La música rock y los tres pilares del sexismo Análisis, Ficciones

Resulta paradójico que en los territorios de mayor contestación cultural se sigan reproduciendo de forma mayoritaria las conductas y prejuicios patriarcales. Analizamos el sexismo en tres ámbitos: la creación artística, el público y la crítica.

Joan-Jett

Joan Jett, una de las rockeras más icónicas, en concierto en 1994./ Joe Mabel

En las últimas décadas, las conquistas sociales por y para las mujeres han sido, dimisión más, reforma menos, lentas pero constantes. En el plano cultural, sin embargo, la industria del entretenimiento ha permanecido inamovible y ha continuado reproduciendo, si bien a veces de forma más sutil, la inagotable desigualdad de género que todavía sufrimos en nuestra sociedad. La parte que a mí me toca más de cerca, la de la música rock y sus variantes estilísticas, ha sido, en este sentido, uno de los campos en los que el carácter contestatario no ha ido de la mano de una lucha por acabar con la subordinación de género. Más bien todo lo contrario.

Por paradójico que parezca, el estilo musical que mejor ha aguantado el envite de modas y corrientes de la segunda mitad de siglo XX ha conseguido sobrevivir por su persistencia en valores como la rebeldía, la juventud, el poder y, no menos importante, el sexismo. Este artículo aborda la creación y desarrollo del discurso rockero (y sexista) en tres ámbitos: no sólo en lo que respecta a la creación artística, sino también en cuanto al público y a la crítica, espacios en los que se repara menos pero en los que el sexismo ha permanecido prácticamente inalterable.

Mujeres que miran

El rock no fue siempre cosa de hombres. Al menos no en los que respecta a su público. Más bien al contrario, el fenómeno de masas que inauguró Elvis Presley supuso, desde sus inicios, una llamada al considerado sexo débil más que al público casi exclusivamente masculino que, hasta entonces, llenaba los locales. Algunos años antes de que el trillado “sexo, drogas y rock n’ roll” se arremolinase en las cabezas adolescentes, los primeros éxitos de Elvis eran jaleados en los escenarios por mujeres que, noche tras noche, aumentaban en número y en euforia. El rock and roll fuertemente sexual de Elvis, recuerda Christopher R. Martin (1995), vigoraba el sentimiento de libertad que las quinceañeras norteamericanas de posguerra apenas comenzaban a experimentar.

Los conciertos del Rey del Rock desarrollaban una relación artista-público en la que las mujeres eran sujetos activos, chicas que salían cada noche del nicho doméstico para asistir a estos rituales de desinhibición. Quinceañeras histéricas, novios peleles llevados arrastras hasta la puerta de la sala de conciertos, tirones a la ropa del cantante, clubs de fans, liberación sexual. Los primeros rebeldes del rock, con Elvis a la cabeza, no eran tanto los artistas que pervertían como la herramienta de la que las adolescentes se servían para convertirse en “chicas malas”, o en simples mujeres dueñas de sus vidas. Quizá hoy diríamos que los conciertos de Elvis fueron vehículos de empoderamiento femenino.

La rebeldía con la que el músico llamaba a subvertir las opresiones de clase, raza y género calaron hondo, y el escándalo público en torno a las jóvenes empezó a extenderse, haciendo de la decencia de las mujeres un asunto de ‘sentido común’.

La contrarreforma no tardó en llegar. Los Rolling Stones, banda de flequillos propios de la British Invasion, se transformaron en contraparte ruda de Los Beatles más tempranos. Con temas como ‘Under My Thumb’ (Bajo Mi Pulgar), Mick Jagger ilustra el cambio fundamental que se empezaba a gestar en la música rock: la mujer, antes dueña de sí misma, es ahora objeto para la recreación masculina. Si antes la mujer tenía la sartén por el mango, es ahora el macho quien tiene a la mujer bajo su yugo. El hombre vuelve a ser libre de la tiranía de las faldas.

Con ese cambio de matiz progresivo y difícilmente perceptible, la revolución sexual de los años sesenta sigue su curso pero, esta vez, no es sino a costa de sacar a las mujeres de las salas de conciertos y devolverlas a su lugar. Así, Los Rolling Stones (y todas las bandas de “tipos duros” que les seguirían) abanderaron la liberación juvenil de los años sesenta basada en la rebeldía, la independencia o la diversión desenfrenada, en contraposición a lo aburrido y alienante del entorno doméstico reservado a las mujeres (Martin, 1995). 

De esta división nada inocente de lo público y lo privado surge la figura de la groupie, única figura femenina aceptada entre bastidores. Una vez relegadas al aburrido hogar, el espacio público, los locales y los escenarios se hacen casi exclusivamente masculinos. Los hombres, dueños de la palabra y del acto, no verán con buenos ojos la presencia de las mujeres, salvo desde su cosificación. Las groupies no son, por tanto, las mujeres que malean y alienan al hombre en el entorno doméstico, sino objetos sexuales al servicio de las fantasías del hombre liberado (Becker, 2011).

El legado Stone ha llegado hasta nuestros días con relativa buena salud, haciendo del sexismo, en sus distintas vertientes, uno de los pilares básicos del imaginario rockero. La mujer como objeto de deseo satisfecho o insatisfecho; como reflejo de un entorno doméstico al que no se quiere regresar; o como la mentirosa que rompió el corazón al cantante, por nombrar algunas de sus innumerables representaciones. Pero, más allá de la perversa mirada que se posa sobre las mujeres, lo que predomina en estas canciones es el despojo de todo discurso articulado desde lo femenino, tan sólo canciones hechas por y para hombres (o para mujeres fáciles). No es de extrañar, así, que las jóvenes que antes llenaban las salas de conciertos hayan sido progresivamente sustituidas por un público mayoritariamente masculino.

Mujeres que hacen música

El discurso sobre el que se asienta la dominación masculina, presente en buena parte de la producción musical rockera de las últimas décadas, ha ido acompañado de un segundo elemento fundamental: la paupérrima presencia femenina sobre los escenarios. Tal y como cuenta el reciente documental sobre la escena punk ‘Tomar el Escenario’ (Idoate, 2013), incluso en los territorios de mayor contestación cultural se reproducen las conductas y prejuicios patriarcales. Es relativamente complicado encontrar un buen puñado de bandas formadas por mujeres, y la música potente sigue siendo cosa de machos. Así, la opresión ante la que se rebelan buena parte de las canciones de rock (como ésta o ésta) no es muy distinta de la que se ejerce desde los propios rockeros hacia las mujeres que se atreven a hacer música (y, en distinta medida, a las personas LGTBI).

Los números hablan por sí solos. Si el pop está repleto de Madonnas y Lady Gagas, la industria del rock o del heavy metal ha invisibilizado el potencial creativo de las mujeres y, en general, de toda aquella persona sin un buen encaje en los esquemas heteronormativos. En un mar de bandas que van desde Oasis hasta Manowar, la presencia de grupos musicales formados (aunque sólo sea parcialmente) por mujeres es puramente anecdótica. Más aun, en los pocos casos en los que encontramos mujeres tocando un instrumento o cantando, éstas son lanzadas no desde su valor como músicas, sino desde su cosificación y su contribución al imaginario sexista.

En lo que respecta a otras sexualidades, la discriminación es todavía más palpable. Así, incluso las excepciones más sonadas y exitosas (cierta androginia de Annie Lennox, la ambigüedad de David Bowie, Freddie Mercury y su homosexualidad declarada) han sido leídas desde la heteronormatividad vigente, dotándolas no de normalidad sino de excepcionalidad. Dicho de otra forma: para bien o para mal, los modelos alternativos nunca pasan desapercibidos.

En este contexto, el rock como espacio de formación de identidades y luchas se percibe idóneo para hombres, pero ciertamente limitado para las mujeres, que tienen que luchar, antes que nada, contra los estereotipos imperantes en este género musical. Un terreno abonado para tipos duros y rudos, para el sexo sin amor y drogas duras. ¿Queda espacio para el rock de mujeres? De la misma forma que sucede con las groupies, muchas de las bandas de rock lideradas por mujeres (que las hay) consiguen hacerse un hueco no tanto por su talento como a través de la legitimación y reforzamiento de los estereotipos rockeros (Hartman, 2014): Vixen (zorra), Heart (corazón), Madam X, Girlschool (escuela de niñas), The Runaways (las fugitivas/las desbocadas) o Blondie (rubita). No es de extrañar, por tanto, que la presencia de las mujeres en el rock no esté tanto sobre los escenarios como en los miles de videoclips y portadas de rock.

Hombres que escriben sobre mujeres

La tercera pata del sexismo en el rock la encontramos en lo que sobre éste se dice y se escribe cada día. Hace tan sólo unos pocos meses se publicaba, en un webzine de cierta tirada, una entrevista a la banda de rock sueca Crucified Barbara, que nos sirve aquí como muestra flagrante de un fenómeno que, aunque a veces sutil, puede apreciarse en buena parte de la crítica musical. El texto, que incluía preguntas de periodismo riguroso del estilo de “¿Cómo se vive el periodo menstrual cuando una está en la carretera?”, provocó una buena cantidad de críticas.

El entrevistador, desde la primera línea, se encarga de recordar que la banda entrevistada está formada por chicas y suecas, por lo que “no tiene el chichi pa farolillos” (sic.). Ante preguntas tópicas, como las referentes al rol reproductivo femenino, la respuesta de la entrevistada es fulminante: “Como algunas personas del mundo ya han descubierto, las mujeres no fueron puestas sobre la tierra para ser tiernas y complacer a los hombres y todas esas cosas. (…) No tenemos hijos, y si queremos tenerlos o no es algo privado. Nunca veo este tipo de preguntas cuando se habla con artistas masculinos, y eso me asusta”.

El periodismo y la crítica musical occidental no son, probablemente, artífices del machismo en el rock, pero sí son garantes y reproductores de un discurso que, por omisión o por excesiva atención, perpetúa a las mujeres a su excepcionalidad. Por un lado, si la industria de la música cuenta ya con notables barreras de entrada para principiantes, la música creada por mujeres tiene garantizados obstáculos adicionales. Los pocos grupos femeninos que consiguen pasar ciertos umbrales, tienen que luchar contra la invisibilización, la ridiculización y, por supuesto, la incesante constatación de género: quien está tocando no es una banda al uso, sino que es una banda de mujeres. Por eso, no extrañan las preguntas/afirmaciones que el entrevistador lanza a Crucified Barbara: “¿(…) han sido ignoradas por una parte del público rockero sencillamente por el hecho de que son chicas guapas suecas?”

La excepcionalidad a la que se enfrentan las mujeres cuenta con otra cara, aparentemente más amable aunque igual de subordinante. Tal y como apuntan algunas de las mujeres que participan en el documental ‘Tomar el Escenario’, el prejuicio inicial al ver subirse al escenario a un grupo de mujeres es desactivado cuando suena la música (al fin y al cabo, el talento creativo y las capacidades técnicas poco tienen que ver con el sexo de quien hace música). ¿El resultado? Una palmada en la espalda por parte de aquellos hombres (músicos, público y crítica) que, sin esperar nada, han constatado que, para ser mujeres, no tocan nada mal. Así, podemos ver cómo opera un mecanismo doble de infravaloración: como constatación de la disonancia en un entorno marcadamente masculino, y como confirmación del valor de esas músicas; en tanto que mujeres y a pesar de ello (Hartman, 2014).

¿Puede el rock dejar de ser sexista?

Los mimbres disruptivos con los que la cultura rockera se ha constituido han permanecido básicamente inamovibles durante las últimas décadas. Si bien el racismo y otras formas de discriminación no se toleran como años atrás, el sexismo ha permanecido inalterado en el imaginario rockero, tan sólo censurando las expresiones más explícitas y más odiosas. El “sexo” que acompaña a las “drogas y rock and roll” es, casi exclusivamente, el sexo perpetuador de relaciones opresivas. Relaciones opresivas sin las cuales la mayoría de bandas de rock perderían buena parte de su lenguaje, su mensaje y su atractivo.

En este escenario, las posibilidades de una apuesta por la igualdad dentro del rock son bastante limitadas. Para muchas de las personas que disfrutamos con el blues, el rock o el heavy metal, el sexismo que estas músicas constantemente destilan se hace cada vez más incómodo. Ésta es, además, una postura minoritaria, ya que, en los tres ámbitos desarrollados (es decir, entre artistas, público y crítica) impera la indulgencia de quien afirma que, si te pones a mirar en detalles, ninguna banda se salva.

Hay, con todo, excepciones. Desde los años noventa, el movimiento Riot Grrrl ha supuesto la corriente feminista musical más estimulante de las últimas décadas. En castellano, los bilbaínos Doctor Deseo han sabido explorar sin complejos las sexualidades que van más allá de los prototipos impuestos en el género, tanto a través de sus letras como de una puesta en escena que no es posible ignorar.



Lujuria, banda de heavy metal por la que la caverna mediática se ha rasgado las vestiduras más de una vez, lleva más de veinte años visibilizando, desde su posición privilegiada, la opresión sexual. En cuanto a festivales, el internacional LadyFest viene combatiendo el sexismo en la música desde el año 2000.

Estos son, en todo caso, casos aislados en medio de un mar de sexismo. En una relación en constante retroalimentación entre quienes producen, consumen y hablan de música, el discurso sexista parece ser más un reclamo que un lastre. Por si fuera poco, el incremento de la presencia femenina en cualquiera de estos ámbitos no es, ni mucho menos, garantía de que la situación vaya a subvertirse. Así, cabe preguntarse hasta qué punto no está el rock perpetuando unos rasgos que, aunque odiosos, venden bien y sustentan la supervivencia del género musical.

Mientras bandas marcadamente sexistas llenen estadios, mientras sigamos mirando con indulgencia videoclips repulsivos, o mientras se publiquen entrevistas como la de Crucified Barbara, esa música que cincuenta años atrás fue bandera contracultural acabará estableciéndose, en el siglo XXI, como búnker machista.

Referencias y otro materiales

Colectivo Antropólogos en Fuga y Compañía (2011) Rock, mujeres y música. Regiones, suplemento de antropología… año 7, número 44, marzo-mayo de 2011.

Davies, Helen. “All Rock and Roll is Homosocial: the Representation of Women in the British Rock Music Press.” Popular Music 20.3 (2001): 301-317

Hartman, C. (2014). Girly Boys and Boyish Girls: Gender Roles in Rock and Roll Music, 55–70.

Idoate, E. (2013). Tomar el Escenario. Autoexpressió produccions. Accesible en https://www.youtube.com/watch?v=TXQoeoB1pSY

McCarthy, K. (2006). Not Pretty Girls? The Journal of Popular Culture, 39(1), 69–94.

Martin, C. R. (1995). The Naturalized Gender Order Of Rock and Roll. Journal of Communication Inquiry, 53–74.

Ramos, S. (2015). Crucified Barbara: ¿Es esto una entrevista seria?. Metal Circus. Accesible en http://www.themetalcircus.com/entrevistas/crucified-barbara-es-esto-una-entrevista-seria/

Rhodes, Lisa (2005) Electric Ladyland: Women and Rock Culture. Philadelphia: University of Pennsylvania Press.

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La música rock y los tres pilares del sexismo
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Julen Figueras Fernández

Investigador de Ciencias Políticas y Música, colabora también con la web palabraderock.com

Comentarios recientes

  1. Laura

    Me parece una columna que une un montón de ideas y las acomoda a su gusto. De hecho varias afirmaciones son dadas en un contexto como los setenta en la gracias a la música que cosifica a la mujer existe una liberación por parte de ella de una manera sexual, situación que antes no ocurría. En cuanto a la letras de las canciones, que esperaba de un movimiento que se desarrolla en un conocimiento del sexo? Canciones de amor escritas para hombres sólo para que se identificaran a las mujeres sólo por no ser sexista? Se equivocan en el sentido que sí existen mujeres que fueron rockeras y demostraron la equidad sobre el género. Que no hayan vivido para contarlo es diferente, o que simplemente no sea tan comercial es otro tema pero que las grandes bandas de rock sean sexistas es una afirmación vaga y realmente sin buenos argumentos a parte de conductas dadas en la época y las letras de las canciones. Respecto a la banda sueca es bueno aclarar que no se trata del género se trata de los medios, incluso del estúpido entrevistador.

  2. Pikis pikis

    Creo que esta columna es un poco injusta con el rock, claro que hay expresiones machistas en los conciertos o en las letras de algunas bandas sobre todo en géneros como el glam (que en lo personal me parecen una total basura, machista y comercial!!!). Pero también el rock, desde mi viviencia como mujer y siendo rockera desde los 12 años, ha sido un espacio liberardor porque me ha permitido romper con los estereotipos que la sociedad nos impone como ser tiernas, dulces, ‘románticas’… Es cuestión de ver que gracias al rock las mujeres podemos escuchar también letras distintas que desde lo “satánico” (como Black Sabbath por ejemplo) hasta el grunge depresivo, nos permite escapar de las tipicas letras empalagosas de amor o de letras claramente machistas. Claro que hay machismo dentro de la escena rockera y yo visto expresiones ofensivas, pero no me parece que “las posibilidades de una apuesta por la igualdad dentro del rock sean bastante limitadas” como dice el artículo. Hay que recordar también que el rock es parte de la industria cultural y por lo tanto estará permeado de la influencia patriarcal en la medida que se pretende que sea un producto comercial. Pero también hay que reconocer que puede ser un espacio de resistencia a la “femineidad” normativa que se nos impone.

    1. Violeta

      Estoy totalmente de acuerdo con Pikis, hay muchas mujeres Rockeras,como en todo supongo q han sido poco conocidas,tb hay grupos de Rock q han denunciado la violencia de género en sus canciones,hay saber escoger.
      Pero si, necesitamos mas grupos femeninos y mas letras feministas.

  3. Dani

    Virginia Rodrigo, percusionista de carrera, cuenta en su blog que durante las innumerables giras que hizo con músicos masculinos, predominaban dos actitudes al relacionarse con ellos:
    A) El paternalismo de acercarse para ayudarla en cosas que no hacía falta (pero como era chica…).
    B) Las conductas seductoras (porque es una mujer muy bella).
    Parece que este tipo de cosas siguen vigentes. No hay una relación de persona a persona, sino de hombre (en su rol tradicional) a mujer (en su rol tradicional). Roles, dicho sea de paso, que tienen al menos dos mil años de antigüedad. Aquí, los chicos rebeldes y modernos…
    Desde un punto de vista cuantitativo, convendría analizar por qué ha habido tan pocas artistas femeninas dentro del rock. Supongo que hay mucha tela que cortar en esta cuestión. A bote pronto se me ocurre que no es lo mismo que a un tío le digan que es un gamberro y un vividor por subirse a un escenario a hacer ruido, que ser una mujer y que, además de eso, te digan que eres una golfa. Que probablemente es a lo que se han expuesto en una u otra ocasión las chicas que se dedicaron al oficio musical. El estigma de la puta aplicado a cualquier mujer que salga de las normas establecidas.
    También en la misma línea, otro handicap podría ser que una parte del público masculino crea que cualquier tía que sube a un escenario ‘a enseñar las piernas y el escote’… ya sabemos a lo que va. Y eso implica derecho de pernada… ‘porque es que van provocando’.
    En fin, es un tema que da para mucho, y es importante que cada cual aporte sus experiencias y puntos de vista para ver si aprendemos de los errores.

  4. Dani

    También creo que sería importante preguntar a las propias rockeras cómo ven el tema, que son las que conocen las tripas del negocio. Aurora Beltrán, Patricia Fernández, Agnes Castaño, Mürfila, Mar Fontana, Maika Makowski…

  5. Pingback: 10 alucinantes roqueras para celebrar el Día Mundial del Rock | Un pastiche

  6. Julen

    Gracias por los comentarios. Me gustaría contestar a algunas cosillas.
    Sobre lo que opinan las rockeras, el documental que cito en el artículo creo que está bastante bien, aunque se centra básicamente en el punk, pero bueno. Aun así, estoy de acuerdo en que sería importante preguntar a esas artistas, y creo que podrían salir cosas muy interesantes.
    Sobre el rock como espacio liberador, es cierto que es una lectura que puede hacerse. De hecho, el libro de Electric Ladyland de Rhodes habla sobre las groupies desde esa perspectiva. Yo no la he explorado por una razón muy concreta. Los espacios musicales en los que me muevo están monopolizados por hombres, en muchos casos auténticos machirulos. En los conciertos hay mucho de lo que ya se ha comentado, pero es que en la crítica musical también abundan expresiones como “rock con pelotas”, y mierdas así (algún comentario de FB va también en esa línea). Creo que el sexismo lo inunda todo, pero he querido centrarme en el rock para provocar una reflexión en ese grupo de gente en concreto, señalar la basura sexista que se produce, e intentar que al menos algunos hombres (y algunas mujeres también) se planteen hasta qué punto nos compensa seguir escuchando a grupos como Motley Crue, con prácticas auténticamente degradantes paras las mujeres en cada de unos de sus conciertos, bajo la excusa recurrente de “es sólo rock and roll”. En este sentido, aunque me alegra un montón que haya un montón de gente feminista que lo ha leído y compartido, no puedo tener la misma alegría en lo que respecta a muchos lectores rockeros que, como mucho, se han limitado a señalar que el artículo es interesante o “muy cierto”. Pero mañana será igual.

    Saludos y gracias por los comentarios.

  7. Dani

    Este fenómeno es comparable al de los rockeros racistas. Uno puede escuchar la música que le de la gana, vivirla como le de la gana y ser lo que le de la gana. Pero un rockero racista nunca podrá ser un rockero de verdad. Un rockero racista está traicionando la memoria, la metodología y la filosofía del rock and roll. Esta es una música que nace de fusionar los acordes del blues con el ritmo del country. Por eso, entre otras cosas, nunca me han parecido acertadas expresiones como ‘tal grupo es puro rock and roll’, o ‘tal cantante es puro rock and roll’. Una música mestiza no puede ser pura. Ni falta que le hace. Ser rockero y racista es como si uno dice: me encanta el café con leche pero odio el café. Resulta que si no hay café, no tienes el café con leche que tanto te gusta, majo. Y si no hay negros, no hay blues. Y si no hay blues, no hay rock and roll. Si los pioneros hubiesen sido segregacionistas, los negros seguirían con su blues y los blancos con su country. Y nosotros nos hubiésemos quedado sin rock and roll.
    Pioneros negros como Little Richard o Chuck Berry relataban, además, que en los años cincuenta actuaban en poblaciones sureñas donde había problemas de integración racial. Las autoridades ponían a los blancos en la zona de asientos, y abajo, de pie, los negros. Y a la segunda o tercera canción, los blancos no podían contenerse en sus asientos, rompían las vallas y bajaban a bailar codo con codo con los negros.
    Por otra parte, asociaciones de padres blancos se rasgaron las vestiduras tras la primera aparición de Elvis en la tele. Su forma de cantar y su pelvis en movimiento “rebajaban a los jóvenes blancos al nivel de los negros”.
    Lo bonito de aquella época, para mí, es que esta oposición al orden establecido no era algo premeditado, ni partía de una ideología ni afán de cambiar el mundo, ni nada por el estilo. Era, simplemente, que molaba mezclar blues y country para pasarlo bien. Y esta sencilla e inocente afición montó un revuelo que pa qué. Pero un revuelo porque el entorno era carca y retrógrado. Luego, ya en los años sesenta, el rock se fusionó con todas las músicas habidas y por haber, hasta las melodías orientales que nos trajo George Harrison.
    Con este bagaje a cuestas, inscrito en sus genes, la innovación con respecto a ‘lo establecido’ que representa la cultura del rock no encaja de ninguna manera con posturas retrógradas como el machismo. Vamos, que un rockero machista, entre otras cosas, no tiene ni puta idea de lo que es el rock. Un machista o un racista podrán disfrutar del rock, bailarlo, tomarse unas cervezas, menear la cabeza pa arriba y pa abajo. Pero su espíritu no se elevará como cuando uno siente muy dentro el calor de la música soul -alma- que tanto influyó, por cierto, durante el crecimiento de esa mulatilla traviesa y alocada a la que dieron en llamar ‘música rock’.

  8. Larry Lurex

    Decir que en el rock había más libertad para la mujer en los 50 que en los 70 me parece una falacia. Empezando por las mujeres artistas esclavizadas por sus productores hasta las fans encorsetadas en un asfixiante rol social, es fácilmente demostrable que esa teoría hace aguas. Baste recordar que la única rockera digna de tal nombre de la era, la genial Wanda Jackson, fue maltratada por su pareja, el también rockero Gene Vincent o la tiranía que Phil Spector ejercía sobre sus cantantes en nómina como Darlene Love, a quienes ni siquiera dejaba grabar con su nombre. No, el machismo en el rock no empezó con los Rolling Stones. Esa es una respuesta demasiado fácil. Evidentemente ellos escribieron Under My Thumb, Stupid Girl, Bitch y tantas otras canciones con contenido machista, pero para buscar las raíces del machismo en el rock habría que bucear hasta sus el blues de Robert Johnson. Pero siempre, hasta en los orígenes del blues, la mujer supo encontrar su hueco para expresarse. Ahí tenemos a la tremenda Big Mama Thornton con su “Hound Dog”, que después interpretaría Elvis. Por otro lado, si tan valorable consideras la desinhibición de las quinceañeras de los 50, ¿por qué no considerar el papel de las groupies de los 70 como una extensión de aquel rol? Al fin y al cabo, las groupies desde cierto punto de vista eran mujeres libres que elegían con quién realizaban el acto sexual. Evidentemente, eran objetos sexuales, pero también eran libres bajo sus propios estándares, y encontramos entre ellas ejemplos interesantes. Por ejemplo, The GTOs, grupo de groupies lideradas por la famosa Pamela Des Barres, que llegaron a grabar un disco producido por Frank Zappa. Por cierto, que Zappa fue uno de los artistas masculinos que mejor supo reírse de los modelos impuestos por el rock más machista, ridiculizando hasta el extremo tanto al modelo hipersexualizado de las groupies como al idiotizante rol del rockero macho. Hecho de menos en este artículo el papel de mujeres que rompieron el molde, ¿dónde están Wanda, Janis, Patti Smith, Chrissie Hynde, Lene Lovich o Siouxsie Sioux? Por último, decir que el pop no es machista por tener a figuras como Madonna y Lady Gaga me parece otra falsedad. Vaya dos ejemplos, esos dos productos funcionan como objeto sexual, y perpetúan el modelo machista. Y si lo que valoras de ellas para mostrarlas como modelo de lo contrario es su desinhibición en el plano sexual y que tomen la iniciativa, ¿qué las diferencia de las groupies?

    1. Julen

      Un fan de Queen 🙂
      No digo que el pop no sea machista, sino que las mujeres no están invisibilizadas. Sobre figuras del pop y su relación con el feminismo hay un debate interesante en el foro de la web. Pero vamos, no se me ocurriría pensar que mayor visibilidad equivale a menos machismo, ni viceversa. Tampoco he puesto a esas artistas como ejemplo de subversión.
      Sobre las groupies y su potencial emancipador, ya he comentado que existen fuentes (como el libro de Rhodes), pero no creo que se dé en el mismo contexto, ni de la misma forma.
      En cuanto a que el machismo en la música ya estaba de antes, estoy de acuerdo. Lo que el artículo apunta (pero está bastante más desarrollado en las fuentes que cito) es que los primeros pasos del rock crearon o posibilitaron una relación música-público femenino distinta de lo que había hasta la fecha, y que ésta se truncó con la contrarreforma Stone. De todas formas, creo que es una interpretación más que una afirmación categórica, así que se puede seguir pensando en ello (lo cual, eso sí, no lo convierte en una falacia).
      Sobre las mujeres que rompieron el molde, mi objetivo no era tanto apuntar a las posibilidades subversivas del rock de nuestros días como apuntar a las prácticas perniciosas que seguimos reproduciendo quienes hacemos, escuchamos o escribimos sobre rock. Es un tema tan tan amplio e interesante que da para muchísimo más que un mero artículo.
      Un saludo, y gracias por los comentarios

  9. Dani

    Sobre la hipótesis de la liberación de instintos entre el público femenino durante las actuaciones de Elvis, la existencia de ese hecho no sería incompatible con lo que menciona Larry Lurex de las artistas explotadas. Puede que las chicas se soltaran la melena en las actuaciones del rey, y por otro lado intérpretes femeninas estuvieran oprimidas. Con respecto al despiporre de las mozas en los conciertos, sí recuerdo un documental sobre los orígenes del rock donde una chica negra que estaba en primera fila se estiraba para tocarle el paquete a un cantante de su mismo color. Era la parte del reportaje donde se ilustraba con filmaciones de los años cincuenta cómo la influencia blues/rhytm and blues presente en el rock era demasiado inadmisible para las mentes biempensantes blancas. En el caso de las chicas blancas -más reprimidas por la moral sexual judeo-cristiana, menos desinhibidas que sus hermanas negras-, esa efusividad sexual probablemente no sería algo tan habitual. Y quizá la expresaran más bien como se ve en las imágenes del público asistente a los conciertos de Elvis Presley, en vez de tocando paquetes de cantantes de rhytm and blues.

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