El día en que ESO me pasó a MÍ Cuerpos, Opinión

“El viernes salí, sospecho que me drogaron e intentaron abusar de mí”, dije al policía. Tenemos miedo a la violación pero pensamos que es algo que les pasa a las otras. Hasta que me pasó a mí. Ahora me niego a que se convierta en un tabú, en una jaula.

L. C. y S. E.

Ilustración de Núria Frago

Ilustración de Núria Frago

Vivimos en una sociedad en la que la violencia hacia las mujeres está tan naturalizada y es tan sutil que ya ni la vemos.

Pero si ya tenéis los mismos derechos.

Pero si el machismo ya no existe.

Pero si hombres y mujeres somos iguales.

Observamos las noticias en la televisión como si de una serie de ficción se tratase. Alguna vez fruncimos el ceño. Alguna vez nos llevamos las manos a la cabeza. Alguna vez la giramos mostrando negación o desaprobación.

Maltrato físico hacia las mujeres. Mujeres asesinadas.

Hay quien piensa que la violencia queda ahí. Y eso solo es la punta del iceberg.

De violencia sexual ya ni hablamos. Porque habiendo como dijeron las últimas estadísticas, una violación cada ocho horas en nuestro país… ¿dónde sale eso? Vivimos en la cultura de la violación. Las mujeres, de siempre, tenemos miedo a ser violadas. Crecemos con ese miedo. Pero es una especie de miedo ciego, ya que lo sentimos en las entrañas, pero no sabemos nada.

Tenemos miedo, pero en el fondo siempre pensamos que esas cosas que suceden, son como de otro planeta. No afectan a nuestra propia burbuja de existencia. Son desgracias que les ocurren “a otras”.

Pero un día, te conviertes en “otras”. Y te pasa. A ti.

Un viernes del pasado noviembre, salí por Coruña con mis amigas, fui a los mismos sitios de siempre… prometía ser un viernes normal, pero el final fue distinto.

Nudo en el estómago.

Nudo en la garganta.

Lo primero que recuerdo es que una extraña me despertó en un portal advirtiéndome que me podían robar. Cuando recobré la conciencia y miré a mi alrededor, comprobé que estaba muy lejos de mi casa, sin móvil, gafas ni lentillas y muy aturdida. Por “suerte” no me habían robado y pude coger un taxi. Cuando llegué a casa temblaba con una sensación entre el frío que me había calado y la taquicardia. Me sentí completamente vulnerable, sucia y culpable. Fui al baño a lavarme la cara y comprobé, aun muy nerviosa, que tenía las pupilas muy dilatadas. Con este cúmulo de sensaciones, me fui a la cama con un malestar interno indescriptible.

A las pocas horas desperté y, ya más consciente, no daba crédito de lo que me había pasado. Estaba entre la realidad y un mal sueño. Hice memoria de la noche anterior y lo único que recordaba era haber salido a cenar con una amiga y tomarnos una copa en un bar de amigos. Es entonces cuando mi memoria salta a un momento en el que estoy sentada en el asiento del copiloto de un coche, medio forcejeando con un chico que posteriormente me manda bajar del vehículo para dejarme tirada muy lejos de mi casa. Lo siguiente, presupongo que fue sentarme en el portal donde una chica, al rato (un rato muy difícil de acotar), me despierta.

Mi cerebro ve borrosa esta imagen. Soy incapaz de recordar la cara del chico, el coche o cómo llegué hasta ahí. Solo puedo decir que, a pesar de lo difusa, ERA REAL. Demasiado vívida, aunque falta de detalles. No lo puedo explicar. No tenía ningún rastro de violencia física, más allá del agarrón del brazo que me descubrí.

El sábado transcurrió entre los sentimientos más horribles que había tenido nunca: La rabia, la impotencia, la tristeza, el asco, la culpabilidad, el autojuicio… Además del llanto descontrolado y algo de fiebre.

Por fin, el domingo, algo más en mi ser, pude hablar con la amiga con la que había salido a cenar, quien, para mi sorpresa, me dijo que había estado bien toda la noche, que hacía bromas y se me veía normal… Solo decía que estaba cansada y, en un momento de la noche en el que ella no estaba conmigo, cogí mi bolso y me fui sin avisar. También me contó que habíamos estado en dos bares además del que yo recordaba, algo ante lo que yo no daba crédito porque no recordaba ni un solo minuto de las aproximadamente dos horas que ella me contaba.

Esta reconstrucción no hizo más que agravar mi desasosiego… ¿Por qué no recordaba nada? ¿Por qué me fui sin avisar? ¿A dónde me fui? ¿Quién era ese chico? ¿Por qué monté en su coche? ¿Dónde estaban mis lentillas, gafas y móvil? ¿Por qué me dejó tirada tan lejos de mi casa? Un millón de dudas que, sospecho, nunca voy a resolver. Solo puedo consolarme con ir olvidándolas poco a poco.

El lunes reuní el valor para ir a la comisaría y denunciar. Y el primer obstáculo al que me enfrenté fue “¿Cómo lo digo?”. No hay forma delicada de explicar lo que pasó… De manera que opté por la más directa “El viernes salí, sospecho que me drogaron e intentaron abusar de mí”.

Después de pronunciar estas palabras me tuve que enfrentar a la cara de un señor policía que me decía con la mirada algo así como… “Ya, ya… Eres la chica número un millón que viene con ese cuento”. Aunque lo que en realidad dijo fue: “Pasa a la sala de espera y ahora te llaman”. Efectivamente, a la hora, vino el mismo policía a buscarme, después de atender un DNI perdido y una pelea vecinal. Me sentó en una mesa de despacho y cuando le dije mi frase bomba, lo primero que hizo fue decirme, “ya, pero yo sin una evaluación médica no puedo hacer nada…”.

Pasando por alto que me empezaba a sentir como una patata caliente de la que nadie quería hacerse cargo, me fui al hospital, donde se repitió la misma situación. Una señora mayor me preguntó por qué iba a urgencias y cuando se lo expliqué me mandó a la sala de espera de ginecología (apunte: cada vez que tenía que pronunciar esta frase, algo se me rompía dentro. Me sentía expuesta y lo que recibía de vuelta era indiferencia, en el mejor de los casos). Una hora más tarde entré en consulta y, con vergüenza, conté lo que me había sucedido. Entonces, la médica me dice que tienen que llamar al médico forense antes de explorarme. Así que, tras otra hora de espera, llega el médico forense y me hacen pasar de nuevo. La escena siguiente soy yo sentada en una consulta delante de una médico de urgencias, la jefa de ginecología, un médico forense y dos enfermeras, todos mirándome expectantes como si de un juicio se tratara (apunte: desde primera hora de la mañana que había empezado mi peregrinaje, no había percibido apoyo, solidaridad o siquiera compasión en la cara de ninguno de mis interlocutores). Cuando el forense me preguntó qué había pasado, lo conté de nuevo todo lo bien que puede y, acto seguido, me manda desnudarme para proceder a la exploración. “Un caso de libro, cada vez veo más de estos…”, escucho decir al forense.

Ya tumbada en la camilla, y con todas esas cabezas mirándome, me rompí y lloré como una niña pequeña. Entonces, y solo entonces, médicos y forense trataron de reconfortarme diciéndome que diera gracias de estar bien, que seguro que no me habían hecho “nada”, que era una valiente.

Me da pena que sean las lágrimas las únicas que dan veracidad a mi relato. Pero sinceramente, a esas alturas ya me daba igual. Solo necesitaba algo de humanidad entre tanto tecnicismo.

Me dijeron que en apariencia no había habido abuso sexual, que solo tenía un moratón en la zona de la espalda y que me hiciera análisis para descartar enfermedades de transmisión sexual.

Y después de esto, vuelta a la comisaría, ya con mi parte de urgencias. Entonces sí, pude hacer mi denuncia. Después de muchas preguntas de rigor y de describir con detalle todo lo ocurrido una vez más, me hicieron la peor de las preguntas:

¿CÓMO IBAS VESTIDA?

A pesar del agotamiento, no pude disimular mi indignación. Era lo que me faltaba. El policía, violentado por mi reacción, trató de disculparse alegando que era solo, y cito textualmente, “para descartar la posibilidad de violación”. O sea, ¿es la ropa la que resuelve la incógnita?

El miércoles me llamó la policía para explicarme que habían pasado mi caso al departamento de familia, y para preguntarme cómo estaba. Me dijeron que era muy probable que no sacaran nada en claro, que estas cosas pasaban cada vez más, pero que al estar bajo el efecto de una droga y no recordar nada, era difícil probarlo y, en caso de dar con el individuo, sería mi palabra contra la suya. En resumen, que hiciera como si hubiera perdido el móvil y que poco a poco fuera recuperando mi vida, que no tuviera miedo, que era “muy poco probable” que me pasara dos veces.

FIN DEL CASO.

Entonces hablé con a mi madre y hermanas, mi padre y mi gente más cercana. Necesitaba apoyo. Todo el mundo me arropó y dio cariño, en algunos casos sin terminar de entenderlo del todo, pero con absoluta incondicionalidad y amor.

Al principio, sentía mucho miedo y parálisis en mi vida cotidiana, cualquier cosa me suponía un reto, estaba desconcentrada y triste la mayoría del tiempo.

Estuve visitando una psicóloga que me ayudó a recuperar mi rutina. Sentía como si hubieran robado mi esencia, como si no fuera yo, como si alguien hubiera roto mi vida sin permiso. Alguien sin cara, lo que lo hacía más desesperante. Pasé del sentimiento inicial de vergüenza al de darme cuenta de que yo era la víctima, lo que me permitió transformar tristeza en rabia.

Aunque, en general, mi entorno me transmitía su apoyo y su preocupación, no faltó el machirulo de incógnito que intentó devolverme a “mi sitio”, el de CULPABLE. En mi afán por prevenir al mayor número de gente posible sobre lo que estaba pasando en mi ciudad, se lo conté a un compañero, cuya reacción me desarmó. En un primer momento, me dijo que vaya palo, que qué cabrón, que más le valía no volver por la zona porque como lo pillara… bla bla bla… Para terminar con un:

“Bueno, espero que esto también os sirva (refiriéndose a mi amiga y a mí) para ir con más cuidado por la noche. Que a veces vais como las grecas a las mil y luego pasan estas cosas”.

Como no pude contener mi estupor se vio obligado a puntualizar: “No te lo tomes a mal, pero es verdad… Hoy en día por desgracia si vas borracha, en minifalda y estás buena, te arriesgas a que te pasen estas cosas… (parece que me lo tenía que tomar como un piropo). Y añadió: “Ojalá pudiéramos hacer todos lo que nos diera la gana, pero vivimos en un mundo de mierda”. Se sentó y se puso con sus cosas, dejándome a mí en la más absoluta de las miserias.

No me voy a callar. Quiero que esto se sepa. No es un caso puntual, es algo que ESTÁ PASANDO. Y me niego a que se convierta en un tabú, en una jaula. Me niego a que le pase a otra mujer si yo lo puedo evitar. Me niego a que esto me estigmatice. Me niego a que esta circunstancia que no decidí me defina el resto de mi vida.

Quiero que mi historia sirva para prevenir al mayor número de personas posible y para que todos tomemos conciencia de que esto PASA. Esto pasa en tu ciudad, por pequeña que sea, en tu bar de confianza y el día que menos te los esperas.

Lo que más me molesta es que alguien cobarde, haya hecho una mella tan grande en mi historia, sin permiso y de una forma tan rastrera. El miedo a que esto deje algún poso en mi conciencia, condicionando mi vida en algún sentido.

Ojalá pudiera decirles a todas las mujeres que hagamos piña, nos impliquemos y luchemos contra esta lacra. Que si les ha ocurrido, lo visibilicen y lo hablen. Que no bajen la cabeza, que ellas no tienen la culpa y que utilicen la rabia para empoderarse y devolver el golpe con más fuerza. Nuestra seguridad no es negociable.

Contenido relacionado: Violencia sexual y drogas: autodefensa frente al alarmismo mediático

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