Yo he abortado Derecho a decidir

Aborté en la primavera de 2009, con 20 años de edad. Fue una decisión fácil, desde que vi el resultado en el test de embarazo no me cupo duda de lo que tenía que hacer, aunque me realicé una segunda prueba en compañía de una amiga para estar completamente segura. La primera y única pastilla del día después que me había tomado no había hecho efecto, mala suerte.

Desde el ambulatorio de la universidad me orientaron muy amablemente; me facilitaron el contacto de una entidad que te ayudaba a costear parte del importe de la interrupción del embarazo. Acudí a su sede, todo fueron facilidades, desde allí concertaron ya la cita para realizar la intervención. Era un lunes, el viernes de esa misma semana ya había abortado.

Cuando llegué con mi compañero a la clínica donde me practicaron la interrupción del embarazo, tuve una cita con una profesional que después de entrevistarse conmigo certificó que abortaba alegando “daños psicológicos” para mi persona o una cuestión similar. Ya en la sala de espera observé que había bastantes mujeres que se encontraban en mi misma situación.

Cuando llegó mi turno me vestí con una de esas batas verdes y me abrí de piernas ante el doctor. Me indicó que estaba de 7 semanas, así que podía practicar el aborto con el método de aspiración, ya que me pareció entender que se tiene que realizar con un mínimo de semanas de gestación, porque si no puede haber riesgo de hemorragias. Cuando el doctor se puso manos a la obra, las enfermeras tuvieron una actitud impecable. Sabían que me iba a doler un poquito, así que estuvieron distrayéndome con preguntas y comentarios graciosos para que me relajara y fuera más llevadero ese rato. Duró poco, recuerdo un dolor intenso, como el de los primeros días de la regla, pero mucho más fuerte. Cuando terminamos me vestí y agradecí el trabajo a los profesionales. Salimos de la clínica con mi pareja, me dolía un poco la barriga, el mismo dolor que me sacude cuando me viene la regla, y me puse una compresa porque sangraba un poco. Fuimos a tomar algo y poco a poco se calmó el dolor. El día siguiente estaba perfectamente, como si nada hubiera pasado.

Me sentía fuerte y satisfecha, atontadamente enamorada, ya que notaba fuertemente el apoyo de mi compañero, con el que había iniciado una relación hacía 3 meses. Con él y sus amigos habíamos puesto nombre al no nacido, un nombre de dibujos animados que nos parecía muy gracioso y con el que bromeábamos. ¿Nuestra actitud era cruel? ¿Nos estábamos mofando de la vida? En absoluto, simplemente nos dejábamos llevar por lo que sentíamos y nuestros actos, mi decisión, en todo caso se trató de un elogio a la vida, mi vida y la de los que me rodean. Haber tomado otra decisión hubiera acabado con lo que yo quería vivir y con lo que en ese momento era prioritario para mí. Además, ¿qué clase de futuro podría haber ofrecido a alguien en ese momento? Aún así, escribo lo siguiente en mayúsculas para quede bien claro: AUNQUE ME LO HUBIERA PODIDO PERMITIR, AUNQUE EN ESE MOMENTO HUBIERA GOZADO DE UNA SITUACIÓN SUPUESTAMENTE ADECUADA PARA CIRAR A MI RETOÑO, NO LO HABRÍA TENIDO, YO NO QUERÍA SER MADRE EN ESE MOMENTO Y PUNTO.

Añadiré algo que para mÍ era y es de sentido común: en ningún momento he sentido, y ya han pasado 4 años, que hiciera algo malo y que pudiera dañar a alguien. Por suerte solo tuve consciencia de estar embarazada 5 días y en ese periodo no me invadió ninguna sensación en particular, simplemente el pragmatismo de poner remedio cuanto antes a la situación. No me persigue ningún remordimiento ni me siento traumatizada, para mí fue un acto natural que tuvo una solución rápida y efectiva. No me sentí cuestionada por mis amistades y para evitar sufrimiento a mi familia decidí no comunicárselo. De haber optado por contárselo a mi familia, nada hubiera cambiado. Sencillamente se lo oculté porque al cabo de un mes me iba a vivir en el extranjero y consideré que ya estaban suficientemente alterados ante esta noticia, no quería que se preocuparan doblemente, más por una cosa que a mí no me provocaba sufrimiento y que simplemente quería dar por cerrada.

¿Procedí correctamente? Creo que nadie tiene la potestad de contestar a esta pregunta por mí, es mi vida y mi cuerpo, yo decido. Sé que esta expresión puede parecer panfletaria y que tras repetirla unas cuantas veces su significado se puede diluir, pero posee la fuerza de la justicia en un tiempo en que la libertad de las mujeres sigue siendo una cuestión de Estado.

Como muchas otras mujeres, el día de mañana puedo dar positivo en un test de embarazo, ¿obraré de la misma manera?, ¿sentiré lo mismo que la vez anterior? No puedo formular ninguna respuesta, imposible saberlo. Lo que sí tengo claro es que si tuviera que abortar de nuevo quisiera volver a disponer de la rapidez, comodidad y tranquilidad de la que gocé, aunque bajo la ley del 1985 – no conozco detalladamente su contenido, solo me baso en mi experiencia personal- tuve que alegar daños psicológicos y abonar una cantidad de dinero. A mi entender el aborto tendría que ser gratuito y dejar de lado los supuestos, ya que es una cuestión de derechos humanos: las mujeres tienen derecho a decidir sobre su vida y disponer de un sistema sanitario que lo garantice.

Yo no defiendo el aborto solo porque lo haya vivido, sino también por solidaridad y justicia, esa que raras veces se encuentra en los tribunales. Lo defiendo como derecho fundamental para cualquier mujer, lo que nos está pasando hoy es un reflejo más de esta sociedad patriarcal con la que tanto nos llenamos la boca, una zancada más para hacer tambalear a todas las mujeres. Pero por nuestra condición permanecemos a alerta, acostumbradas a tejer y deshilar estrategias y a construir autoconocimiento. A menudo nos movemos por los márgenes y gozamos de una experiencia histórica y de unas redes de apoyo mutuo que en momentos como este se fortalecen. Nuestra libertad no la marca el Estado, tenemos la legitimidad y la fuerza de definirla nosotras mismas. Nos tenemos las unas a las otras y juntas podemos con todo.

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Yo he abortado
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