Pink washing Participa

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Cali Chan

Pinkwashing es un término para evidenciar la estrategia de marketing que usan ciertas marcas para ganar consumidores a través de su simpatización con los movimientos LGBTTTI, en el marco de lo que críticamente se ha llamado capitalismo rosa; sin embargo en un inicio el término se acuñó para referirse a la campaña de la lucha contra el cáncer, la del listón que todos bien conocemos. Esa inundación del delicado rosa pastel en el mango de los sartenes, en las botellas del detergente, jabones, leches, rastrillos, hasta los champiñones monte blanco que han cambiado de la charola azul a la rosa, cremas de elote rosas y quesos rosas en defensa de la lucha contra el cáncer.

Muchos de estos productos, presumiblemente los consumen las mujeres, como sartenes, comida, detergentes; para la campaña se crean productos diseñados especialmente para nosotras, como la línea rosa de ecko. O alimentos, esto es con 0% grasas para que no engordemos, y con calcio porque siempre estamos a punto de la osteoporósis. No sólo el supermercado está rodeado del listón rosa, al salir de ahí conduzco detrás de un autobús y aparece la imagen de una mujer autoexplorándose el pecho, por un momento dudo que en el cuerpo de esa modelo apenas quepa un tumor, en seguida vienen las cifras mortales, siempre me vuelvo a topar con este autobús que, como el listón, me recuerda cierto malestar, mujer, mujer, mujer. Al ir al banco me ofrecen la tarjeta rosa, Primera Plus ya ofrece asientos exclusivos para mujeres; las redes sociales denuncian constantemente la desigualdad o ponen en tela de juicio las prescripciones del género. No es lo mismo, por supuesto, la campaña del listón rosa, que la estrategia de primera plus o las denuncias sobre la desigualdad, pero el tema ronda sobre la mujer hasta el hastío, esta sobrexposición hace difícil mi empatía hacia movimientos que considero justos. Como sucede con muchas resistencias, si no son suficientemente esquivas terminan engullidas por el sistema, asimiladas ahí, o siempre hay una parte que lo hace. Aquí tampoco pretendo ahondar sobre esto, creo que no soy la única que encuentra el tema recalcitrante, pero además existen varias razones para pensar en lo siniestra que es la campaña de lucha contra el cáncer de mama.

Me asaltan muchas preguntas, siempre lo han hecho, no me gusta el rosa, pero no es eso, la primera es que he vivido rodeada de mujeres que han sufrido cáncer, ninguna de ellas ha recibido un solo centavo de estas fundaciones. Las fundaciones argumentan que el presupuesto está destinado a la investigación farmacéutica, esto ha sido ampliamente investigado, hay un documental que se llama Pink Ribbon Inc., expondré brevemente algunos puntos de esta crítica, pero no es esto lo que más me interesa, si no el recordatorio constante y políticamente correcto del cuerpo femenino como potencialmente enfermo.

Las campañas de lucha contra el cáncer son un negociazo, cada año recaudan una gran cantidad de dinero, por si fuera poco ahora hay un mes de la lucha contra el cáncer de mamá, el dinero está supuestamente destinado a encontrar la cura contra el cáncer, aunque sabemos que es una de las enfermedades más complejas que atiende a innumerables factores, por otra parte y como se denuncia en algunos documentales, la investigación ignora y oculta información sobre la cura que no salga de sus farmacéuticas, en parte porque no hay ningún interés en ello. Soy testigo de la cura del cáncer con un tratamiento naturista que una química en Toluca ofrece, y esta opción no es la única, hay miles. Las farmacéuticas reciben de estas fundaciones el 95% de lo recaudado para generar los medicamentos que por supuesto, no serán donados.

Hacer productiva una enfermedad no resulta fácil, reconozco la gran labor de los mercadólogos que la presentan rosa, limpia y bella. Se expone a las sobrevivientes como heroínas, aunque se sigan arrojando saldos mortales. La teatralización del cáncer apela a las emociones, donde no se puede estar más que del lado de ellas, “porque las queremos”.

El seno está censurado en las redes y en la publicidad, excepto en esta campaña donde siempre habrá una mano exploradora que cubra el pezón, la imagen reproducida de aquello que nos representa tanto, como es un seno, vuelve a traerme la sospecha, porque tengo dos es que puedo tener cáncer, aunque esta enfermedad se lleva a todos por igual, según la Federación para la Educación y la Formación en Cáncer (FEFOC), en España, el porcentaje de enfermos de cáncer de próstata es similar al de mujeres de cáncer con mamá, y no andamos viendo moñitos azul pastel en los aceites de motor o en las refacciones. Aún más, las enfermedades cardíacas y el cáncer de pulmón mata a más mujeres que el cáncer de mama, pero éstas no tienen género.

De Cáncer nos podemos enfermar todos, nuestra existencia está expensas de innumerables aditivos, con o sin, no hay muchas salidas. No es espacio aquí para exponerlo pero se ha encontrado una relación entre el cáncer y el abuso de hormonas para mantener lo industria cárnica y láctea, peor aún, usamos aditivos químicos que son interpretados como hormonas, como lo son los disruptores endócrinos. Hipócritamente, muchas de las marcas que promueven la “lucha” contra el cáncer, utilizan bastantes de estas sustancias. Pero no es mi intención promover la ortorexia, la rigurosa y correcta alimentación, ahí también hay una trampa que tiene que ver con esta misma.

El cuerpo expuesto de las mujeres en estas campañas me dice todo el tiempo que por mi sexo soy un cuerpo predeterminado a la enfermedad. De entrada los conceptos de enfermedad y salud me resultan confusos, no sé si algún día he estado del todo sana o enferma, cuando enferma reacciona, lo que supone que estoy sana, en general creo que está de frente a algo todo el tiempo, resiste hasta que un día por fin cederá. Me gusta pensar en la vida con el término de homeostasia, como una frontera que negocia los intercambios entre un cuerpo y su exterior, una membrana que intenta sostener el borde pero que es del todo porosa y que nunca logra la unicidad sino que por el contrario se desintegra de nuevo en innumerables homeostasias.

Hay un debate constante que no puede resolverse en los conceptos de salud y enfermedad, reducirlo a estas polaridades, como hemos visto con otros fenómenos, ignora las mediaciones, parte de estados absolutos jamás concebidos en la vida. Pensando en términos psicoanalíticos y dialécticos diría que buscando la salud se concibe una vida que se revela como muerte, esto es, en la plenitud de la salud hay una suerte de inmovilidad, la ausencia de tensión es la muerte. Por otra parte, pensar en la enfermedad exclusivamente en términos de decadencia y de un objetivo que habría que eliminar, ignora el esfuerzo de la vida por sostenerse, en el caso particular del cáncer me encontré un artículo cuyo título es “el cáncer no es una enfermedad sino un mecanismo de supervivencia”, yo diría esto de toda enfermedad.

Lo que creo que está de fondo en el planteamiento de estas dicotomías entre salud y enfermedad es un temor mítico que tiene rendimiento semántico y mercantil. Entre mitos y placebos intentamos evadir la muerte, alargar la vida en una espacio extraterrenal, en la eternidad sin tensión, que al menos yo no podría desear, no encuentro el sentido por ningún lado de añorar semejante lugar si no es por un profundo odio a la vida, si así es, el camino podría ser más corto.

Comprendo el rechazo al dolor y a la enfermedad, pero una férrea oposición no hace sino reivindicarlos, y esto creo que sucede tanto a nivel corporal como psíquico; pues buscando el ideal de salud muchas veces no se comprende a la enfermedad como, justamente un síntoma de salud. Freud ha profundizado suficiente sobre el sentido ambivalente de la vida y la muerte que pudiéramos transpolar también aquí en los términos de salud y enfermedad, yo interpretaría en estos términos que un estado absoluto de salud redunda en la muerte, en la ausencia de tensión, y un estado absoluto de enfermedad en una resistencia viva. La polarización ignora o pretende ignorar estas mediaciones recayendo inevitablemente en ellas. Lo que se evade o se intenta evadir es la muerte pero así se mortifica la vida. Para Heidegger este ciclo del ser para la muerte podría interrumpirse en la caída, la imagen no es gratuita, la muerte vista de frente nos pone en una situación particular que intento conectar con el tema del listón rosa y otras urgencias.

La certeza de la muerte, sin prótesis, sin paraísos extarterrenales o terrenales nos cuestiona, Camus nos preguntará si la vida merece o no la pena que se la viva. La angustia acelera las respuestas antes de caer en la inercia pánica, se lanzan las anclas hacia el futuro, como si urgiera la producción de un sentido, de una justificación. Otros relatos aliviaban a este animal neurótico con imágenes como el paraíso o el lugar de la historia, pasada la revolución. Pero el ritmo industrial con el que se producen los relatos ha hecho más difícil sostener esa proyección que esquiva la pregunta, esa rara esperanza que traiciona el presente, actualmente, por lo menos el discurso no puede ser unívoco y tiene una caducidad casi inmediata, una especie de nihilismo por plétora de sentido. En este contexto pareciera más fácil imaginar escenarios apocalípticos que necesiten una salvación, arrojar cifras indubitables de la crisis que despierten el clamor, que permanecer en un presente sin justificación. ¿por qué es preciso vivir en esta inercia?

Naomi Klein en La Doctrina del Shock, ha dado algunos ejemplos de cómo funciona la crisis y en qué modo puede performar ciertas respuestas. Ante la urgencia, como lo ha dicho María Christiansen por aquí, no hay tiempo, es necesario actuar, continuar en el principio de actuación, del siempre estar abocados a algo, en progresión antes de que llegue la angustia por el absurdo, de que le demos un tiempo al sentido o al sin sentido para que repose. Me parece que hemos cambiado el relato del paraíso por el del apocalipsis, y seguimos en esta linealidad que opone dicotomías, y que en la evasión nos vuelven a lanzar al mismo punto, mientras el Angelus Novus que analiza Benjamín, continúa su marcha por sobre las ruinas que deja el progreso sin poder plegar sus alas. El tren continúa, aceitado ahora no por la esperanza o el progreso, sino por la urgencia. Por eso es que todos estos llamados contra la enfermedad, la contaminación, la guerra, la pobreza, investidos de los políticamente correcto me resultan más que nunca no solo recalcitrantes sino sospechosos, porque reanudan esta inercia. Además, muchos de estos discursos no tienen el menor interés en las problemáticas que enuncian, como es peculiarmente el caso de las fundaciones contra el cáncer de mama.

El tópico de la enfermedad vuelve a instaurar esta temporalidad de la catástrofe, donde no hay tiempo y hay que ser benevolente, además puede airearse y explotarse mercantilmente, pero no es solo esto, hay algo aún más siniestro que tiene que ver con las implicaciones que tiene el mensaje para “nosotras las mujeres”, es el sentido de pensarnos nuevamente como víctimas, como frágiles criaturas enfermizas, lo que refuerza todo el imaginario del género que tanto daño ha hecho a un feminismo justo y necesario.

Pink washing
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