‘Girls’: imperfectas molamos más Ficciones, Reseñas

La serie de Lena Dunham se despide dejándonos la autoestima más alta y el regustillo nostálgico de una perpetua adolescencia

Hanna y Jessa

Hanna y Jessa

“Por favor, no le cuentes esto a nadie, pero… quiero ser feliz”

Hanna en Girls (2×5)

Cinco años después de su inicio, Girls se despide con su última temporada y mientras sus capítulos terminan de salir, es un buen momento para volver a repasarla, ahora suavemente, sin las interrupciones temporales que sufrimos mientras esperábamos cada nueva entrega. Igual notáis, como yo, que ya no es lo mismo y que ‘suavemente’ es un término que le va bien, especialmente después de haber visto Orange is the New Black, Top of the lake, Transparent, Olive Kitteridge o Fleabag (las cito en orden cronológico). El efecto que tienen en nosotras los relatos seriados con gafas violeta nos cambia, y la bulliciosa expectativa que experimenté ante cada capítulo de esta serie escrita, dirigida y protagonizada por Lena Dunham, se ha difuminado en gran parte.

Recuerdo con nostalgia haberla necesitado como agua fresca, sedienta de referentes. Hanna me hizo ver sexy mi propia imperfección, la de mi cuerpo, redondeado y acuoso como el de una gominola, la de mis comidas de tarro, mi inseguridad, mi torpeza, mis excesos y debilidades. Todo eso que el patriarcado nos ha enseñado a considerar feo e imperdonable. Tuvo que venir esta veinteañera a hablarme de una adolescencia que no tuve y quizá por ello ha permanecido latente. Porque la subjetividad de Girls es joven, como lo seremos siempre las que no tuvimos la oportunidad de reconciliarnos con nuestra juventud y todavía tenemos pendiente la necesidad de amar lo que somos, no la imagen que otros han querido construir para nosotras. Por eso amé Girls, esta historia de una chica que trata torpemente de saber lo que quiere y construir un mundo a su medida.

Una protagonista imperfecta que te reconcilia con tu cuerpo, con la pereza o la torpeza

Una protagonista imperfecta que te reconcilia con tu cuerpo, con la pereza o la torpeza

Gracias a Girls, cuando el día sale torpe, te pierdes y eres incapaz de sacar nada bueno de ti, no te sientes tan mal; cuando procastinas, haces cosas que no quieres y que, como es lógico, acaban saliendo como el culo; cuando haces cosas que quieres y también acaban saliendo como el culo, cuando eres incapaz de poner límite a tus emociones y que éstas campen a sus anchas allí donde “no se debe”, no te sientes tan extraña. Porque no hay nada peor que sentirse extraña, paria y fuera de todo lugar, condenada al destierro como en la Grecia Clásica. Porque gracias a Girls, cuando no puedes dejar de mirarte el ombligo, caiga fuera lo que caiga, no te sientes tan culpable, simplemente, porque no va a acabar ocurriendo nada que pueda hacerte sentir culpable. Quizá ese sea el principal hallazgo de esta serie y su mayor concesión al feminismo: crear un lugar en el que una mujer puede ser egoísta sin ser castigada por ello, puede ser sola sin tener que estar sola por ello, una licencia que históricamente solo se ha permitido a los hombres. Decir lo que una quiere, como y cuando una lo quiere; hacer lo que una quiere, como y cuando una lo quiere. Así de salvaje es Hanna, que no puede aguantar ni treinta segundos una situación incómoda (cap. 5×5) y que cuando quiere una galleta siempre se la come.

No esperes tampoco grandes verdades de ni uno solo de sus personajes, pues todo el que cree estar en lo cierto en un momento, sale contrariado en otro. En medio de esa ausencia total de saber ontológico, la única verdad posible es la coherencia de actuar según lo que una siente o intuye en cada momento. No hay guías, sino ir haciendo y deshaciendo camino. Porque la realidad de Girls es flexible, puedes volver atrás y equivocarte tantas veces como quieras, sin peligro. En su mundo no hay pérdidas que te dejen sin aliento (como en Fleabag, por ejemplo), nada que justifique un portazo riguroso. El rigor, de hecho, parece haber desparecido. También a veces del guión, lo que tiene su aquel refrescante pero puede decepcionarte, como cuando la misma Jessa que es capaz de improvisar la asistencia en un parto, en la temporada siguiente se pone histérica por el vómito de un bebé (cap. 5×8), una incongruencia demasiado forzada para ralentizar la evolución de la más pasota del cuarteto.

En la serie, las amistades se traicionan pero siempre se acompañan

En la serie, las amistades se traicionan pero siempre se acompañan

Hanna es impulsiva, maleducada, egocéntrica e irreverente, como una niña que juega y crece y, sin embargo, siempre se encuentra idílicamente acompañada, de sus amigas, de sus padres, de sus novios, no importa las veces que se contraríen e incluso se traicionen entre sí. La dependencia afectiva de Hanna es tan intensa como la de las seguidoras de la serie, que no es tanto el diario de una adolescente sino un conjunto de pequeños cuentos en tono de comedia en los que Lena Dunham fantasea la realidad tal y como le gustaría que fuese. Por eso, en mitad de la precariedad inexorable a una joven sin trabajo en New York, a las chicas nunca les falta dinero ni una impresionante casa de campo a la que hacer una escapada (de prestado, eso sí). Girls es la burguesía de prestado de los sueños de Dunham y, sobre todo, es el lugar en el que con nuestra imperfección siempre podremos encontrar compañía y perdón. Esa es su mayor virtud y también su mayor debilidad.

Nos ha regalado capítulos gloriosos como La basura de un hombre (2×5) o Desmontando Girls (6×2), y tantas frases magníficas, pero la vida pasa, aparecen nuevas series capaces de acompañarte, y quizá una ya no se siente tan sola. Entonces, puedes y echas de menos, incluso, acercarte algo más a tu propia soledad, a esa que lleva aparejada irreductiblemente un no, esa que también necesitas para aceptarte y crecer. Y entonces, ves Girls suavemente, sin el hambre de antes, desde esa distancia nostálgica con la que Mercer recordaba la amistad de su infancia, su huckleberry friend, en Moon River.

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Esther Marín Ramos es Licenciada en Periodismo, Doctora en Sociología de la Cultura y psicodramatista. Aplica la teoría psicoanalítica, la sociológica y de género al análisis de la ficción narrativa. Escribe en diversas publicaciones y es autora del libro “La re-evolución social a través del cine: Argumentos cinematográficos de la crisis de la modernidad” (Valencia, Alfons el Magnánim, 2017).

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