“La infertilidad es una patología social a la que ha contribuido el Estado” Cuerpos, Entrevista

La primera novela de Silvia Nanclares (Madrid, 1975) combina la intimidad del diario, el lúcido análisis de un ensayo crítico, la información útil de un manual y la agilidad adictiva de una obra de ficción bien construida sobre dos experiencias de la autora: la muerte de su padre y la búsqueda del embarazo a los 40 años. ‘Quién quiere ser madre’ invita a hablar sobre maternidad tardía también dentro del feminismo, para que Enfemenino.com no sea el único foro.

Silvia Nanclares presentó recientemente su novela en Bilbao./ Helena Bayona

Silvia Nanclares presentó recientemente su novela en Bilbao./ Helena Bayona

Silvia afronta la muerte de su padre y todo hace aguas. “En esa vida de juventud estirada y enredada sobre sí misma como un algodón de azúcar, faltan ahora pilares”. El duelo desencadena la urgencia de crear vida junto con el hombre del que se acaba de enamorar, pero su cuerpo de 40 años no responde como esperaba. La pareja tendrá que encajar palabras desconcertantes: factor etario, mioma, semen vago, estradiol. La bioquímica cobra un insospechado protagonismo en la rutina de esta escritora feminista a la que el reloj biológico le parecía una patraña del patriarcado. Mientras explora con avidez los foros sobre fertilidad y las manchas en sus bragas, teme convertirse en un ser resentido y obsesivo. Pero camina arropada por el calor y los saberes de una potente red de mujeres: la madre, la vecina, las amigas, las compañeras de trabajo.

‘Quién quiere ser madre’ reflexiona sobre cómo “la generación más preparada de la historia”, educada para el hedonismo y atravesada por la crisis, resuelve el desajuste entre madurez y edad reproductiva. Una novela tan honesta, cercana y generosa como su autora, que reconoce angustias y contradicciones pero deja un poso liberador.

Dices que escribes para no sentirte sola. ¿Te ha servido?

Yo no me veía reflejada en la literatura sobre maternidad ni en la que abordaba la infertilidad de manera tópica. Ahí vi un hueco. Quería romper el tabú; hay gente que no se lo cuenta a su propia familia. Veo mucha soledad en estos procesos, sobre todo en las parejas heterosexuales, porque entre las lesbianas percibo una mejor actitud de equipo.

¿Hablar de ello resulta terapéutico?

Yo opté desde el primer momento por contarlo a todo el mundo, también como metodología de investigación. Me iba a tomar unas cañas con la gente de mi espacio de coworking y lo soltaba. Primero me ponían cara de “¿ésta qué me cuenta?” pero enseguida me empezaban a contar situaciones cercanas. La discreción es totalmente respetable, claro, pero yo opté por el gonzo para crear debate.

Defines el libro como una novela autobiográfica, pero tiene mucho también de diario y de ensayo.

El proyecto nace como una investigación, pero al mismo tiempo quería contar en primera persona el proceso que había iniciado. Llevaba tiempo experimentando con la autobiografía. Empecé a construir ficción sobre los dos procesos vitales fundamentales que estaba viviendo: el duelo y la búsqueda del embarazo. En la novela trabajo en un periódico y aglutino situaciones y anécdotas de mi entorno en los personajes secundarios: mis amigas y mis compañeras de trabajo. Trabajo la tensión narrativa, las intrigas, jugando con mi personaje público porque buscaba verosimilitud. Por eso dejo muy claro que es una novela autobiográfica.

Hablas de culpa y de silencio. ¿Presentar este libro tiene algo de salida del armario? ¿Te da pudor esa etiqueta de ‘infértil’?

Pues fíjate, debería pero no me está produciendo esto. Estoy tan convencida de que lo que estoy haciendo tiene un sentido político, y me ha ayudado tanto escribirlo que siento agradecimiento hacia el libro. Cuando empecé el proceso estaba aterrorizada con la idea de ser infértil o no conseguir un embarazo. Gracias a la escritura me he abierto a la opción de que quizá no pase. Obviamente voy a tener que hacer mi duelo pero sé que voy a poder vivir feliz, completa, me podré involucrar en otras crianzas. Creía que en las entrevistas me iba a morir de la vergüenza, pero estoy muy tranquila. He intentado no caer en el narcisismo sino hacer un análisis cultural, social, generacional. La ficción me protege, no me siento tan desnuda. Además he recibido mucha generosidad, la gente se te abre porque has puesto la cuestión encima de la mesa.

En la novela, la muerte de tu padre es el punto de inflexión en el que el deseo materno pasa de abstracción a urgencia.

Sí, quería contar cómo la muerte de un padre te sacude y te baja al cuerpo. Somos muy mentales. Nos movemos en el plano de lo digital, lo intangible, lo inmaterial. Tanto la muerte como constatar la evolución física como mujer te confrontan con el paso del tiempo y con el ciclo generacional. ¿Voy a continuar con esta saga familiar o se va a terminar conmigo? Mi padre se murió 10 días antes de que yo cumpliera los 40, una edad en la que, si eres mujer y quieres ser madre, pasas al tiempo de descuento. Además, intuía que la rima entre la vida y la muerte podía funcionar como motivo literario.

Yo, que negué la biología como condicionante supremo, me arrodillo ahora ante sus manuales y rebusco los indicios que hagan de mi cuerpo una máquina bien engrasada. Oh, oráculo del test de ovulación, háblame de la cólera de la hormona luteinizante”.

‘Quién quiere ser madre’

Si hay un párrafo que subrayé con ganas es el que ironiza sobre la contradicción que nos supone a las feministas hiperconstructivistas darnos de morros con la biología.

Yo he vivido toda mi formación adulta a la luz o a la sombra del feminismo y la certeza de que el género es una construcción cultural y social. A los treinta me sentía ‘individua’ pero a los 39 me vi leída como mujer y además en términos biológicos. Resulta que esta caducidad de la vida fértil va a condicionar mi identidad, mi vida, mis decisiones. Hablas de biología y suena a algo que constriñe y aliena, pero realmente está jugando un papel. El reloj biológico es una construcción social que ha servido para atarnos más al binomio madre-mujer y odio el concepto de “despertar del instinto maternal”. Pero, si queremos ser madres, tomemos consciencia de que existe algo llamado vida fértil, que dura hasta los 35 años idealmente. No sé cómo podemos abordar esta realidad de una manera emancipadora. También me quería reír un poco de nuestras contradicciones, no quería que el libro fuera un ensayo feminista que dicte cómo debemos sentir.

El feminismo aporta mucha luz pero también muchas dudas. Si estamos programadas socialmente para querer ser madres, ¿cómo saber que nuestro deseo es ‘genuino’ y no ‘alienado?

Es una trampa. Tenemos que generar vocabulario propio. Hay muchos textos sobre maternidad pero me ha costado encontrar literatura sobre deseo materno. Debates actuales como la industria reproductiva o la maternidad subrogada invitan también a reflexionar sobre este tema.

En la novela, tu madre te trae un recorte de prensa sobre “el drama de las madres rezagadas”, esas mujeres que “se durmieron en los laureles” y ya no pudieron tener hijos. Recuerdo un reportaje en El País en el que los expertos proponían que en las consultas ginecológicas se alerte a las mujeres sobre la disminución en la reserva ovárica.

Es un discurso muy culpabilizador, te sientes en el punto de mira. Si te sales de la norma que nos dicta cuándo tenemos que ser madres y cómo, eres sospechosa. El Gobierno español va a lanzar una campaña para estimular la natalidad y sabemos que el enfoque será nefasto. ¿Cómo podemos nosotras tomar la soberanía del discurso y de nuestros cuerpos? Antes de que nos piensen, vamos a pensar nosotras. Tenemos un problema de maternidad tardía pero también de jóvenes con problemas de fertilidad asociados a patologías como la endometriosis o el síndrome de ovarios poliquísticos. Son enfermedades silenciadas que se viven con culpa y en soledad. Entonces, ¿cómo podemos hacer pedagogía y ampliar la información sobre fertilidad sin caer en el discurso provida? Ese es el reto.

En la novela buceas en el universo de los foros y canales de Youtube sobre fertilidad, que describes con distancia y sarcasmo pero también con reconocimiento.

Me parecen espacios superpotentes pero no me identifico nada en el tono, en los mandatos de género y las frustraciones que refuerzan. Hay una avalancha de informaciones contradictorias, pero a la vez hay una red de solidaridad brutal de gente que en su vida analógica no encuentra ese espacio para hablar. Yo he aprendido en esos foros y he recurrido a ellos. Como no tenemos otros espacios dentro del feminismo, acabamos buscando en enfemenino.com. He escrito este libro porque he sentido mucha soledad, mucha vergüenza, porque la infertilidad se asocia a la vejez.

Y al fracaso. Sientes que tu cuerpo no funciona.

Exacto. Eres un yogur caducado por la edad o un yogur en mal estado porque tus órganos o tu sistema endocrino tienen un problema. Como el binomio madre-mujer sigue siendo el núcleo de la identidad de género, si no puedes ser madre tu identidad se ve muy tocada. Por favor, qué carga, ¿no? El peso cultural se suma a un proceso que de por sí es complejo. A mí me ha hecho ser más empática, más porosa, más abierta a la vulnerabilidad. Yo le digo a mi compañero: “Aunque no seamos padres, el aprendizaje nos lo llevamos”.

Hace unos meses propuse en el foro de Pikara cuestionar la dicotomía ‘madres vs. no madres’ y explorar un continuum en el que nos relacionamos con la crianza de distintas maneras.

Me encanta lo de continuum maternal, siguiendo a [Adrienne] Rich [y su continuum lesbiano]. Como cuento en el libro, de muy pequeñita sentí el deseo de ser madre, luego a los 20 me olvidé porque no piensas en eso. Ya a los 30 cuando vi que mis amigas y amigos tenían hijos dije: “Hostia”. Las maternidades son muy complejas, cruzadas por condiciones materiales, emocionales e incluso filosóficas. Entonces, ¿por qué nos tienen que catalogar como madres y no madres? Además, hablamos de la consanguinidad, pero también existen la adopción y la acogida.

Tú no abordas estas opciones en el libro. ¿Era abarcar demasiado?

Sí, la obsesión con la consanguinidad da para otro libro y tiene que ver con el debate de la maternidad subrogada. Si se flexibilizara la normativa de adopción y acogida, si se informase mejor sobre esas opciones, la gente se abriría. Pero queremos un hijo nuestro, con nuestra carga genética. Acoger a un niño es una forma de vivir la maternidad, aunque sea durante un tiempo limitado.

El consejo más odioso que recibes cuando estás intentando quedarte embarazada es “no te obsesiones”. Cuando nos acercamos a la reproducción asistida, muchas tememos llegar a comprometer nuestra salud física, emocional y nuestros ahorros por intentar ser madres “a toda costa”. Pero luego cuesta echar el freno.

Yo hablo con muchísima precaución de esto. Nosotros hemos decidido hacer un sólo intento de fecundación in vitro. Esto te lo digo ahora. Igual me envicio y acabo endeudada y hormonada hasta las cejas. Es verdad que hay un componente adictivo. Conozco a gente que ha hecho hasta siete intentos. Me parece una locura pero no te digo que yo no vaya a llegar a eso. Creo que hay que reconocer ese peligro y romper un poco el “a toda costa”: ¿Qué pasa si no pasa? Pues que tendré que hacer un duelo. Lo mismo que igual no tengo el trabajo de mis sueños, que mi padre ha muerto, que he perdido amistades. Podemos adelantarnos a los procesos; nos metemos con mucha inocencia en ellos. Por eso quería compartir información a través de este libro.

Nanclares propone cuestionar la necesidad de ser madre "a toda costa"./ H.B.

Nanclares propone cuestionar la necesidad de ser madre “a toda costa”./ H.B.

Lo primero tu gozo, tu realización.” Mi madre era el componente hedonista del binomio padres. Donde mi padre jugaba el papel de abanderado de la cultura del esfuerzo y la austeridad, ella asumía el de entusiasta corredora de apuestas vitales. Lo que no sabe mi madre es que no depender ni que nadie dependa de ti también significa, de alguna manera, no pertenecer”.

‘Quién quiere ser madre’

¿Deberíamos revisarnos esa concepción de la libertad, entendida como falta de ataduras, como principal valor?

El capitalismo nos impulsa a esta cultura del individualismo, del esfuerzo, del emprendizaje y sus mensajes de motivación: ‘tú puedes’. Ahora que hemos abandonado un poco el relato de la crisis -que nos tumbó muchas creencias de una manera cruel- veo cómo la maquinaria del capitalismo nos vuelve a engullir. El deseo que se compra, el deseo de disfrutar por encima de todo. Creo que deberíamos pensar que también se disfruta con el compromiso hacia nuestras redes cercanas o hacia nuestra ciudad. Comprar en la panadería del barrio hace una ciudad diferente que si vamos a la franquicia que vende cuatro cruasanes por un euro. Intentar quitar el velo al deseo que podemos satisfacer comprando y arraigarnos en lo más sencillo, aunque puede sonar a manual de autoayuda. Nos han vendido una serie de motos que además ya no vamos a poder tener. Este momento de post-crisis o de crisis sostenida, debemos resistir al relato del capitalismo de que solas podemos. Ves el anuncio de Nike en el que la tipa corre sola por la ciudad y esa imagen te gusta. Por ahí nos pillan. Solas somos mucho más débiles.

Una de las promesas del capitalismo es la maternidad tardía a través de la reproducción asistida. ¿Cómo nos relacionamos de forma crítica con esta industria en auge?

Desde la contradicción. La necesitamos pero a la vez es tan sumamente opaca… Creo que debemos desenmascararla un poco. Las tasas de éxito son el tesoro más preciado de las clínicas. ¿Y éxito con cuántos tratamientos? Tenemos que presionar, en el caso que me afecta, para que la sanidad pública nos atienda hasta los 43 años [ahora el límite es de 39 años]. En los hospitales te vas a una planta de neonatos y te dicen que las primíparas tardías o añejas, como llaman a las que tienen el primer hijo a los 41, no son una excepción. El Estado se tiene que abrir a esa realidad.

¿Por qué nos tiene que pagar las inseminaciones una sanidad pública que no cubre el dentista? ¿No es peligroso plantear la maternidad como un derecho?

Sí, es muy peligroso y es lo que subyace en el debate de la maternidad subrogada. No es un derecho, es un deseo. Pero aprovechemos ese debate para abrir otro más amplio sobre deseos y derechos reproductivos. La infertilidad es una patología social, un síntoma de nuestra sociedad. El Estado ha contribuido a ello, con la toxicidad ambiental, permitiendo que la alimentación nos dañe, con la precariedad laboral por la que ninguna mujer de 35 años se atreve a irse de baja para tener un hijo. Por eso creo que podemos pedir cuentas al Estado: no es que me haya quedado rezagada sino que nada me lo estaba facilitando.

Cuando nos sentimos preparadas para ser madres, se nos está acabando la vida fértil. No tengo claro que el principal freno sea la precariedad.

Pues no sé qué hubiera pasado si en la Facultad me hubieran dicho que me daban una ayuda para tener hijos y estudiar a la vez. Si se crea un proyecto social donde la maternidad gozase de reconocimiento, creo que comenzaríamos antes. También tenemos un tomate muy gordo con el discurso del disfrute, de querer acumular experiencias, que entra en contradicción con lo que significa cuidar. Cuando Samanta Villar habla de pérdida de calidad de vida, está retratando a una generación.

¿Cómo has vivido este boom de libros y discursos sobre madres arrepentidas? Yo me niego a leerlos (risas).

Me produce cierta sospecha. El debate abierto por el libro ‘Madres arrepentidas’ me parece un poco artificial en nuestra sociedad. Parte de la realidad israelí donde les obligaban a repoblar una nación. Por otro lado, el discurso de la maternidad rosa, sublimada, es muy reciente. Yo me he criado con mi madre y mi abuela diciéndonos unas burradas… Expresaban que criar es un marrón, y que por eso recae en las mujeres. Me parecen bien las voces discordantes sobre maternidad y es verdad que hablar mal de los hijos o de los padres es un tabú social. Pero no me parece un asunto urgente, no veo en mi entorno a personas con ese conflicto. Me parece una polémica morbosa y una nueva categoría para mantener el foco en las mujeres. ¿Y los padres arrepentidos?

Huy, se escaquean de la crianza y ya.

Claro, no hay que arrepentirse de ser padre.

Si nos sorprende lo absorbente que es la crianza, ¿será que los cuidados no estaban muy presentes en nuestras vidas?

Yo también pensé lo mismo, con este libro y con el de Carolina del Olmo [‘¿Dónde está mi tribu?’]. ¿No te has enfrentado a situaciones de dependencia, aunque sea en tu familia? ¿No es una anomalía si hablamos de poner la vida y los cuidados en el centro? Esquivamos la tarea de cuidar porque nos ha calado un discurso de la libertad asociado al individualismo. En todo caso, lo de Samanta Villar me pareció un gran gesto de marketing. El libro termina con cómo se le cae la baba con sus niños.

¿Te ha gustado?

Me parece mucho más interesante el libro que el debate en los medios. Me parece valiente que cuente que sus niños nacieron por ovodonación; es un gran armario. Todas esas famosas de más de 45 han utilizado la ovodonación. Es evidente que el óvulo no puede ser suyo. Aunque la verdadera salida del armario es la donación de gametos masculinos. Conozco a una investigadora que está explorando sobre cómo afecta la revelación de orígenes a la identidad de las personas. A diferencia de Estados Unidos, en España no puedes intentar ponerte en contacto con el donante de semen. Esta investigadora me ha contado que no ha sido capaz de encontrar a una pareja que intenten concebir con el óvulo de ella y semen donado. Cuando la gente dice “Me encantaría que Cristiano Ronaldo dijera abiertamente que es gay”, yo respondo que me encantaría que saliera contando que es estéril. Es el gran tabú de la masculinidad.

En Pikara la maternidad es el tema que más crispa. Dices que hace falta mucho debate, pero tiende a polarizarse: feminismo antimaternal vs. mística de la maternidad.

Hay un hueco ahí. Quizá un libro de genealogías sobre maternidades en el feminismo, algo que nos reencontrara un poco. Necesitamos espacios donde nos juntemos las madres, las no madres, las abuelas… La corriente marxista de los 70, hablando en términos de opresión y alienación, jugó un papel fundamental y liberador. Pero también necesitamos generar discurso y debate sobre el deseo materno, sin bandos. La maternidad nos toca a todas: todas somos hijas y convivimos con madres. Aunque también entiendo que, con lo difícil que es ser madre, con lo cuestionadas que se sienten, caigan en la visceralidad…

El debate sobre gestación subrogada también ha caído irremediablemente en la polarización, siguiendo el esquema del debate sobre la prostitución.

¿En serio vamos reproducir el patrón abolicionismo vs. regulacionismo? Me imagino grupos de trabajo, comisiones con distintas sensibilidades, para tener algo preparado. Urge ponernos manos a la obra.

¿Y tú qué opinas?

Yo opino que no podemos dejar de lado el componente de clase: ¿quiénes van a recurrir a esta técnica y quiénes van a gestar? Cómo resolvamos este debate nos va a definir como sociedad. Me dan muchísimo miedo estas leyes de pim pam pum fuera porque requiere de un debate amplio y sosegado, que por ahora no está siendo posible. Me hace pensar qué lobbys están detrás de esta regulación. Y me parece un delirio que vayan a mercantilizar nuestro cuerpo cuando todavía nos impiden interrumpir el embarazo de manera libre, gratuita y segura. Entiendo a las parejas de hombres homosexuales y las parejas heterosexuales infértiles que se mueren por tener un hijo. Pero volvemos a la consanguinidad. ¿Por qué necesitamos ese vínculo genético?

Volvemos a la idea de la paternidad como derecho.

Me parece muy peliagudo y peligroso. Si es un derecho, ¿quiénes lo van a ejercer? Sobre todo, me parece precipitado. Antes tenemos que hablar de ovodonación, de revelación de orígenes; hay muchas cuestiones no resueltas en materia reproductiva.

 

 

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Periodista. Madre orgullosa de Pikara. Colaboro con eldiario.es, Diagonal y Argia. Me gusta contar historias de personas libres y rebeldes. También me gusta romper tabúes y provocar cortocircuitos contra los sectarismos (el mío incluido).

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