Androcentrismo en el cuidado de la salud de la mujer Participa

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Roser de Tienda DC

El siglo XXI está marcado por un despertar en la conciencia de los valores generales de la sociedad. Se empiezan a demandar principios universales que abarquen todos los terrenos de las competencias psicosociales, y con ellos, redefinir aspectos tan importantes como los de la biomedicina y la bioética.

La nueva era de la ética del cuidado debe promover una atención ecofeminista, tanto en los estudios de los medicamentos como en los cuidados que necesitan las mujeres, dadas las características únicas de su cuerpo y su salud; y sin perder de vista las necesidades sociales de una población, cada vez más polarizada según los registros de riqueza o pobreza.

Estadísticamente, cada vez hay más personas obesas de clase social baja, estando al otro extremo de la estadística las mujeres de clase más alta, que en su mayoría sufren desnutrición y peso corporal insuficiente.

Resulta paradójico ¿verdad?

Dejar atrás los viejos principios del androcentrismo que ha primado durante todo el siglo XX no es fácil, pues en los centros de atención sanitaria, a menudo se nos observa y medica como si fuésemos hombres en pequeñito, en vez de comprender que, aunque tenemos problemas metabólicos comunes, nuestros cuerpos responden de un modo bien distinto. Por lo tanto, todavía hoy en día, no podemos hablar de igualdad sanitaria en materia de género y sexo.

Y para que la sanidad pública sea eficiente e igualitaria necesitamos dar un paso hacia adelante en su concepto de lo que significa la igualdad. No igualdad en el trato, sino igualdad en la investigación y tratamiento de las enfermedades. No olvidemos que estamos en los principios de la era de la investigación médica para las mujeres, porque, aunque nos resulte asombroso ¡hasta la década de los años 90 estaba prohibida la participación de las mujeres en cualquier ensayo clínico!

Creencias infundadas como que los hombres sufren más infartos de miocardio y que las mujeres sufren más ansiedad, son ejemplos continuos de los errores que comete la ciencia por sesgo de género.

Pero en los estudios basados en la evidencia, lo que cuentan son las pruebas objetivas. Así pues, en los infartos cuentan más las pruebas medibles tales como la angiografía, que el historial del paciente. Porque los resultados del historial del paciente son considerados como datos subjetivos, pues quedan sujetos a la interpretación del profesional que escucha.

Los errores estadísticos ocurren porque cuando una mujer acude a un centro sanitario con palpitaciones, arritmias o cansancio, la mayoría de las veces, sale con un ansiolítico o un anti depresivo debajo del brazo. Y eso es porque, todavía hoy, los ataques cardiacos son considerados como una patología predominantemente masculina.

Por eso, cuando la paciente es una mujer, se producen retrasos en el diagnóstico de hasta una hora, infra-diagnósticos e incluso errores. Según los datos del Ministerio de Salud Español, estos errores se producen porque las mujeres acudimos más tarde a buscar ayuda a los centros sanitarios, pues nuestro impuesto rol de género, contribuye a que estemos más pendientes de la salud de la familia que de la nuestra.

Como consecuencia, y según referencias de la Sociedad Española de Cardiología, las mujeres tienen un 50% de posibilidades de morir en su primer infarto frente al 30% masculino. Aún más, un estudio realizado con más de un millón de personas ha revelado que una mujer menor de 55 años que acuda al hospital durante un ataque cardiaco, pero sin dolor torácico, tiene más probabilidades de morir en el curso del mismo que un varón de la misma edad. Y todo porque ¡no presentamos los mismos síntomas que los hombres!

La salud debe mirarse de un modo holístico, y sobre todo debe dejar de mirarse en base a que, el barómetro de medición sea el estándar masculino. Porque además de las diferencias fisiológicas, y las diferencias en la sintomatología, existen multitud de diferencias en la función metabólica que hace incompatible una misma medición sintomática, o el suministro de los mismos medicamentos, aunque sean recetados en dosis más bajas.

Gracias a algunos estudios que han comenzado a incluir mujeres en la investigación, se empieza a saber, que las mujeres tenemos más resistencia a determinados fármacos o psicotrópicos, así como un 50% más de probabilidades que los hombres de sufrir los efectos secundarios de los medicamentos que tomamos. A este efecto, el año pasado, la FDA (Food and Drug Administration de EEUU) anunció por primera vez el desarrollo de pautas de dosificación específicas para cada sexo.

En cualquier caso, la prevención debería ser la prioridad principal de un estado para con sus ciudadanos. Aunque solo fuera para ahorrar costes sanitarios. Y para ello, es necesario implantar planes de educación por género. Para que las personas aprendamos a cuidarnos en cada etapa en la que nos encontremos, porque no es lo mismo, ni se tienen las mismas necesidades, a los quince años que a los cincuenta. Y no es lo mismo educar a una mujer para que esté fuerte y sana, que educar a un niño para lo mismo. Las personas deben saber cómo alimentarse, en caso de salud o de enfermedad, pues somos lo que comemos. Debemos aprender cómo cuidar nuestra mente y nuestro cuerpo, en la infancia, durante los períodos de crecimiento, durante la menstruación, el embarazo, el post-parto, la menopausia y la tercera y cuarta edad.

En España, porque en el resto del mundo ya lo está, se deberían legalizar ciencias como la quiropráctica, la naturopatía u otras terapias conservadoras, para que pudieran estar al alcance de toda la población, no solo de las clases más altas, para mantenerla más sana y como concepto de igualdad social.

Espero que la conciencia de la medicina del siglo XXI se eleve hacia un modelo ético y sostenible. Que se comprenda que los pacientes cada vez estarán más informados, y que habrá que escuchar y dar reconocimiento a las demandas de soluciones menos drásticas y más conservadoras para su salud, con nuevos modelos en función de sexo y género. Algunas profesionales ya hace más de cien años que trabajamos así.

Roser de Tienda (Barcelona, 1966) es doctora quiropráctica con especialidad en salud de la mujer y niños. Es autora de los libros “Nacer conectado, vivir consciente” y “Hazte la vida fácil”.

 

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