De #NiUnaMenos a #VivasNosQueremos: las argentinas dejaron de resistir en silencio Análisis, En red

Tres masivas marchas y un paro demuestran que el movimiento feminista argentino es imparable. Y no sólo por la viralidad de unas acciones y eslóganes que han traspasado fronteras, sino porque, poco a poco, las mujeres de los barrios se sienten identificadas con las luchas.

Nazaret Castro / Buenos Aires 

Manfestación del 19 de octubre. / Foto: Constanza Portnoy

Manfestación del 19 de octubre. / Foto: Constanza Portnoy

El 3 de junio de 2015, las calles de Buenos Aires fueron tomadas al grito de ‘Ni Una Menos’. Un año después, la marcha contra la violencia machista volvió a ser masiva. Y se repicó el 19 de octubre de 2016, al calor del horror que provocó el brutal asesinato, violación y tortura de la adolescente Lucía Pérez. Mujeres de toda condición social, edades, y también varones, desafiaron el viento y la lluvia para confirmar no sólo el repudio absoluto a ese crimen, sino la madurez de un movimiento que viene construyéndose por desborde y a fuego lento,como señala la académica y activista Verónica Gago.

‘América Latina va a ser toda feminista’ fue una de las consignas coreadas el 19 de octubre y también en las marchas precedentes. El feminismo siempre tuvo, al fin y  al cabo, un ADN internacionalista, por más que las feministas negras y decoloniales le hayan tenido que dar más de un tirón de orejas a las feministas europeas. Y ese potencial se despliega ahora: “El feminismo provocaba rechazo en los barrios; se percibía como una ideología de elites, ligada a la clase media y a la academia. Ahora parece que el discurso de la violencia sobre los cuerpos logró tomar algo de la preocupación en los barrios; creo que por primera vez esa sensibilidad penetró transversalmente en términos de clase, al tiempo que se iba amasando un lenguaje para contar esas violencias”, sostiene Gago.

Así lo explica Gabriela Olguin, dirigente de la cooperativa El Adoquín, que agrupa a 400 productores que venden su artesanía en la Feria de San Telmo y forma parte de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP): “La llegada de los sectores populares al feminismo se va dando muy lentamente. El discurso feminista ha estado en manos de la progresía culta; el feminismo ha sido antiperonista. Se ha impuesto una visión de clase; pero el feminismo tiene que avanzar con todas, y es así que se van a capitalizar las protestas”.

“El discurso de la violencia sobre los cuerpos logró tomar algo de la preocupación en los barrios; creo que por primera vez esa sensibilidad penetró transversalmente en términos de clase”

 La fuerza de la experiencia colectiva

“Las marchas del 3 de junio fueron inesperadas, nadie se imaginaba una convocatoria tan masiva; pero eso fue posible porque había una trama que se venía tejiendo como una especie de caldo que ahí hizo emergencia, pero tiene que ver con una construcción en los territorios”, retoma Gago. Esas convocatorias no pueden entenderse sin el amasado que, durante 31 años, ha supuesto el Encuentro Nacional de Mujeres, un espacio itinerante en que las mujeres se reúnen para pensarse, y que se hace cada vez más masivo y diverso: 70.000 mujeres participaron en la última edición, celebrada en Rosario a principios de octubre. Y eso deja huella: son tres días de talleres, de dormir acampando en escuelas y otros lugares facilitados por la organización en red del movimiento de mujeres, y sobre todo, de presencia en las calles y de continuas reflexiones acerca de qué significa ser mujer. Al volver a casa, durante días, semanas y meses, se va asentando esa lluvia de ideas: la mujer que vuelve del Encuentro se hace más consciente del continuum de violencias que atraviesa desde su nacimiento. Llega “con el tatuaje de esa experiencia de fuerza colectiva, de saber que no estás sola”, en palabras de Gago.

Foto: Constanza Portnoy

Foto: Constanza Portnoy

Como explicó en una conferencia la activista mexicana Raquel Gutiérrez, las mujeres han decidido “correr el límite de lo soportable”: decir basta ya a esa violencia que, hasta ahora, han soportado con más o menos resignación. Y eso ha sido Ni Una Menos: una visibilización del horror que entraña el hecho de que la violencia machista mate a una mujer cada 30 horas en Argentina, según el registro de la organización Mujeres de la Matria Lationamericana (MuMaLá), porque no existen cifras oficiales.

Ni Una Menos fue una consigna, convertida en hashtag viral -#NiUnaMenos-, que convocó la masiva manifestación del 3 de junio de 2015, que se consolidó este año, y que sigue cobrando fuerza, llegando cada vez a más países del mundo.

No hay duda de que es un eficaz aparato comunicativo, que planteó una consigna inapelable y también fácilmente apropiable por cualquiera: incluso por el presidente Mauricio Macri, ese mismo que dice que a todas las mujeres nos gusta que nos digan “qué lindo culo tenés”; o por el showman televisivo Mauricio Tinelli, que en cada programa convierte en objeto el culo de las mujeres, pero se coloca el cartel de Ni Una Menos. “Por mucha banalización que eso implique, ahí está el cartelito: los obliga a ponérselo, a visibilizar el problema”, apunta la socióloga Alejandra Oberti.

El mensaje que el año pasado se plantó como una semilla, y que este 19 de octubre comenzó a florecer, es que la clave para enfrentar la violencia machista es tejer las continuidades que van desde el acoso callejero al miedo que toda mujer pasa al volver a casa a la noche. Como dice la abogada Ileana Arduino, para entender el feminicidio, hay que sacarlo del registro de la excepcionalidad. Por eso las pancartas del 19 de octubre decían: ‘De vuelta a casa quiero ser libre, no valiente’; ‘Tu silencio es cómplice’; ‘Mi cuerpo, bastión de soberanía’.

Por eso también, el movimiento feminista rebosa esa consigna inapelable: la de que no maten a más mujeres. Y de ahí ir avanzando hacia reflexiones rupturistas que cuestionan el lugar de las mujeres en la sociedad y convertir así el eslogan en más complejo: “Toma contenidos heterogéneos y plantea nuevos problemas” que se perciben en consignas como ‘Vivas, libres, autónomas, deseantes, productivas nos queremos’, escribe la socióloga María Pía López.

Tejer desde las trincheras

Año y medio después de la primera manifestación masiva de Ni Una Menos, se perciben los avances en la visibilización del feminicidio y en el tratamiento mediático de estos casos. “Los medios de comunicación quedan obligados a registrar el cambio de sensibilidad en torno a este tema: se ha dejado de hablar sin pudor sobre crímenes pasionales, aunque siguen operando clichés porque se relata cómo iba vestida la chica, si se fue con el novio, si le gustaba ir de bares”, apunta Verónica Gago. A fin de cuentas, como señala por su parte Gabriela Olguin, “la violencia machista está metida en nuestra estructura más profunda: las mujeres sufrimos todo el tiempo comentarios del tipo: qué linda que estás, no te pongas así… Ellos están apabullados, no saben qué hacer; va a requerir mucha madurez por parte de todos”.

Foto: Constanza Portnoy

Foto: Constanza Portnoy

En ese contexto fue aún más doloroso saber que, el mismo día que las mujeres se organizaban para marchar en repudio a feminicidios tan inhumanos como el de Lucía, el Gobierno de Macri eliminara la Unidad Fiscal Especializada en Violencia contra las Mujeres. El Ejecutivo argumentó que había sido un error -no se anunció su eliminación, sino que desapareció esa unidad fiscal del listado oficial-, pero los colectivos de feministas interpretaron como clara su intención de desmantelar esos logros; y que si se dio marcha atrás fue por la contundencia de las manifestaciones contra la violencia machista. Tras su visita al país este mes de noviembre, la relatora especial de la ONU sobre violencia contra la mujer, Dubravka Šimonović, concluyó que la “cultura machista” en Argentina sigue poniendo en peligro la vida de mujeres y niñas.

Pero, en tiempos de cavar trincheras, también se tejen nuevas formas de lucha. Como la inédita llamada a la huelga de las mujeres ese mismo 19 de octubre, que se replicó en varias ciudades de todo el mundo, extendida por redes que operan por cauces que se escapan a los analistas de los tradicionales movimientos sociales. “Este paro es para decir que nos están matando, pero también que cuando paramos se para el mundo, porque nuestro trabajo sostiene todo el trabajo que desarrollan los hombres en el espacio público. Si las mujeres paramos, dejamos de cocinar y llevamos los chicos al colegio, se para el mundo”, en palabras de Raquel Vivanco, de Mumalá. O, sintetizado en el eslogan de aquella movilización: ‘Si mi vida no vale, entonces produzcan sin mí’.

“Si se logra la identificación de las mujeres de las clases populares, podremos alcanzar la madurez y ser un movimiento realmente transformador”

El futuro del movimiento feminista pasará, probablemente, por consolidar esa transversalidad que ya emerge. “Hasta ahora, llenamos las plazas, pero no alcanzamos la masividad. Si se logra la identificación de las mujeres de las clases populares, podremos alcanzar la madurez y ser un movimiento realmente transformador”, reflexiona Gabriela Olguin. Las palabras de esta mujer rebelde animan a excavar en las raíces profundas de la violencia en las sociedades patriarcales y capitalistas: “Si el capitalismo crece en la fragmentación, para luchar contra él nosotras tenemos que hacer lo contrario: estar juntas”.

 

Crónica fotográfica de Constanza Portnoy de la masiva manifestación del 19 de octubre de 2016 en Buenos Aires.

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Comentarios recientes

  1. Lorena

    Excelente artículo.
    Pero me chirría esta frase: “El discurso feminista ha estado en manos de la progresía culta; el feminismo ha sido antiperonista.”, parece tener una connotación negativa.
    Yo creo que el feminismo en Argentina es antiperonista porque es antifascista y antipersonalista. El peronismo le robó luchas al feminismo, para imponerlas por ley y darle la gloria a Eva Perón. Perón y los suyos necesitaban los votos de las mujeres y por eso nos otorgaron el voto, no porque hubiesen luchado por él o creyeran que es un derecho de todas las mujeres.
    Creo que es necesario desligar las clases de terminada ideología o personalismo. Hay mucha mitología respecto al peronismo y parece ser que cualquier obrera es peronista per se. Y no es así, somos miles las anarquistas, socialistas o comunistas que hemos luchado y seguimos hacíendolo desde fuera de estructuras machopersonalistas como es el peronismo.
    Saludos

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