselito se cansó pronto y lo dejó al poco tiempo. “Con él se metían ya en la época adolescente, porque generaba envidias. Era un niño muy guapo, no pasaba desapercibido. Era un chico que entraba a una discoteca y todo el mundo se volvía a mirarle”, dice Belén. Aprovechando que era habilidoso para ello, Joselito empezó a ganar algo de dinero ayudando en varias peluquerías de Adra. “Tenía mucho arte. Cogía a una fea y la ponía guapísima”. A la vez, comenzó a ayudar también a las dueñas de varias tiendas de ropa de su pueblo, organizando los escaparates y poniendo en marcha desfiles de moda. Y no le iba nada mal. Es más, el día que Joselito acudía, la clientela de esos establecimientos se triplicaba. Su arte, labia y desparpajo hacían que muchos de los asiduos pidieran expresamente que fuese Joselito quien les atendiese.

Además de peinar y desfilar, Joselito comenzaba ya a interesarse por el mundo del artisteo. En cuanto tuvo la ocasión, y aun siendo menor de edad, se marchó a Marbella para ver lo que se cocía por allí. Y acabó con su gozo en un pozo y en la localidad malagueña de San Pedro de Alcántara, donde fue acogido por Pepita y Pepe Romero, un matrimonio acaudalado, amigo de sus padres. Aunque ya había visitado algunos locales de ambiente en Almería, Joselito se abonó a ellos en Málaga, concretamente en Torremolinos, donde comenzó a hacer amigos. Durante varios años, vivió a caballo entre San Pedro y su Adra natal. En esta última, trabajaba a menudo en Modas Jean Marín, una tienda de ropa regentada por una amiga de la familia. “Se largaba mucho a Torremolinos con la excusa de ‘es que en Marbella tengo un novio’. A lo mejor faltaba quince días en la tienda y regresaba otra vez. Eso se lo permitía la dueña”, confiesa Antonio Crespo, amigo de Cristina desde que ambos eran muy jóvenes.

Joselito era un joven alto y bastante apuesto, y eso despertaba cierto recelo entre algunos conocidos. Por eso, comenzó a sentirse cada vez más a disgusto en su pueblo y decidió que había llegado la hora de marcharse de allí. Poco a poco, fue preparando su plan. Primero se marchó un tiempo a Valencia, que con el tiempo se convirtió en el refugio al que acudía cada vez que necesitaba desconectar. Allí vivían ya por ese entonces dos de sus mejores amigos, Ramón y Paqui. Y, tras una breve temporada en Castellón y Valencia, decidió volver a Adra, coger sus bártulos y partir hacia Madrid, donde soñaba con prosperar y sabía que se había instalado su amigo Antonio.

Fue en el verano de 1992. Casi sin previo aviso, Joselito se plantó en la capital española y, tras pasar una noche en un hostal de la Puerta del Sol, se instaló la segunda noche en casa de su colega, un pequeño piso situado en el madrileño barrio de Malasaña. Gracias a otro contacto, consiguió un trabajo en un bar cercano al Hospital 12 de octubre. “Él perdió el trabajo y estuve viviendo conmigo durante un año y medio, aproximadamente. Después de dos años, yo tuve que dejar el piso”, cuenta Antonio.

Su transformación física comenzaría poco tiempo después. Todo empezó en una conocida discoteca de Madrid, tras un encuentro con varias transformistas. Joselito le propuso a Antonio ir a espiar a las travestis que por aquel entonces ejercían la prostitución en el paseo de la Castellana, junto al puente Juan Bravo. Dicho y hecho. Allí se plantaron y, al ser descubiertos, tuvieron que salir corriendo. Pero Joselito era tozudo, y no se daba por contento. Quiso volver otro día, pero esta vez lo hizo vestido de chica, para evitar ser descubierto y ahorrarse posibles problemas. “Con la ropa que yo tenía de las actuaciones, le maquillé y peiné con unas pelucas mías, y fuimos. Claro, ya en vez de irnos detrás de los matorrales nos paseamos por delante de ellas. Se echaron encima de nosotros y nos arrastraron más de diez metros de las pelucas”, narra Antonio. Una de esas prostitutas les pidió perdón al cabo de unos días y les explicó que, si querían ir a esa zona, tenían que tomar hormonas.

Fue a partir de esa noche cuando Joselito comenzó a pensar en la posibilidad de ganarse la vida trabajando en la calle, como esas chicas de la Castellana a las que él había espiado unos días atrás. Tras ponerse varias inyecciones de hormonas, decidió operarse el pecho y poco a poco fue haciéndose otros retoques estéticos.

Su forma de entender la identidad de género era compleja, como ella. Siempre decía que ella no era una mujer: ‘mujer mi madre, yo soy un pedazo de maricón castrado’, comentó en más de una ocasión. De hecho, algunos de sus familiares y amigos afirman que a ellos les pedía que le llamasen Joselito.

En todo caso, con esos cambios corporales, volvió a la zona y comenzó a trabajar: primero, vendiendo a las prostitutas algunas bebidas y bocadillos que ella misma preparaba y, después, ejerciendo la prostitución. A medida que su cuerpo se transformaba, los clientes se multiplicaban. Y con ello, las envidias por parte de compañeras que veían que no rendían como ella. Por eso, ni corta ni perezosa, la joven empezó a llevar de acompañante una hoz de hierro que guardaba en una cesta de paja. Por si alguna se pasaba de la raya.

De la Castellana al Parque del Oeste de Madrid. O de Castellón a Valencia. No había zona que se le resistiese a Cristina, nombre que la joven adoptó desde ese momento y que, gracias a la Ley de Identidad de Género aprobada en 2007, pudo también modificar junto a su sexo en su documento de identidad. “Yo he visto a Cristina ganar 200 mil pesetas en una hora y media. Me decía ‘Mira Ramón, vámonos para casa, que hace mucho frío. Por hoy está muy bien’. Era increíble como prostituta. Y las demás la querían echar, pero ella podía con todas”, recuerda con cariño su amigo Ramón Suárez, que conoció a Cristina en Adra en los años ochenta. Con él se pegó buenas juergas, convivió en varias ocasiones y compartió su nacimiento como estrella televisiva.

Fue en 1996 cuando las cámaras del programa Esta noche cruzamos el Mississippi se cruzaron en su camino. Los reporteros querían grabar a las prostitutas que esa noche rondaban el Parque del Oeste y ella, con su natural desparpajo y su escandaloso atractivo físico, les contó alguna de sus batallas. Pepe Navarro quedó embobado con los encantos de Cristina ‘La Veneno’ y, durante varios días, el periodista cordobés hizo un llamamiento para lograr localizarla de nuevo y llevarla al plató. Tras resistirse durante varios días, por temor a la reacción de su familia, La Veneno accedió finalmente a ser entrevistada en directo en el programa. Y esa noche cambiaría su vida para siempre. El audímetro reventó y a esa primera entrevista le siguió otra. Telecinco intuyó el diamante en bruto que era esa tal Cristina, y decidió contratarla. Incluso le pagó un viaje a su Adra natal, con paseo en limusina por las calles del centro incluido, para deleite de sus múltiples conocidos y admiradores. Durante esa excursión se produjo el sonado incidente en el que cuatro descarados lanzaron piedras a la limusina conducida por el chófer y que paseaba a la artista y a una reportera. Esa fue la gota que colmó el vaso del desencuentro de Cristina con su pueblo natal. Un pueblo al que, de hecho, jamás volvería.

A lo largo de los casi dos años que trabajó a las órdenes de Navarro, ‘La Veneno’ se convirtió en uno de los personajes más queridos de la televisión. Su actitud desenfadada, su gracia natural y su soez verborrea la convirtieron en todo un reclamo, tanto en platós como en discotecas de media España. Su sección en el programa era la más esperada por los espectadores cada noche. Los periodistas la seguían y los bolos le llovían. Lo mismo se desnudaba para la revista Primera Línea, que inauguraba un sex-shop con la actriz porno italiana Cicciolina. En ese tiempo, llegó a grabar un LP titulado Veneno pa tu piel y a rodar dos películas porno, El secreto de La Veneno y La venganza de La Veneno, dirigidas por Anton Frames, con la única condición de que su novio, un italiano llamado Andrea Petruzzelli, fuese el único que la penetrase. “Su aterrizaje en el porno español, siguiendo la estela de personajes como Poli Díaz, me pareció gloriosa en el termómetro del morbo. Las películas eran lo peor, rodadas con tres pesetas, con polvos cutres y distribuidas de mala manera, pero el vicio oculto que desataban fue tremebundo y digno de estudio”, apostilla Manuel Valencia, editor y director del fanzine 2000 Maniacos. Precisamente, con el dinero que logró ahorrar, y con el apoyo y consejo de sus padres, Cristina decidió comprarse su conocida casa de la calle Tablada.

“Los mánagers y la gente de la que se rodeó se hicieron ricos a costa de La Veneno. Crearon un personaje que no le benefició en absoluto. Aunque ella tenía su rebeldía, no era así de ordinaria hablando. La gente no ha conocido a la verdadera Cristina. Ella no era así, ni hablaba así, pero no supo frenarlo”, reflexiona con cierta tristeza la hermana pequeña de Cristina.

Viñeta-homenaje de Ana Belén Rivero

Viñeta-homenaje de Ana Belén Rivero

Su fama iba in crescendo, pero ya se sabe que nada dura para siempre. En diciembre de 1997, Antena 3 canceló de modo fulminante la emisión de La sonrisa del pelícano, dirigido por Pepe Navarro y en el que Cristina colaboraba también. ¿La razón? Que alguien hizo creer a los directivos de la cadena que un vídeo de contenido sexual en el que aparecía el periodista Pedro J. Ramírez iba a emitirse en el programa.

Después, la vedette siguió haciendo bolos y, de paso, manteniendo a su novio Andrea, que vivía de ella, enfermaba de celos con frecuencia y se jugaba el dinero de ambos en las máquinas de apuestas. Las peleas y discusiones de la pareja eran continuas, pero Cristina vivía enganchada a él, a pesar de que este parecía ser veneno para su piel. “Eran claramente la imagen del chulo y la prostituta. Andrea era un proxeneta que no quería trabajar, era un vago y ella se lo consentía. Ella, con tal de tener al lado a ese hombre alto y de poder presumir, se quedaba enamorada”, reflexiona Valeria Vegas, autora de las memorias de La Veneno, a la que conoció en 2006 en Valencia.

Amante de la Coca-Cola Light y de las buenas comilonas, Cristina vivía esos años de una pequeña pensión no contributiva que logró que le dieran, y de los bolos y entrevistas que de vez en cuando le surgían. Un día, se le cruzaron los cables y decidió estafar a varias aseguradoras. Poco después, Andrea denunció a su novia por simular varios robos e incendios en su casa para cobrar una indemnización. “Todas estas estafas ocurrían cuando ella todavía tenía dinero. Ella hacía su trabajo por un lado y él hacía también el suyo, que eran este tipo de estafas en las que le hacía firmar a ella. Y ella firmaba, bien por inculta o bien cegada de amor”, sostiene Valeria.

Aunque lo desconocía, su infierno personal estaba a punto de comenzar. Cristina entraba en prisión en 2003, condenada por estafa, simulación de delito y falsedad en documento mercantil. Allí, en una cárcel de hombres además, pasó los tres años más duros de su vida. Salió irreconocible, aturdida, destrozada psicológicamente y pesando más de 120 kilos. Su adición al consumo de tranquilizantes, a los que ya era asidua desde hacía años, fue en aumento. “Cristina tenía obsesión por Andrea. Yo fui a la cárcel y no me dejaron entrar. Me parecía increíble que tuviese que pedirle a Andrea el permiso para ir a verla. No hacía caso a los consejos de la familia. Te dolía ver cómo ponía en un altar a quién le estaba hundiendo. Estaba ciega con él”, recuerda Belén.

Después de aquella pesadilla, Cristina decidió refugiarse una temporada en Valencia, en casa de su amiga Paca ‘La Piraña’, que la cuidó como a una hermana. “Cada vez que tenía problemas o se veía hundida se venía a mi casa, a espabilarse. Yo la cuidaba, me la llevaba a la playa… Ella no se tenía que preocupar de nada”, comenta Paca, artista almeriense afincada en Valencia. Allí, Cristina podía pasar días, semanas o incluso meses. Hasta que se sentía fuerte de nuevo, o algún maromo se cruzaba en su camino. Precisamente fue Paca quien la bautizó con su popular seudónimo a principios de los noventa. “Yo le puse ‘La Veneno’ porque era muy mala. Era buena gente y tenía buen corazón, pero luego tenía una lengua muy mala que era lo que le perdía. Y como te le metieras entre ceja y ceja, piérdete, porque su lengua era un hacha”, bromea.

Durante esos meses, conoció a Sergio, un albañil rumano con el que a punto estuvo de contraer matrimonio. “Lo conoció en la estación de autobuses de Valencia. No sabía hablar español, pero le gustaba beber, era un cosaco bebiendo. Luego ella se ve que le hacía de rabiar o algo y se mataban vivos”, recuerda Paca. La historia de amor, que duró menos de un lustro, acabó como el rosario de la aurora. El joven estaba enganchado al alcohol y Cristina contó en varias ocasiones que le daba mala vida cada vez que bebía. Más veneno para su piel. Efectivamente, Cristina tenía imán para las sanguijuelas. “Le gustaba tener gente en su casa para sentirse acompañada y querida. Ella por una palabra de cariño o un afecto lo daba todo. Tanto en el amor como en la amistad”, añade.
“La historia de Cristina fue la de muchas mujeres trans que luchaban por sobrevivir en una sociedad en la que reinaba el machismo y la transfobia. Tenía el encanto y la magia suficiente como para trascender. ¡Y lo hizo!”, recuerda la artista Nova Bastante. Lo cierto es que Cristina fue una mujer sin ningún tipo de afán activista. Le sobraba con representarse a sí misma y, sin embargo, sí contribuyó de manera definitiva, con su sola presencia y sin saberlo, a la visibilización del colectivo trans de este país.

Sus últimos años de vida no fueron fáciles. Los pasó prácticamente sola, perdida y sin saber muy bien cómo salir de esa tela de araña tejida por representantes y parejas aprovechadas. “Me consta que su vida era muy monótona, de estar tumbada en la cama, medio dormida. Una vida sedentaria, de como mucho bajar al bar a comer. Generalmente, no salía. Tenía temporadas. En verano era más de arreglarse e irse a la Puerta del Sol, como todo el mundo que pasaba por ahí sabía”, argumenta Vegas. Y allí fue, justamente, donde conoció al que fue su última pareja, Alín.
Fue en 2014. Él, un veinteañero rumano, trabajaba como prostituto y no tenía recursos económicos. Cristina sintió pena y compasión y le invitó a ducharse en su casa. Ahí comenzó su idilio, y también su perdición. “Cristina era una persona muy insegura emocionalmente. Ella tenía falta de afecto en la pareja y en las amistades. Físicamente era una persona fuerte, pero era débil en lo más importante, en lo emocional”, recuerda Juani Díaz, amiga de Cristina en sus últimos años de vida.

A pesar de todo, Cristina volvió a tener una ilusión en sus últimos meses. Su libro de memorias, del que tanto había hablado en los últimos años, veía por fin la luz el pasado mes de octubre. De nuevo, un argumento con el que retornar a los platós televisivos y poder ganar algo de dinero. Como en su etapa gloriosa, los bolos volvían a sucederse y Alín comenzó a ver ahí un suculento filón. De nuevo, actuaciones en Madrid, Barcelona, Málaga y Sevilla. Entrevistas para prensa, radio y televisión. Y más bolos cerrados para el mes de noviembre.

Una mujer totalmente analógica como ella, que aún usaba un teléfono móvil antiguo, no terminaba de entender el mundo de Internet y las redes sociales, aunque le hacía gracia el fenómeno. Paradójicamente, su último trabajo consistió en protagonizar una sesión fotográfica en la redacción del portal de noticias Buzzfeed, de la que salieron una sucesión de gifs animados con las caras que La Veneno pondría ante determinadas situaciones. “Se rio mucho y estaba encantada. Aunque es verdad que se repetía en algunas anécdotas y tenía ese punto un poco de persona mayor de la farándula. A mí me recordaba a esa imagen de Norma Desmond, de ‘El Crepúsculo de los Dioses’, de diva a la antigua”, señala Beatriz Serrano, redactora de Buzzfeed.

 

Nunca se vio tan elegante como en su última sesión fotográfica, para la prestigiosa e internacional revista Candy. El reportaje se llevó a cabo a principios de octubre y, para las fotos, Cristina lució un look sobrio y recatado. Vistió orgullosa varios diseños de firmas como Gucci o Loewe. “Cuando le puse la peluca, se fue a vestir y, cuando se miró al espejo, lo primero que dijo fue ‘Dios Mío, nunca me vi tan guapa en mi vida’. Estaba emocionada. Nos preguntó ‘esta revista tiene mucho prestigio, ¿verdad?’. Le dijimos que sí. Y ella respondió ‘Ya me dijeron que hasta Lady Gaga ha salido en ellas. Pues mira, ¡ahora salgo yo!’”, cuenta Kley Kafe, el maquillador elegido para esa sesión.

Agustín Cascales, periodista y dj, compartió con Cristina una de sus últimas apariciones públicas, en una fiesta en Barcelona. “Es evidente que era desconfiada, algo lógico, vista su vida. Y que no se abría a la primera. Llegar a la Cristina que había tras el personaje de La Veneno me hizo cogerle cariño, porque se veía una mujer frágil y entrañable, atrapada en un mundo destructivo que, desgraciadamente, pudo con ella”, relata.

La luz de uno de los personajes más queridos de nuestra televisión se apagó para siempre el pasado 9 de noviembre. Su cuerpo fue hallado en su domicilio, con diversos hematomas y con un golpe en la cabeza. Inmediatamente, fue trasladada al hospital, donde llegó ya inconsciente, debido al fuerte traumatismo craneoencefálico que sufría y del que fue operada de inmediato. Desde La Paz se encargaron de comunicar lo ocurrido a su familia, que se trasladó ese mismo día desde Almería a Madrid y la visitaron en la UCI. Tres días después, su corazón dejaba de latir para siempre. A partir de ahí, una maraña de hipótesis inundó los portales y medios de comunicación, hasta que la autopsia habló: Cristina había fallecido debido a una caída accidental. Ahora, sus cenizas reposan en Madrid y Adra, las dos ciudades que más marcaron su vida. Su legado, en forma de horas de risas, chistes soeces e historias para no dormir televisadas, quedará grabado para siempre en la retina de su legión de seguidores.

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