¿Quién te quiere a ti? Participa

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Marta E. Blanco García

¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Cientos, miles, e incluso millones. Y no hablo solo durante la infancia, cuando tu protagonismo se hace evidente como “juguetito” de la familia. Hablo de ahora, recientemente. Y si no, te lo preguntas sola. Muchas veces.

Pues bien, ¿quién te quiere? ¿tú te quieres? Solemos buscar el amor, el cariño, el afecto, e incluso la aprobación fuera, en familiares, amigos, parejas, simples conocidos… La exigencia social pesa, y mucho. Llega un punto en el que queremos encontrarlo solas, sentirnos protagonistas y valorarnos por encima de lo que puedan valorarnos exteriormente, y entonces nos damos cuenta de que es diferente, parece complicado. Bueno, dicen que es muy simple, pero a la vez resulta imposible.

Me educaron en valores de autovaloración e independencia… ¿Me enseñaron a quererme? Sí, claro que sí. Entonces… ¿Por qué me cuesta tanto hacerlo? Hay momentos en los que nada es más poderoso que una opinión externa, transformada en muchas ocasiones en una autoexigencia, hasta llegar al punto de intuirla sin que se haga explícita (¿o quizá inventarla?).

Somos mujeres y somos jóvenes. Permanentemente estamos rodeadas de un bombardeo de pretensiones y modelos irreales totalmente idealizados. “Come menos”, “corre más”, “vístete bien”, “sufre poco”, “expresa menos”; “sé dura, pero solo lo justo…” y finalmente, después de una larga lista de impertinencias, la más importante: “QUIÉRETE”, pero ojo, solo cuando hayas cumplido todo lo anterior, si no ¿cómo vas a conseguirlo? Vale. Lo entiendo… ¿o no? ¿Qué es comer menos? ¿Menos de cuánto? Corro mucho… ¿suficiente? ¿Me visto bien? No sufrir… ¿Es eso posible? Bueno, intentémoslo. ¿Por qué? Porque todas las mujeres con éxito lo hacen, ¿no? Eso dicen… Así que, como menos, corro más, sufro poco (o de eso me convenzo), y sobre todo ya no expreso nada, porque las exigencias se hacen insostenibles y no me queda nada lógico que compartir. Ahora, ¿me quiero? Pues… sinceramente, no. Ya no me quiero, ya no soy yo. Solo pienso en lo que pensaba al principio, MENOS, POCO, MENOS, NADA… pero cada vez más. Hace mucho que esas exigencias de las que hablábamos no están, y aún así las siento cada día más. No sé por qué pero hay algo que se encarga diariamente de recordármelas y que además me hace saber que no es suficiente, que necesito más MENOS, más POCO y completamente NADA. ¿Y sabes lo peor de todo? Que me he dado cuenta de que nunca va a ser suficiente, es imposible quererme como me estoy pidiendo; porque no existo, no soy más allá de mis exigencias.

Y entonces, me salta la bombilla. Esa que aparece cuando por fin, después de tanto tiempo, has tenido una gran idea. Y salta simplemente porque entiendo que no soy perfecta, y nadie (muchísimo menos yo) necesita que lo sea; incluso llego a comprender que la perfección ni siquiera existe (qué aburrido sería si existiese).

A veces, como mucho (bueno, no sé… ¿qué es mucho?), solo corro por diversión, hay épocas en las que sufro más, algunos días expreso poco, y otros tantos grito allá por donde voy, y cada día tengo más claro que no soy nada dura… pero algún día lo seré. ¿Sabes por qué? Porque he probado sentirme como nos piden que nos sintamos y no he conseguido quererme. Creo que en este proceso ni yo lo he conseguido, ni los que me rodean han podido seguir mi ritmo, porque estaba desfasado. En todos esos días en los que mi cabeza solo daba vueltas a MENOS, se convertía en POCO y seguía persiguiendo el NADA, realmente solo exigía rozar la perfección, una perfección inexistente e inútil, que además cada día se alejaba más de mí, de mi esencia. Una esencia que sorprendentemente continuaba manteniendo en mis reivindicaciones, en mis clases y en mi trabajo, y por eso mismo hacían explotar cada una de mis nuevas exigencias. Pero ahí seguía, cayendo en lo mismo que criticaba cada día.

No, no soy perfecta. Sin embargo, cada vez lo entiendo un poco más, y me gusta, me encanta. Ese roce de la perfección me hacía perderme, y seguramente todavía lo haga, aunque cada vez menos. No soy perfecta, y cada día quiero serlo un poco menos, aunque todavía quiero mucho. Han sido necesarios muchos días, muchas dificultades, muchos gritos y muchas excusas para darme cuenta… Pero, en medio de todo ello, lo mejor es que empiezo a recordar mi esencia y ahora sí empiezo a quererme, a quererme PERFECTAMENTE IMPERFECTA.

Las barreras invisibles son las más difíciles de superar. Ahí está lo mejor, en tener siempre una excusa para luchar.

¿Quién te quiere a ti? Tú. Te quieres y te debes querer mucho.

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