Jóvenes y violencia sexista: alarmas, profecías y realidades Análisis, En red

¿Son más violentos los jóvenes? En la adolescencia y en la juventud perviven comportamientos y agresiones sexistas. Sin embargo, ningún estudio demuestra que la juventud sea más violenta que el resto de la población o que lo sea más que en el pasado. Analizamos cómo se fundamenta la alarma social y qué singularidades se aprecian en este colectivo.

Belén González Paredes y Mª Antonia Caro Hernández, educadoras sociales y coordinadoras del Programa Por Los Buenos Tratos.

 

Una escena de la película 'Hechos son amores'  y la fotografía es de Begoña López.

Una escena de la película ‘Hechos son amores’ y la fotografía es de Begoña López.

Nuestra experiencia, desde el Programa Por los Buenos Tratos, iniciado hace más de una década, nos reafirma en la necesidad de ampliar la intervención preventiva y de educación en valores con jóvenes, particularmente en el ámbito de las relaciones de pareja heterosexuales. Este ámbito es el que se muestra más resistente a superar concepciones sexistas por parte de unas y otros, así como a eliminar comportamientos de abuso o violencia. Es en esa esfera de la pareja donde se están produciendo los mayores índices de violencia sexista contra las mujeres y es también ahí donde se reflejan singularidades, como las concepciones problemáticas sobre el amor y la pareja, que merecen una atención específica.

La dedicación a los jóvenes viene justificada por dos razones fundamentales. La primera es que los programas de educación en valores son más eficaces si se desarrollan en edades tempranas. Los estudios realizados sobre la violencia demuestran que ésta es aprendida, y que son decisivas las experiencias vividas en la infancia y en la juventud. En este sentido, las intervenciones educativas adecuadas pueden jugar un papel relevante para ofrecer bases que les protejan de la violencia. La segunda razón es que pervive la violencia sexista en las parejas jóvenes.

La alarma social que pesa sobre los jóvenes está muy extendida, es un lugar común, recurrentemente aparece en los medios de comunicación2, en los ambientes activistas… Esta alarma se sustenta en prejuicios como el de que los jóvenes son más violentos o que se ha retrocedido respecto al pasado. Creemos que solo desde una imagen idealizada del pasado se puede afirmar esto, dado que los avances en igualdad y el retroceso del sexismo son notables. Según Inés Alberdi, el cambio de valores en relación a la familia y a la posición de la mujer en ella es una de las variables más significativas del cambio social en los países industrializados. En el caso español, estos cambios tienen su génesis ya en los años 60, se afianzan y cristalizan lentamente a lo largo de los 80, caminando hacia transformaciones más estructurales en la década de los 90. El cambio social requeriría una mayor atención para la comprensión de la realidad actual. Creemos que es importante destacar la envergadura de estos cambios, reconocer los avances y apoyarse en ellos, por que todo ello, además de ayudarnos a ser más realistas y más ecuánimes, nos permite aprender.

Es imprescindible contextualizar históricamente estos fenómenos para avanzar en una mayor conciencia de que son logros sociales, pues sin este punto de partida, será más difícil comprender el esfuerzo que esas conquistas han supuesto, asentar determinados cambios menos sólidos y generar estímulo para seguir avanzando. También es imprescindible para mostrar el papel central que debe desempeñar la sociedad civil en estas transformaciones y, en este sentido, valorar la encomiable labor de los movimientos sociales, particularmente, del movimiento feminista. Se trata de hacer comprender que los logros no son una realidad “natural” e inquebrantable; que siguen necesitando defensores porque se puede retroceder, como pudimos comprobar con el intento de socavar el derecho al aborto o con los actuales recortes del Gobierno español en políticas de igualdad y contra la violencia sexista, y porque siguen quedando muchos retos pendientes hasta erradicar el sexismo y la violencia de nuestras vidas. Para ello seguimos necesitando una ciudadanía que se implique. Esta labor divulgativa sobre los logros sociales es especialmente pertinente con las generaciones más jóvenes; además, es su futuro lo que está en juego.

Tan importante como reconocer los avances es detectar los problemas. Es decir, acotar con realismo cuáles son y, en la medida de nuestras posibilidades, precisar cómo podemos intervenir para mitigarlos. Cuando se insiste en que los jóvenes son más violentos o en que hay más violencia, como si de un tópico políticamente correcto se tratase, no estamos aproximándonos a una buena comprensión de la realidad que nos ayude a actuar para transformarla. Ningún estudio avala esa concepción sobre la juventud. Son ideas u opiniones que se repiten a partir de algún dato aislado (como el control, que sí constituye una práctica más frecuente y tolerada entre personas jóvenes) o de estadísticas sobre comportamientos abusivos en las redes sociales, de las que la juventud es su principal usuaria. En otras ocasiones, se trata de generalizaciones mal fundadas: al constatar un problema en un sector de adolescentes, se extrapola a toda la adolescencia y juventud. Finalmente, es una mirada sesgada que destaca tan sólo los problemas de una generación, ignorando lo mucho de positivo que también tiene.

Las alarmas sociales sobre los comportamientos juveniles son contraproducentes y no contribuyen a aminorar la violencia realmente existente. Entre otras razones porque se puede acabar contribuyendo al problema que se quiere combatir, a base de darle carta de naturaleza reiterándolo insistentemente; pero sobre todo porque un diagnóstico deficiente dificulta poder adecuar la intervención a la realidad.

A continuación vamos a ofrecer algunos datos y reflexiones que nos permitan afrontar este problema de manera más certera. Intentaremos argumentar que las investigaciones sobre sexismo y sobre actitudes violentas confirman que los jóvenes no se diferencian mucho del conjunto de la población. Es más, entre los jóvenes, el nivel de rechazo global a la violencia sexista es casi total y puede superar incluso al registrado en otras edades, con índices de hasta el 96%. Lo que sí avalan los datos disponibles es que pervive el sexismo en la juventud y que además se viene produciendo una transmisión intergeneracional de la violencia en la pareja.

La juventud en cifras

Cuando nos aproximamos a los datos encontramos algunos límites. El primero es la disparidad conceptual referida a la juventud o los jóvenes que se maneja en los diversos estudios, particularmente lo que se refiere a los tramos de edad. Sin duda, ello dificulta establecer análisis comparativos entre unas y otras investigaciones. Más problemático aún es cuando las interpretaciones de los datos con adolescentes se extrapolan al conjunto de los jóvenes.

El segundo es que los estudios más significativos sobre adolescentes y jóvenes referidos al asunto que nos ocupa son recientes, es decir, fundamentalmente de los últimos 15 años. Además, generalmente no se han mantenido indicadores homogéneos. La Macroencuesta es uno de los de los pocos estudios que han tenido continuidad con parámetros similares, pero está limitada a mujeres y a mayores de 18 años. Sin duda cabe contrastarla con la de 2015, aunque considerando las diferencias: la muestra abarca a partir de 16 años y se modifican parcialmente algunos indicadores. Muy útiles son los estudios dirigidos por Mª José Díaz Aguado que permiten comparar la evolución entre 2010 y 2013. Resultan de interés también otros estudios, como el del INJUVE, aunque establece comparaciones en base a elaboraciones deducidas de estudios anteriores. En definitiva, consideramos que no hay suficiente distancia temporal para examinar la evolución con cierto rigor, de manera que se pueda confirmar una tendencia.

El tercer inconveniente se refiere a la dificultad misma de valorar la violencia juvenil existente y sus dimensiones. Los datos, en ocasiones, remiten a denuncias presentadas o a casos judicializados en sus diversas fases (instrucción, medidas cautelares, sentencias…), mientras que otros estudios se refieren a actitudes agresivas ocasionales o a ideas favorecedoras de comportamientos violentos.

Finalmente, otro aspecto a tener en cuenta es que disponemos, sobre todo, de estudios cuantitativos. Como afirma Carmen Ruiz, “queda mucha información por conocer sobre los mecanismos que legitiman y reproducen este problema social”. Conocer mejor los mecanismos que están detrás del engranaje de la violencia en estas edades nos ayudaría sin duda a diseñar líneas de intervención más acordes con la realidad.

Hechas estas salvedades, reafirmamos que en nuestra labor de investigación no hemos encontrado ningún estudio que demuestre que los jóvenes ejerzan más violencia de género que el resto de la población o que lo hagan en mayor medida que en el pasado. Lo que sí demuestran los datos son dos fenómenos relacionados aunque de diferente naturaleza: uno, que perviven rasgos sexistas entre la adolescencia y la juventud; y dos, que se legitiman determinados comportamientos abusivos y violentos. Vamos a ilustrarlo brevemente, entresacando de diferentes estudios algunas muestras significativas, constantes o comunes de estos dos problemas.

Compartimos las conclusiones del estudio del INJUVE cuando afirma que “esta generación de hombres y mujeres jóvenes no tiene parangón en la incorporación de valores finalistas como referentes fundamentales en sus vidas…”. En lo que respecta a la igualdad de género es también una realidad. Sin embargo, paralelamente, los diferentes estudios dan cuenta también de comportamientos y actitudes que no se corresponden con dichos valores. “Persisten desigualdades de género y ciertos rasgos sexistas en determinados espacios claves de la vida de los y las jóvenes”, por ejemplo, aquellos referidos a una división de atribuciones, funciones y responsabilidades en los ámbitos familiares y laborales.

De hecho, es en el trabajo doméstico y en el trabajo remunerado donde persisten con mayor intensidad, y ellas así lo perciben, las desigualdades de género. El estudio del INJUVE refleja que “son en gran medida las mujeres jóvenes quienes siguen realizando la mayoría del trabajo doméstico. A excepción de alguna actividad concreta, tanto las jóvenes que residen aún con la familia de origen –fundamentalmente de 15 a 24 años– como las que ya se han emancipado y conviven en pareja –fundamentalmente de 25 a 29 años– realizan siempre o habitualmente las tareas del hogar, las hacen con más frecuencia y le dedican más horas. Esto supone que, a pesar de que se aprecia un aumento de la participación de los hombres jóvenes, el trabajo doméstico recae sobre las jóvenes”.

Encontramos también concepciones estereotipadas de masculinidad y feminidad en otros ámbitos, como queda reflejado en el cuadro del estudio de Andalucía Detecta dirigido a adolescentes de 14 a 16 años:

  • “Para un hombre una mujer frágil tiene un encanto especial” de acuerdo el 37,4% chicos y 29,3% chicas.
  • “En la pareja lo normal es que el hombre proteja a la mujer y no la mujer al hombre”. De acuerdo el 43,2% chicos y 40,2% chicas. Y muy de acuerdo el 20,8% chicos y 12,9% chicas.
  • “Nadie como las mujeres saben criar a sus hijos/as” el 46,5 % de chicos y el 45,1% de chicas responden afirmativamente.

Abundando en estas mentalidades sexistas en el ámbito afectivo-sexual, un estudio con chicas y chicos de 13 a 18 años para el Ministerio de Sanidad, Políticas Sociales e Igualdad contempla que el 33% de los chicos estaba muy/bastante/algo de acuerdo con la afirmación: “Está bien que los chicos salgan con muchas chicas, pero no al revés”. El porcentaje de chicas se quedaba en el 9%.

Más allá de estas concepciones sexistas, también se expresan comportamientos abusivos y violentos e ideas legitimadoras de los mismos, aunque afortunadamente no en mayor proporción que en el resto de la población. En ese sentido resultan reveladoras las respuestas que dan estos adolescentes a la pregunta sobre los mensajes escuchados con frecuencia a personas adultas. Ideas como “es correcto pegar a alguien que te ha ofendido” las han escuchado (muy /bastante) un 14,4% de chicos y un 4% de chicas, pero llegan a alcanzar el 58,8% entre los chicos y el 30,9% si sumamos a quienes han respondido haberlo escuchado alguna vez. El 26% de los jóvenes (34,2% de chicos y 17,6% de chicas) ha oído a menudo/ frecuentemente “si alguien te pega pégale tú” y alcanza hasta el 79% de los chicos y el 68% de las chicas si añadimos a quienes lo han escuchado alguna vez. Una legitimación de la violencia para el afrontamiento del conflicto que sigue impregnando las mentalidades sociales de las que la juventud se nutre y a su vez expresa.

Quisiéramos destacar, finalmente, otro grupo de concepciones problemáticas, clave para un mejor entendimiento del fenómeno de la violencia en la esfera afectivo-sexual. Nos referimos a las ideas en torno al amor ya la pareja. Entre ellas, por ejemplo, las asociadas a los celos como muestra de amor. En el estudio de Andalucía Detecta, un 61,2% de los chicos y un 41,7% de las chicas están de acuerdo con la afirmación: “si tu pareja tiende a mostrar celos injustificados, es normal, los celos son una prueba de amor”. Un resultado similar a ese 73,3% de chicas y chicos que dicen haber recibido ese mensaje alguna vez (un el 36,3% a menudo) de personas adultas.

Hemos ilustrado tres grupos de problemas que constituyen factores de riesgo sociales relevantes en materia de violencia sexista (sexismo; legitimación del afrontamiento violento del conflicto y concepciones problemáticas sobre amor y sobre la pareja). Pero la cuestión es que los problemas encontrados entre los jóvenes son muy similares respecto al conjunto de la población, es decir, hay una reproducción de modelos.

Las diferencias más significativas no vienen dadas por la variable generacional. Son otros elementos los que están operando en la dirección de una mayor disparidad y a los que conviene, por tanto, atender para una eficiente intervención. Señalaremos dos que vienen repitiéndose en el grueso de los estudios:

El primero es el género (sexo en algunos estudios), siendo el atributo que marca la diferencia más acusada en todos los estudios consultados para este informe. Se expresan notables distancias en la opinión de chicas y chicos, siendo ellas más conscientes de las desigualdades que ellos. El segundo es la nacionalidad: se aprecia que las personas de nacionalidad extranjera o doble perciben menos desigualdad. Otras variables, como las especificidades del mundo rural respecto del urbano, el nivel cultural o los condicionantes socioeconómicos de las personas afectadas tampoco pueden ser ignoradas para una intervención adecuada.

Entonces, ¿en qué se fundamenta la idea de que la juventud es más violenta?

Las razones que pretenden avalar esa afirmación, repetida como si de una verdad incuestionable se tratase son fundamentalmente cuatro:

1- Que ha habido mayor volumen de denuncias presentadas por chicas jóvenes y mayor volumen de llamadas telefónicas al 016. Sin embargo, este dato podría expresar que las mujeres jóvenes buscan ayuda antes, tal y como indicaba ya el primer Informe anual del Observatorio Estatal de violencia sobre la Mujer y se sigue reiterando en informes posteriores. Esta hipótesis es formulada también por Carmen Ruiz cuando afirma que “no debe practicarse una relación directa entre aumento de denuncias y aumento de la violencia de género, una mayor conciencia sobre la problemática, así como un mayor nivel de recursos públicos destinados a proteger a las mujeres podría estar detrás de este aumento…”. Una constatación que parece avalar también el estudio referido a las percepciones de jóvenes sobre la violencia de género, al destacar el mayor conocimiento de los diversos recursos que tienen chicos y chicas respecto al resto de la población, así como la mayor frecuencia con la que las chicas recurrirían al teléfono 016.

2- Que han sido asesinadas también mujeres menores e incluso algunas adolescentes. Según el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, en 17 años (desde 1999 hasta el 1 de enero de 2017) han sido 50 las mujeres menores de 21 años asesinadas. Es un dato escalofriante, frustrante, pero no es significativo estadísticamente, no indica una tendencia al alza. De hecho, el peor año fue el 2004, en el que 9 chicas menores fueron asesinadas. Si atendemos en ese mismo período al perfil de los varones que han asesinado, constatamos que son 15 los chicos que tienen menos de 21 años. Esta diferencia parece confirmar que las chicas establecen relaciones con varones mayores. No obstante, creemos que no deberían ser los asesinatos el indicador para medir si hay mayor o menor violencia de género, por más que evitarlos tenga que ser una prioridad de las políticas públicas.

3- El aumento, desde 2007, de menores enjuiciados por violencia de género y el descenso de la edad de éstos. Nos encontramos con algunas dificultades para medir la magnitud de la violencia a la que se refiere. De entrada, porque la Ley Integral de Violencia de Género (Ley Orgánica 1/2004) amplió mucho el concepto de violencia de género (incluyendo el insulto y la amenaza como delito cuando lo ejerce el varón), lo que probablemente ha contribuido a que más chicos lleguen a instancias judiciales. Además, detectamos que a veces se hace referencia indiscriminadamente tanto a comportamientos violentos en la pareja como en el ámbito familiar. Pero en todo caso, se está hablando de una media de poco más de 100 chicos juzgados al año, con oscilaciones poco relevantes. Un volumen sin duda excesivo pero que se mantiene estable y no justifica las afirmaciones anteriores. Finalmente el que haya algunos casos de chicos de menor edad enjuiciados no significa necesariamente que cada vez baje más la edad de ejercicio de violencia, sino que los jóvenes inician antes las relaciones de pareja.

4- Una última argumentación, desde esta perspectiva que cuestionamos, consiste en no diferenciar entre sexismo y violencia, así como entre diversos comportamientos agresivos. El sexismo es un factor de riesgo para ejercer violencia pero no es lo mismo que maltrato psicológico o físico. La extensión de las mentalidades y estructuras sexistas, desgraciadamente, es muy amplia y excede por mucho a los comportamientos violentos. Y eso es así porque el sexismo no es el único factor que incide en las conductas violentas. Como hemos expresado anteriormente, las ideas problemáticas sobre el amor y la pareja o la legitimación de la violencia para afrontar el conflicto repercuten igualmente en dichos comportamientos. Factores todos ellos que resulta esencial tomar en consideración cuando se está ante mujeres que sufren violencia de género en el ámbito afectivo sexual.

Forman parte de esa mirada uniformadora ciertas opiniones alarmantes como “son más machistas que sus padres”, que pueden basarse, como hemos mostrado anteriormente, en algún dato aislado que muestra efectivamente un rasgo sexista predominante entre los jóvenes o adolescentes o en un dato verdaderamente alarmante (como ese 70% que considera que los celos son muestra de amor), pero sin reparar en que están respondiendo a lo que han oído al menos en una ocasión a los adultos. Es decir, es una opinión compartida por el conjunto de la población.

Por otra parte, no se debe ignorar que el mayor volumen de actitudes agresivas en jóvenes son “de potencia menor” (actitudes abusivas, insultos, amenazas, etc.). Comportamientos todos ellos reprobables pero que no es deseable amalgamar bajo la etiqueta de violencia de género, sino esforzarse en el razonamiento de porqué dichos comportamientos son nocivos para la víctima y también para el agresor.

El único dato corroborado y repetido en todos los estudios consultados y al que por tanto debemos prestarle especial atención es el que se refiere al control de la pareja y a su legitimación entre la gente joven. Ambos problemas están más extendidos entre las personas jóvenes que en el resto de la población. Nos detenemos en ello, dada su relevancia e importancia hoy para las políticas preventivas dirigidas hacia la juventud.

El control y el acoso cibernético

Los porcentajes, así como las conductas a las que se refieren, varían de unos a otros estudios, pero en todos a los que nos referimos en este texto aparece, con mayor o menor intensidad, el control como un problema central hoy en los comportamientos juveniles. Algunos datos:

  • En la Macroencuesta se contempla que un 21,1% de chicas entre 16 y 24 años dice haber sufrido violencia de control de alguna pareja o expareja en los últimos 12 meses, frente a la media del 9,6% de las mujeres de cualquier edad que han tenido pareja en alguna ocasión.
  • Y hasta un 33% considera aceptable el control (34% chicos y 32% chicas). Es decir, uno de cada tres jóvenes de 15 a 29 años considera inevitable o aceptable en algunas circunstancias “controlar los horarios de la pareja”, “impedir a la pareja que vea a su familia o amistades”, “no permitir que la pareja trabaje o estudie” o “decirle las cosas que puede o no puede hacer”.

Es también una realidad que confirma nuestra propia experiencia en prevención de la violencia. Hemos ido recopilando una larga lista de comportamientos de control sobre la ropa que se pone la chica; o la exigencia de darle las claves de las redes sociales o de los dispositivos, activar geolocalizador o estados de notificación en whatsapp… y también variados argumentos legitimadores para ejercer dicho control.

Es importante llamar la atención sobre el hecho de que las chicas y los chicos son menos críticos con este control que el resto de la población. El 68% de mujeres lo consideran inaceptable frente al 71% del total de la población femenina y el 66% de chicos jóvenes frente al 70% del total de hombres que la consideran totalmente inaceptable. Es más, suelen ser conductas toleradas porque las practican tanto chicos como chicas en el marco de la pareja. Como si el hecho de que la imposición de restricciones sea mutua pudiese legitimar actitudes intolerables en toda relación de pareja.

El extendidísimo uso de internet entre la juventud favorece dicho control, así como la propagación de otras prácticas como los insultos, amenazas u otras que rayan la violencia. Un 95% utiliza internet a diario para comunicarse, y casi uno de cada cuatro adolescentes pasa más de tres horas diarias en esta actividad. El 58,8% reconoce que les ha influido bastante o mucho, lo que muestra un aumento significativo respecto a años anteriores20.

Compartimos la opinión de Djamil Tony Kahale, ganador del XVII Premio Leonor de Guzmán por el estudio “El impacto de las Apps en la violencia de género”, cuando declaró en eldiario.es que el ciberespacio es un arma de doble filo: “Por una parte, son una herramienta de información, comunicación, espacio de libertad y de sensibilización eficaz, pero por otra, facilitan nuevas vías para el ejercicio de conductas violentas, como por ejemplo el ciberacoso, que supone una invasión sin consentimiento y repetida de la intimidad de la víctima”.

En 2013, Whatsapp, Tuenti y las llamadas al móvil eran los medios más frecuentes para enviar y recibir mensajes insultantes o amenazantes. Son muchos los que los reciben, especialmente las mujeres: el 10,5% ha recibido mensajes de acoso en el contexto de una relación de pareja con un chico. De las chicas que han sufrido esta violencia un 36% dice haber recibido algún mensaje que les había hecho “sentir miedo”, el 14,7% asegura haber recibido algún mensaje para presionarlas a participar en actividades de tipo sexual y hasta un 16,6% afirma que han visto difundidas imágenes suyas comprometidas o de carácter sexual sin su consentimiento.

Los datos también revelan conductas de riesgo comunes en chicos y chicas: uno de cada cuatro adolescentes (el 28,1%) no considera conducta de riesgo responder a un mensaje en el que le insultan. Porcentajes similares de chicas (25%) y algo más notables de chicos (36%) no consideran muy o bastante peligroso responder a un mensaje en el que alguien que no conoce les ofrece cosas. Además, el 4,9% de las chicas y el 16% de los chicos no cree peligroso colgar una foto suya de carácter sexual; de hecho, el 1,1% de las jóvenes y el 2,2% de los chicos reconoce haberlo hecho en alguna ocasión.

Parece evidente la necesidad de educar, particularmente a los menores, en una mayor percepción de los riesgos y en una gestión más óptima de la intimidad. No tanto porque el volumen de agresiones sea mayor en las redes que en otros ámbitos, sino por el uso masivo de estos medios y los efectos singulares de éstos (durabilidad, expansión…). La Red es un extraordinario recurso, negarlo, mirar hacia otro lado, pensar que no existen ciertos riesgos o que no se puede hacer nada para evitarlos es una equivocación. Compartimos con Pantallas amigas, la idea de que es nuestra responsabilidad tomar cartas en el asunto, poner los medios para que las generaciones más jóvenes hagan un uso seguro de internet y que, cuanto antes lo hagamos, mejor. En ese sentido nos parecen interesantes iniciativas como la unidad didáctica de Soraya Calvo, las recomendaciones para un mejor uso de este medio contenidas en el estudio de Ianire Estébanez así como seguir ahondando en la diferente utilización que hacen chicas y chicos.

Una reflexión final

La realidad que hemos tratado de plasmar demuestra que las políticas preventivas hacia la juventud deben ocupar un lugar prioritario, ya que los datos, desgraciadamente, confirman que no ha habido ruptura generacional en relación con la violencia sexista en la pareja. Las cifras sobre denuncias, órdenes de protección o medidas cautelares y asesinatos no dejan lugar a dudas. La cuestión es cómo se encara este problema.

Si no cambiamos la mirada sobre la juventud, difícilmente podremos ayudarles. Ni los adolescentes ni los jóvenes son más violentos que el resto de la población. Son expresión de la sociedad en la que vivimos, y a su vez agentes activos de ésta. La realidad de los jóvenes, que es plural y diversa, no puede quedar reducida o deformada bajo el prisma de la violencia. Hay una minoría de esa juventud que mantiene comportamientos agresivos o violentos y la prevención debe orientarse a evitar que se conviertan en modelo de conducta.

Instamos a desarrollar una mirada en positivo que identifique lo constructivo que hay en la realidad que tratamos de modificar para potenciar los factores protectores contra la violencia y contra el sexismo. Para impulsar esos factores hemos de conocer la realidad y dilucidar en qué podemos apoyarnos para avanzar. En positivo quiere decir que partimos de ese 96% de jóvenes que rechazan la violencia sexista y de similares porcentajes en relación al valor de la igualdad entre mujeres y hombres, o en defensa del pacifismo y de la libertad.

Las generaciones actuales de jóvenes tienen como referentes el pacifismo, la igualdad entre mujeres y hombres y otros valores relacionados con la libertad de elección de las personas (como por ejemplo, la defensa del matrimonio homosexual y la adopción de hijos e hijas de estas parejas, o a la diversidad de prácticas y deseos sexuales…; mayor tolerancia con la transexualidad y con expresiones diversas de género…). Apoyándonos en esos valores, sin duda desigualmente interiorizados por unas y por otros jóvenes, es como podremos erradicar el sexismo y los comportamientos agresivos y violentos que también existen. Esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que queremos reforzar lo mejor de cada persona y lo mejor de la sociedad en la que vivimos.

Evidenciar lo mejor, es decir, los valores citados que nuestra juventud encabeza en las estadísticas, es tan importante como identificar los principales obstáculos para poder avanzar. Necesitamos apoyarnos en el valor de la libertad, tan apreciado por nuestros jóvenes, para poder razonar por qué entonces coartarse voluntariamente accediendo al control de la pareja. Necesitamos profundizar en la cultura pacifista de esos jóvenes para arrinconar los comportamientos violentos en el afrontamiento de conflictos, que la contradicen. Necesitamos apoyarnos en el valor de la igualdad entre mujeres y hombres, cuya aceptación raya la unanimidad de las chicas y chicos, para seguir avanzando en lo mucho que queda pendiente.

A lo largo del texto hemos desgranado problemas específicos de la adolescencia y de la juventud actual, así como variables (género, origen étnico, etc.) que deben tomarse en consideración para precisar las intervenciones que podamos realizar. Y en cualquier caso, hemos de profundizar mejor en el diagnóstico. Avanzar en la investigación, sobre el porqué de la distancia (en algunos aspectos importante) entre el valor del pacifismo y el afrontamiento violento de los conflictos, así como los comportamientos abusivos y violentos en el seno de la pareja y en las relaciones interpersonales. Tenemos algunas claves explicativas, pero son insuficientes. Confrontar estas ideas con la gente joven, escuchar sus explicaciones, dialogar, razonar, demostrar las contradicciones, buscando una mayor coherencia en los comportamientos…, todo ello debería formar parte de las políticas preventivas que urge implementar.

Puedes descargarte una versión más completa, con notas al pie y bibliografía, en Pensamiento Crítico.

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Jóvenes y violencia sexista: alarmas, profecías y realidades
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