París era mujer Ficciones, Para más señas

Este es el libro que necesito que conozcáis, quiero dejar muy claro que no lo he escrito yo, sino Andrea Weiss. Cuenta en sus 270 páginas la historia de un grupo de mujeres y bolleras hoy en día prácticamente desconocidas e invisibilizadas.

Portada de 'París era mujer', de Andrea Weiss.

Portada de ‘París era mujer’, de Andrea Weiss.

Queridas personas que miráis de refilón estas líneas. Hoy lo que pretendo es convenceros de que leáis la obra París era mujer. Sin trampa ni cartón. Declaración de intenciones sin tapujos y de frente para que no haya líos.  De esta manera, quien pase del tema le da a la x de la pantalla y se dedica a otros menesteres sin perder más tiempo.

Bueno. Este es el libro que necesito que conozcáis, quiero dejar muy claro que no lo he escrito yo, sino Andrea Weiss. Tampoco quiero que penséis que me pagan un porcentaje por ejemplar ojeado, leído, vendido, ni quemado. Yo, Andrea Weiss no sé quién es, más que de buscarla en ese conocido buscador de internet que empieza por G y termina por e. Pero considero importante comentaros que esta buena mujer ganó un Emmy por su documental ‘Before Stonewall’, así que lógicamente, qué duda cabe,  se trata de alguien con reconocimiento más allá de mi limitado criterio.  ¿He convencido a alguien para que busque su nombre? ¿Habéis visto la foto? Sí, sí. Lo sé.  Yo tampoco  puedo ni quiero negarlo: envidio su pelo sobre todas las cosas. Aunque una vez más no haya que hablar del pelo de las escritoras. Pero no os dejéis engañar por el tono caótico de estos párrafos separados por un mar de intros, porque hoy no hablaré de la densidad de mi flujo, ni  de cómo se me calcinó el arroz ayer.  Así que al grano de arroz integral.

Empezamos con una pregunta de concurso de la tele. Por medio millón de euskos, queridas lectoras…, todas sabemos quién es Gertrude Stein. ¿Sí o no? ¡Rápido! ¡Sin mirarlo!  Seguro que a las más despistadas puede que nos suene de ser “la amiga de Picasso, Fitzgerald y Hemingway” en aquella maravillosa peli titulada Midnight in Paris. La verdad es que tengo serias dudas sobre si debo poner el nombre del señor que hizo este filme. No lo voy a poner. Pero voy a sembrar polémica. ¿Está bien que no lo haya puesto? ¿Qué pensáis? ¿Deberíamos dejar de darle bombo y pasar de ver sus pelis por las antiguas y recientes acusaciones que se hacen sobre su persona? ¿Este debate cómo se enfoca? ¿Qué hay que hacer? ¿Alguien seria y con doctorado, que subraye los títulos de los libros y escriba cosas en cursiva, se ha pronunciado al respecto? ¡Necesito saber qué piensa el resto de la gente para formarme una opinión! ¡Yo no sé pensar por mí misma! Ya me diréis. Realmente muero de intriga. Pero sigo con las grandiosas féminas que hoy nos conciernen, porque ellas no abusan de nadie.

Como decía, a  la archiconocida y brillante escritora modernista y bollera Gertrude Stein, por una cosa o por otra, la tenemos todas más o menos fichada. Hasta ahí bien. Pero, ¿alguien ha oído hablar de la escritora Colette, que cuenta con más de un centenar de cuentos, novelas y ensayos a sus espaldas? Si la respuesta es sí, ponte un pin, tía, porque eres lo más. Yo perdí mi adolescencia bailando en podiums con el pelo sudado y el rimmel corrido, y ahora no me da tiempo a ponerme al día en lo que a ser lista se refiere. Qué horror. Nunca lo conseguiré. Pero me sé aquel hit de Malena Gracia de principio a fin. Y puedo repetir coreografías de Thalia o recitarte de memoria los nombres de las participantes de Pop Star. ¿¿¿Por qué eso no puntúa para oposiciones???  (Suspiro). Prosigamos con lo importante. ¿La novelista, periodista, artista visual y satírica Djuna Barnes, con su clásico underground El bosque de la noche, nos resulta  famosa?  ¿Hilda Doolittle, también conocida como H.D., (¡a ver si vamos a pensar que los nombres con consonantes se inventaron el mes pasado!) que no sólo fue sujeto de análisis del bobo de Sigmund Freud, sino también poeta y novelista, además de defensora del imagismo, aparece en alguna parte? ¿Y Natalie Clifford Barney? Definitivamente, si nos suena el saloncito aquel de Emma García en ‘A tu lado’ (por cierto, vaya cisco se ha armado con los derechos de autoría del ‘A tu lado me siento seguro’, la vuelta de lxs Triunfitxs está siendo la bomba), deberíamos recordar a Barney,  por su joyita de salón literario lésbico. Subrayemos también que lo que hoy teorizamos no nació antes de ayer, y que ella misma fue una sana practicante del poliamor en toda regla,  ya que “se propuso vivir conforme a las directrices de lo que admiraba Safo: (…) la libertad de amar sin celos ni juicios morales”. Ahí es nada. Hasta (¿el mismísimo?) Proust dedicó un capítulo a éstas (¿mismísimas?)  ‘Amazonas y Sirenas’ en ‘Sodoma y Gomorra’.

¡Venga, más lluvia de nombres! ¿Os suenan las editoras Bryher, Margaret Anderson, Jane Heap  o Alice Toklas? A esta última, Alice, se la suele recordar a la sombra de Gertrude Stein, así que  para no hacerle  justicia, total… ¿¡pa qué!? sigamos diciendo que fue  secretaria, editora, musa y compañera de toda la vida de la célebre escritora, en vez de leernos este libro y descubrir 39044872538345093754 cosas más.

¿La periodista Janet Flanner, que “pese a la desesperación que sentía por su propia ignorancia (…) se convirtió en la voz sagaz y segura de su generación”, tiene acaso una calle en alguna  parte? ¿Ha hecho una serie de su vida como Lena Dunham? Me temo que no. ¿Cuántas bibliotecas que se llamen  Adrienne Monnier  o Sylvia Beach  se os hacen conocidas? No me he recorrido yo el mundo entero, pero me avisáis si eso. Porque uno de los fragmentos más divertidos que escribe Sylvia sobre sí misma hoy traería más cola que la polémica de plagio de Ana Rosa. La buena de Beach dice que cuando le da por crear sus memorias deja caer a quien le pregunta: “Referente a mis estudios, cuanto menos se diga, mejor. No los tengo: nunca fui al colegio y, aunque hubiera ido, no habría aprendido nada. Tendrá usted que copiar lo que sirve en el caso de T. S Eliot: diga que  tengo títulos de los mismos sitios que él”.  ¿Cómo te quedas? ¡Eso lo hemos pensado todas! Total, si nadie lee los currículums en profundidad ni se pone en contacto con las referencias, ¿pa´ qué decir la verdad? However, quizás ella sí nos quiera sonar, por la genialísima y pintoresca librería Shakespeare and Company de París a la que dedicó su vida. ¿Habéis ido? Es de obligada visita. Yo he estado en París tres veces y no he ido nunca, porque no rijo, pero a la próxima sin falta voy. Además, dejó caer que también fue ella, Sylvia Beach, quien editó por primera vez el tochazo de James Joyce, Ulises, que cuando estudias filología inglesa sólo lo compras “pa´tener”. ¡Oh, Ulises!, esa densa obra que casi nadie se lee entera y cuyo último episodio no tiene ni un jodido punto en cincuenta y pico páginas. Ya de paso aprovecho y digo, que lo de mis no-párrafos de antaño, además de en mi pereza, lo  basé libremente en ese escrito. Supongo que Joyce se estará revolviendo en su tumba. La vida es así. No la he inventado yo. Ni mi hermana. Desgraciadamente. Desde aquí le mando un beso. ¿A quién? A mi hermana y a Joyce.

Pues bien. Lo que París era mujer cuenta en sus 270 páginas es la historia de este grupo de mujeres y bolleras hoy en día prácticamente desconocidas e invisibilizadas (cada vez que alguien utiliza las palabras “gestionar”, “generar”, “visibilizar” en movimientos sociales muere un gatito…y yo desconecto que flipas: ¿cómo saber si alguien no está hablando contigo de verdad de la buena? Tu radar no te falla amiga: si en el discurso aparecen estos palabros uno detrás de otro, no es que interlocutora sepa mogollón… los términos anteriormente utilizados más el famoso “empatía”, “herramientas”, “estrategias” y últimamente el sonado “afectos” en plural… me tienen frita. Súmale “límites” y “vincular” y ya me salgo a gritar al balcón. Yo diría que nos están dando dinosaurio por liebre… pero como no tengo todos los datos…me voy a callar) (Y diréis: ¿y tú, peazo burra? ¡Un saludo a las burras! Yo lógicamente tampoco sé de lo que hablo y estos artículos los escribe un Minion que tengo contratado por horas. La duda ofende), que se reunían en el salón literario de Natalie Clifford Barney para compartir sus aventuras, desventuras,  obras de arte y cómo no, fluidos.

Estoy un poco indignada, porque huelga decir que el excelentísimo ayuntamiento de París no tiene puesta ni una cochina placa en la Rue Jacob número 30 (nos pateamos la ciudad y lo comprobamos con nuestros propios ojos) donde se celebraban los encuentros sobre libros. Cabe destacar, que en un alarde de memoria literaria, la ciudad tiene atornilladas placas en todos los escurridizos lugares en los que el bueno de Hemingway meó entre dos coches pensando en los San Fermines, o el fascinante Baudelaire se echó un pedo mientras recogía una Flor del Mal,  pero por lo visto, un salón literario lésbico no es algo que a sus autoridades les merezca ser recordado. Total, una vez más: ¡¿pa qué?!  Así que ni corta ni perezosa, o bueno, justamente muy corta y muy perezosa, desde aquí hago un llamamiento para proclamar la Rue Jacob número 30 lugar de peregrinaje oficial entre nosotras. Si tenéis opción, id.  Si tenéis ovarios, o nada que perder, pintad algo en la pared del portal. Lxs pobres vecinxs no han hecho nada para merecer eso, pero que al menos sepan dónde viven. ¿No? Dicho queda. “María: primero, un poquito de civismo y segundo, deja de darnos órdenes: no vamos a ir”. Vale.  Perdón.

Pues  si por un casual  os apeteciese conocer a estas ejemplares mujeres más que de oídas, por algo más que anecdotario en la vida de machunos que sí lograron fama y renombre, leed este libro, porque os sumergiréis de lleno primero en sus chascarrillos, y luego en sus retorcidas e interesantes mentes. Si alguna neosumergida después sabe cómo salir, que me avise. Obsesionada me tienen. Un sonoro aplauso a  Weiss, que con un trabajo de hemeroteca del copón, describe a la perfección hasta el último detalle de la vida de estas transgresoras genias. Además, para las que somos más visuales y cotillas al uso, la obra cuenta con fotografías, dibujos, cartas y escritos de puño y letra de las mismas. Sea como fuere, no sé muy bien por qué razón, sospecho que estos “retratos de la orilla izquierda del Sena” serán sólo el principio. A mí me parece un buen regalo para celebrar el solsticio de invierno, porque todavía nos queda mucha mujer y bollo que rascar.

Sí, Paris era mujer, Paris Je t´aime! (Muy cursi esto, ¿no?) (Qué asco me doy)

URTE BERRI ON!!!!

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María Unanue

Adoro aprender por ciencia infusa, las flores y las patatas en todas sus formas.

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