#NiUnaMenos. Argentina se manifiesta contra el feminicidio y las cadenas del patriarcado Crónica, Planeta

La sociedad argentina tomó las calles para exigir el fin de la inmunidad de violadores y asesinos de mujeres. Y, sobre todo, para visibilizar la larga cadena de complicidades que sostiene la violencia machista

Nazaret Castro

Algunos medios cifran en 200.000 el número de personas que acudieron a la manifestación de Buenos Aires. Foto: Jheisson A. López

Algunos medios cifran en 200.000 el número de personas que acudieron a la manifestación de Buenos Aires./ Jheisson A. López

Mujer, camina con otras como tú
Ellas son tu sol
(Jennyfer Nascimento, poetisa afrobrasileña)

La concentración se prometía multitudinaria, y la cantidad de personas que se encontraron frente al Congreso de Buenos Aires sobrepasó todas las expectativas. Hubo miles de personas -algunos medios hablan de 200.000-, hombres y mujeres; madres con sus hijos e hijas, parejas, organizaciones, independientes, bailarinas, performers, cantantes, pancartas hechas con aerosoles o lápices. Hubo creatividad a borbotones y un desorden que se combinó con un espíritu tan combativo en sus reclamos como pacífico en sus formas; y, sobre todo, con un profundo respeto por las víctimas de la violencia machista, esa que no queremos que se lleve por delante ni una vida más.

En apenas 48 horas las organizadoras consiguieron documentar 600 feminicidios y denunciaron la desidia del Estado a la hora de elaborar estadísticas de violencia machista

#NiUnaMenos se gestó horas después de que Chiara, una adolescente de 14 años, embarazada, fuese encontrada muerta y enterrada en el patio de la casa de su novio, en la pequeña ciudad argentina de Rufino, a mediados de mayo. Fue la gota que colmó el vaso. Un grupo de mujeres, periodistas y activistas, se pusieron manos a la obra: convocaron una manifestación sin precedentes para el 3 de junio. #NiUnaMenos se viralizó en las redes sociales; la convocatoria se extendió a decenas de ciudades de Argentina, Uruguay y Chile. En apenas 48 horas, consiguieron documentar 600 feminicidios, para visibilizar los casos, y también para denunciar la desidia del Estado a la hora de elaborar estadísticas de violencia machista. Esta vez, la sociedad argentina estaba madura: de pronto se visibilizaron años de activismo, de trabajo con las víctimas, “que hoy son sobrevivientes, alzan la voz, y toman las calles”, explica a Pikara Magazine Claudia Acuña, socia de la cooperativa que edita la revista anticapitalista y antipatriarcal Mu.

Algunas organizaciones hablan de un feminicidio cada 31 horas en Argentina; 300 mujeres asesinadas cada año por el solo hecho de ser mujeres; casi siempre, a manos de sus parejas o exparejas. Los relatos son espeluznantes y requieren de una profunda reflexión colectiva: violaciones, torturas, asesinato de embarazadas. La violencia machista mata a mujeres de todas las edades y condiciones sociales; pero se ceba con las chicas jóvenes y pobres. Y el macabro goteo no cesa: a la misma hora que miles de personas llegaban al Congreso, en la provincia de Corrientes, donde también se replicó la marcha, un hombre degolló a su hija, apuñaló a su esposa y se suicidó después.

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Una mujer en la manifestación #NiUnaMenos./ Jheisson A. López

 

#NiUnaMenos supone, ante todo, un esfuerzo por dar a conocer la larga cadena de complicidades que sostienen la violencia patriarcal: “Los cómplices también son responsables”, recordaban las pancartas; y “la indiferencia te hace cómplice”. ¿Por qué no te importa que descuarticen a una mujer a cuatro cuadras de tu casa? ¿Por qué el Estado no revela, juzga ni mucho menos pune la tortura, violación y asesinato de prostitutas y transexuales? ¿Por qué vale más el cuerpo de una chica del acomodado barrio de Palermo que el de una muchacha de rasgos indígenas que aparece muerta en una villa miseria? Las organizadoras colocan el dedo acusador sobre jueces, legisladores, policías y sobre todos los que cubren con un manto de silencio una realidad vergonzante; y apuntan también al periodista que, más o menos explícitamente, acusa a la víctima al señalar que la falda era muy corta, que caminaba por la calle de noche, que tenía varios novios o ninguno. ¿Exagero? En 2014, en un barrio del conurbano bonaerense, a Melina Romero la mataron por resistirse a ser violada. Tenía 16 años. Clarín, el diario más vendido en Argentina, tituló: “Una fanática de los boliches [pubs] que abandonó la secundaria”.

#NiUnaMenos iba, sobre todo, de visibilizar realidades incómodas. Como el abuso infantil, que permanece en la penumbra a pesar de que una de cada cuatro niñas y uno de cada ocho niños en Argentina han sufrido abusos sexuales; casi todos ellos, por parte de familiares directos, maestros u otras figuras que debían amarlos y protegerlos. ¡Una de cada cuatro! Tal vez cueste tanto visibilizar este tema porque la contundencia de las cifras obliga a entender que, probablemente, en cada familia hay al menos una persona abusadora y una abusada.

“Las víctimas necesitan saber que se rompió el silencio”

“No conozco a todas las putas, pero conozco a muchas, y todas sin excepción fueron abusadas cuando eran niñas; en el 99 por ciento de los casos, por familiares. La puerta de entrada a la prostitución es el abuso infantil, el más impune y silenciado de los delitos”, asegura Acuña. Se hace necesario trazar ese eslabón, para entender que estamos hablando de un problema social “y no de problemas individuales que se puedan resolver con terapia”, añade la periodista. De ahí la importancia de la marcha del 3 de junio: “Denuncia. No estás sola”, decía una de las pancartas. Miles de personas abrazaban a las mujeres maltratadas, a las y los menores abusados. “La voz cura”, dice Acuña. “Las víctimas necesitan saber que se rompió el silencio”. Porque sin repudio social de poco valen las leyes. Lo demuestra la sangría de víctimas en los últimos años, pese a que en Argentina existe desde 2009 una ley de protección a las mujeres víctimas de violencia machista, y a que desde 2012 está tipificado y penalizado el feminicidio.

El abuso infantil estaba, también, en las pancartas contra la justicia patriarcal: “¡Fuera todos los Piombo!” Se referían al magistrado Horacio Piombo, a quien su alumnado presionó para que dejara la docencia después de que rebajase la pena al violador de un menor de edad con el argumento, doblemente perverso, de que el niño ya había sido abusado anteriormente y que ostentaba una tendencia a la homosexualidad. El de Piombo puede ser un caso extremo, pero no es una excepción: la justicia sigue siendo patriarcal, y la impunidad alimenta la espiral de violencia.

Mirarse adentro

Una niña en la manifestación del 3 de junio en Buenos Aires: Foto: Jheisson A. López

Una niña en la manifestación del 3 de junio./ Jheisson A. López

#NiUnaMenos va de arrojar luz a realidades incómodas, trazar cadenas de complicidades y, también, va de mirarse adentro, porque, como escribe Luis Bruschtein en el diario Página 12, “el gran desafío es reconocerse en una sociedad machista que lo niega y trata de ocultarlo”, y que ese machismo que todos y todas, en mayor o menor medida, reproducimos, genera violencia contra las mujeres; y contra niños y niñas, transexuales, homosexuales y, en definitiva, todo lo que no sea el modelo hegemónico de hombre blanco. Recordaban las pancartas el 3 de junio que la cultura de dominación y explotación que subyace al patriarcado es la misma que la que sostiene el racismo, el capitalismo y la explotación irresponsable de la naturaleza. “Ni la tierra ni las mujeres somos mercancía. Ni la tierra ni las mujeres somos territorio de dominación”, gritaban unas. “Libres de las cadenas de la opresión racista, capitalista y patriarcal”, afirmaban otras.

“El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”, dejó escrito Eduardo Galeano, y se le recordó en la multitudinaria manifestación. ¿Por qué tanto miedo al poder de las mujeres, a la creatividad de sus úteros, a la sensualidad de sus cuerpos, a la sabiduría de sus ancestras? ¿Por qué tanta complicidad del sistema -la Iglesia, la publicidad, el Estado en diferentes frentes- con el miedo y la impunidad? ¿A quién beneficia que las mujeres sigan presas del miedo?

Ni una mujer más muerta a manos de un hombre por el hecho de ser mujer; ni una mujer más caminando por la calle con miedo. Pero también ni una mujer muerta por ser obligada a abortar clandestinamente; y ni una más teniendo que soportar el agravio cotidiano del acoso callejero o los manoseos en el transporte público. Ni un hombre más creyéndose dueño de nuestros cuerpos. El cuerpo de las mujeres como campo de batalla. #NiUnaMenos implica dejar de criar a las niñas diciéndoles que son princesas y a ellos, que deben ser machos que no lloran, que eso es de nenas. Supone también reflexionar sobre la violencia obstétrica; buscar por detrás de los prejuicios en torno a la menstruación para indagar los poderes del cuerpo femenino. Y mirarse adentro: preguntarnos si estamos exigiéndole más a las mujeres que a los hombres, o escuchando con más atención a los hombres que a las mujeres; observar si estamos reproduciendo una idea del amor y la pareja basada en la propiedad. Entender cómo cada una y cada uno contribuye a reproducir el miedo, la violencia, la opresión.

#NiUnaMenos es un grito de guerra para erradicar la violencia patriarcal y, sobre sus cenizas, construir una sociedad nueva con una concepción más sana de la masculinidad y la feminidad. Una sociedad, ante todo, más libre: porque, como dice Claudia Acuña, la reivindicación fundamental del feminismo ha sido y debe seguir siendo la libertad, el deseo: “No podemos cambiar un control bueno por un control malo, sino control por no control”. Por eso, como dice la periodista, la lucha no comenzó ni terminó el 3 de junio. Es una lucha de todos los días, que pasa por transformar el miedo en rebeldía, y convertir esa lucha en una fiesta.

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