Tejiendo alianzas: Puntos en común entre los feminismos y el teatro de las oprimidas Participa

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María Zapata

Augusto Boal, pionero brasileño del Teatro del Oprimido, en una de sus obras.

Augusto Boal, pionero brasileño del Teatro del Oprimido, en una de sus obras./Fuente: Periódico Diagonal

Me animé a escribir este texto porque llevo tiempo pensando en cómo articular dos ámbitos en los que se desarrolla mi propia práctica activista: feminismo(s) y Teatro de las Oprimidas (T.O.). Un debate que ya en Pikara Magazine abrieron Ana Burgos y Sara Carro con la crónica del I Encuentro Internacional de la Red Magadalenas[1], y que ahora me gustaría seguir profundizando. Además, me pareció significativo que en las últimas Jornades Radical-ment Feministes de Barcelona (junio de 2016) aparece por primera vez el T.O. y ya con seis talleres prácticos y una mesa redonda; una fuerte presencia para estar de estreno. Creo que es interesante poner en relación estos dos movimientos sociales y contestatarios y ver qué cuestiones comparten hasta ahora y cuáles son las que podrían ser intercambiadas para fortalecerse mutuamente y crear nuevos vínculos.

Una de las primeras cosas que veo en común es que, tanto las feministas como las practicantes de T.O. tienen como objetivo la transformación de una realidad social y cultural que es desigual e injusta, a partir de la reflexión y la acción colectiva. El T.O. busca analizar e intervenir desde códigos artísticos o artivistas sobre situaciones que son entendidas como resultado de la interacción entre opresoras, oprimidas y cómplices, abordando temáticas muy diversas. Y aunque estoy segura que desde los inicios de la trayectoria del T.O. hubo grupos que trabajaban sobre las opresiones del heteropatriacado, lo novedoso es que hace menos de una década nos estamos organizando en la Red Magdalenas, una red de mujeres, bolleras y trans, practicantes del T.O., que “trabajamos para vencer la idea de género como definidor de derecho, de espacio y de función social”[2]. Está red surgió, además, porque algunas compañeras tomaron conciencia de cómo dentro del propio movimiento del T.O. había grandes jerarquías por cuestión de género, y desde su propia vivencia colectiva comenzaron las protestas y denuncias hacía algunos de sus compañeros e instituciones del T.O.. Y desde ahí, poco a poco, la Red Magdalenas fue siendo una realidad.

En GIZAT-Gipuzkoako Zapalduon Antzerki Talde, que somos un grupo mixto (mujeres, bolleras y hombres), este trabajo en relación al género no ha sido solo por la elección de la temática en una de nuestras creaciones artísticas, sino que intentamos tener presente todas las relaciones de dominación que también entre nosotras pueden darse o se han dado (ya sean por género, por diferencias de nivel cultural y adquisitivo, o por la experiencia acumulada con la propia herramienta del T.O.). Fue muy interesante cuando en el proceso de creación de “Vuelta a la tortilla” –una pieza de teatro foro sobre la lesbofobia–, durante la fase de reflexión y análisis social, fuimos desgranando nuestras propias formas de oprimir y ser oprimidas, ayudadas en algún momento por otras compañeras teatreras, que por medio de juegos y dinámicas, nos hacían recorrer corporal y emocionalmente la historia de nuestra socialización de género, entendiendo así que nada es natural y por tanto, todo es cambiable.

Una segunda cuestión compartida es que la agencia o capacidad para generar realidad social se sitúa en las personas oprimidas, que dejan de ser víctimas para empoderarse y luchar por sus deseos. Esta diferencia entre oprimida y víctima es fundamental en el T.O. igual que la pauta de no hablar por otras, porque es el turno de palabra de aquellas que han vivido en primera persona la experiencia de la opresión, y desde ahí se comienza a buscar formas de subvertir esta situación. Por eso, es imprescindible en todo proceso del T.O. que hablemos de lo que nos pasa a nosotras en concreto, para no hacer conjeturas ni caer en maternalismos/paternalismos. Pero todo esto no significa que solo la persona oprimida es responsable de cambiar la situación: siempre existen personas aliadas que tiene capacidad de agencia, es decir, existe una responsabilidad compartida. Y esto me lleva a la idea, por ejemplo, de los espacios no mixtos en el feminismo como lugares donde ser protagonistas y estar seguras, donde no caben opiniones de “otros”, ajenos a la experiencia. Sin olvidar y dejar de recordar que el resto de la sociedad también tiene la obligación de generar los cambios necesarios para acabar con el heteropatriarcado y crear nuevas formas de organización social más justas e igualitarias.

El tercer aspecto compartido que veo es la centralidad del cuerpo como espacio de desarrollo de la opresión, pero también de la resistencia: los feminismos nacen como respuesta a una desigualdad totalmente ligada a lo corporal, y en el teatro el cuerpo, las emociones, la voz y el espacio son los elementos de trabajo fundamentales para la actriz. Recogiendo algunas ideas de Mari Luz Esteban[3], prefiero hablar de un cuerpo político que es agente, un cuerpo que no es objeto sino sujeto de la propia acción de transformación social. En el T.O. entrenamos nuestros cuerpos y ponemos a debate aquellas normas y patrones culturales que han sido encarnados, y que muchas veces incluso son inconscientes o automáticos, buscando subvertirlos desde la acción reflexiva y proponiendo a las especta-actrices[4] que prueben esta forma de hacer política. Y en los feminismos, y volviendo a las aportaciones de Esteban, las prácticas individuales y colectivas son “sustancialmente corporales” porque “hacerse feminista no sería más que configurar y reconfigurar, consciente o inconscientemente, nuestra corporalidad, nuestra subjetividad e intersubjetividad, nuestro ser en el mundo, nuestra acción individual y colectiva”.

Y la última cuestión compartida que quiero señalar es la importancia y la legitimación que se otorga a las experiencias del cotidiano como fuente de conocimiento y como lugar de acción política. En el T.O. hay un constante y doble recorrido entre lo micro y lo macro, que siempre comienza desde historias de opresión propias y concretas, que nos han pasado y que podemos recordar con detalles. Se comparten con el grupo, y entre todas se reflexiona para analizar y describir (teatralmente) cuáles son las estructuras y sistemas sociales y culturales que perpetúan esta situación y que han sido encarnados por otros personajes que formaron parte de esa misma realidad. Después se presenta el resultado a un público activo, y por medio del diálogo teatral se buscan alternativas a esas situaciones concretas que permitan modificar las experiencias de opresión del cotidiano y desestabilizar así la hegemonía estructural. Igual que en los feminismos, lo personal se vuelve político pasando del yo individual al nosotras colectivo, valorando las propias experiencias como generadoras de saber y como impulsos para el cambio

Sobre esta cuestión, me gustaría rescatar un debate que he podido tener con algunas compañeras del T.O., y que creo que es extensible al la práctica feminista. Hablo de la importancia de no confundir o etiquetar como terapéutico algo que es político. Hablar desde las propias experiencias, aunque pueda resultar reconfortante y liberador por el mero hecho de ser compartido con las otras, no es una estrategia individual o que busca la sanación. Es una cuestión política porque se convierte en algo colectivo apelando a normas y valores comunes, y porque busca transformar la realidad injusta y desigual en la que vivimos. Y aunque a veces seamos opresoras de otras o incluso de nosotras mismas, la carga de esta desigualdad no es nuestra, sino de un sin fin de estructuras sociales y culturales sobre las que tenemos la responsabilidad, la capacidad y el deseo para el cambio en cada acción que realizamos como oprimidas o como potenciales opresoras.

Para acabar, y en este intento de señalar puntos en común entre ambos movimientos como un esfuerzo por crear nuevos canales de diálogo entre ambas luchas, no quiero dejar en el tintero (o en el teclado) que también hay otras cuestiones que son propias de cada uno de estos activismos pero que podrían ser compartidas y utilizas por el otro. Me refiero, por ejemplo, a la basta teorización que los feminismos han ido acumulando en lo relativo al género, y a la que el T.O. puede seguir acudiendo para nutrir sus propias reflexiones críticas, o a la importancia de lo corporal y emocional como elementos para la acción transformadora que tanto caracterizan al T.O. y que muchas veces en los feminismos (sobre todo en los blancos, occidentales y de clase media) quedan relegados por un uso excesivo, predominante y jerárquico de la palabra oral y escrita. Seguir pensando en otras formas de retroalimentación creo que podría ayudar a diversificar nuestros propios activismo y a encontrar nuevas alianzas.

*María Zapata es antropóloga feminista y teatrera. Actualmente forma parte de GIZAT-Gipuzkoako Zapalduon Antzerki Talde y es dinamizadora del proyecto Haize Eroak (T.O. y salud mental).

[1]    http://www.pikaramagazine.com/2015/11/teatro-feminista-para-transformar-la-vida/

[2]    Extracto de “Primer Manifiesto de la Red internacional de Magdalenas. Una red en movimiento”. En prensa.

[3]    Esteban Galarza, Mari Luz (2011): “Cuerpos y políticas feministas: el feminismo como cuerpo”. En Villalba Augusto, Cristina y Álvarez Lucena, Nacho (coords.): Cuerpos políticos y agencia. Reflexiones feministas sobre cuerpo, trabajo y colonialidad. Universidad de Granada, 45-84.

[4]    En el T.O., y sobre todo con la técnica del teatro foro, se intenta siempre romper la cuarta pared, invitando al público a que se conviertan en especta-actrices/actores, saliendo al escenario y probando desde la teatralidad iniciativas para el cambio de una escena de opresión.

Tejiendo alianzas: Puntos en común entre los feminismos y el teatro de las oprimidas
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