Gay Teen Boom, drama y medias naranjas Ficciones

Lander Calvelhe advierte en este artículo que los productos culturales en torno a la diversidad afectivo sexual y de género en la adolescencia reproducen la vieja historia del amor romántico.

Lander Calvelhe

Comencé con doce o trece años a buscar ávidamente historias en el cine y la literatura que conectarán con lo que estaba sintiendo por los chicos, una efervescente atracción homosexual, – supongo que intuí que allí encontraría refugio y material evocador para mis poluciones nocturnas. Con una tranquilidad que hoy me sorprende, pedí al bibliotecario de mi barrio El Muchacho Persa de Mary Renault, más tarde llegaron los poemas de Cavafis y Whitman, Orlando de Virginia Woolf, Maurice de E. M. Forster y otras referencias culturetas. No fue hasta a finales de los noventa, con Al salir de clase, que la cultura pop española presentó personajes de ficción adolescentes que se autoidentificasen como lesbianas y gays.

Podría ver el vaso medio lleno y decir simplemente que me alegro de tal proliferación y de su visibilidad, pero no voy a ser complaciente: Por un lado, hay pocas mujeres, personas trans y no blancas entre protagonistas y realizadoras. Por otro lado, la inmensa mayoría de estas historias vinculan directamente la diversidad afectivo/sexual y de género con sufrimiento y miedo al rechazo social/familiar, combinándolos con la búsqueda de una ansiada media naranja que alivie y suavice esos malestares e inseguridades.

Parece mentira que hayan pasado ya 15 años. Desde entonces ha llovido mucho en las televisiones, librerías, salas de cine, e Internet ha reinventado la producción y distribución de todo tipo de materiales culturales. Las y los adolescentes actuales de nuestros barrios no tienen que rascar demasiado para encontrar historias de ficción protagonizadas por jóvenes lesbianas, gays, transexuales, bisexuales o simplemente no estrictamente heteronormales; – aquí no se estila lo de transmaricabollo porque, de utilizarlo, rompería drásticamente con lo políticamente correcto de esta ola “abierta” a la diferencia de la cultura mainstream.

En enero del año pasado la revista Entertainment publicó un reportaje especial sobre personajes gays adolescentes en la historia reciente de las series de televisión estadounidense. En la portada dos jovencitos barbilampiños en actitud cariñosa y vestidos de uniforme preppy, – de colegio pijo – ilustraban el titular: How a bold new class of young gay characters on shows like Glee is changing hearts, minds & Hollywood. (Cómo una nueva clase de valientes personajes jóvenes y gays en programas como Glee están cambiando los corazones, la mentalidad y Hollywood).

Ciertamente la cantidad de material producido en los últimos 10 años es ingente y de fácil accesibilidad, pudiendo encontrar historias de ficción con adolescentes LGTB en múltiples formatos y soportes. A modo de menú degustación, o más bien de cajón de sastre, empiezo por las series de televisión más comerciales como Física y Química con Fer y David, el personaje de Fidel en Aída y las británicas Sugar Rush,Skins y Shameless, estas últimas con sendas versiones estadounidenses. Siguiendo con cómics como El azul es un color cálido de Julie Maroh, Normal de Olga Carmona Peral o los cinco volúmenes de No te escondas de Dorianne. Novelas como Nunca soñé contigo de Carmen Gómez Ojeda, La edad de la ira de Fernando J. López, Un beso de Ivan Cotroneo o Falsa Identidad de Sarah Waters. Y por supuesto está el cine, que es de dónde yo puedo poner más ejemplos, como el innumerable grupo de películas de chico-conoce-a-chico con aires hollydiénses: ShelterGet Real, Watercolors, The Conrad Boys o C.R.A.Z.Y; pasando por aquellas que transcurren durante el verano, especialmente en campamentos: Tormenta de verano, El verano de Clara, o Sonja; hasta las que tienen internados segregacionistas como telón de fondo: El último suspiro o Loving Annabelle.

No puedo dejar de nombrar las llamadas independientes y/o “de autor/a” como XXY El niño pez de Lucía Puenzo, Plan B y Ausente de Marco Berger; la del jovencísimo actor, director y guionista Xabier Dolan Amores imaginarios; todas las de Gregg Araki pero destaco sus dos últimas: Kaboom y Mysterious Skin; o la controverdida L.I.E.de Michael Cuesta. La lista sigue con comedias como But I’m a Cheerleader, No es otra película gay I y II; continua por producciones más próximas como la catalana Eloïse y termina con algo producido por la misma militancia LGTB: FIT, originalmente una obra de teatro que recorrió cientos de institutos por todo el Reino Unido gracias a la organización Stonewall.

Podría ver el vaso medio lleno y decir simplemente que me alegro de tal proliferación y de su visibilidad. Podría hablar de la diversidad de procedencias que van desde el largometraje jamaicano Children of God hasta el tailandes Pu Chai Lulla. Podría decir que hay variedad de temáticas, personajes, formas de contar, etc. pero sinceramente, por la parte de la militancia relacional transmaricabollofeminista que me toca y mi compromiso con el mundo de la educación, debo dejar las complacencias a un lado. Lo primero es seguir subrayando el reducido número de mujeres protagonistas y creadoras en el mundo de la cultura que consiguen desarrollar su trabajo y que éste llegue a un público amplio, además de las pocas personas trans y no blancas que hay tanto entre los personajes de estas historias como entre quienes las realizan. Y lo segundo, que es el objetivo de este artículo, es denunciar como, por mucho gay teen boom que estemos viviendo, la inmensa mayoría de estas historias vinculan directamente la diversidad afectivo/sexual y de género con sufrimiento y miedo al rechazo social/familiar, y lo que es más, combinándolos con la búsqueda de una ansiada media naranja que alivie y suavice esos malestares e inseguridades.

Fotograma de la película catalana Eloïse

El mito del amor romántico, que tan bien disecciona Coral Herrera Gómez como heredera feminista y declarada queer, sufre una metamorfosis con las tramas amorosas entre personajes del mismo sexo e incluso en las pocas con personajes trans, por ejemplo en una de mis favoritas, la película alemana Romeos. La pareja deseada se proyecta en la narración como un salvavidas al que agarrarse muy fuerte para que no te lleve la ola de la fobia social a la diferencia por orientación del deseo no hetero y/o por ruptura con la identidad de género asignada. El mensaje es claro: el resto del mundo aceptará mejor, esta mi diferencia, si la presento emparejada y con evidencias de que lo nuestro es amor de verdad, el que todo lo puede. Aquí lo que veo es un uso higienizante del amor romántico ya que, de alguna manera, a éste se la ha otorgado la capacidad de limpiar la “perversión” de las relaciones afectivo/sexuales entre personas asignadas con el mismo género o de géneros “desordenados”. Su poder desinfectante es tan fuerte que muchas compañeras alertan de que puede llegar a eliminar la dimensión disruptiva y política de nuestras formas de ser y relacionarnos, yo creo que nos falta un poco de perspectiva histórica para afirmar tal cosa y sólo deseo que no sea así.

Ya no bastaban la comedias románticas de heteros del tipo Pretty Woman o Titanic neoshakesperianas sobre clases sociales incompatibles. Ahora, si el amorío no es entre personas LGTB, la historia queda un tanto desfasada por simplona y aproblemática. Pero el amor que representan, explicado como el único posible y/o deseable, continua ligado al sufrimiento. El mensaje es claro: el resto del mundo aceptará mejor mi diferencia, si la presento emparejada y con evidencias de que lo nuestro es amor de verdad, el que todo lo puede.

Para muestra de cómo las parejas LGTB han sido convertidas en la quita esencia del ideal romántico sólo hace recordar la popularidad de Brokeback Mountain, un tremendo cocktail con: despertar homosexual bucólico, dos chulazos con cero pluma, amor imposible, doble vida y engaño familiar, asesinato, camisa ensangrentada de recuerdo y la fantasía de lo que pudo ser y se quedó en llanto. La atracción estaba asegurada, – yo pagué mi entrada sin demasiados miramientos – , y quienes hacen estudios de mercado encontraron un filón, principalmente entre las consumidoras heterosexuales. Según uno de estos estudios realizados por Running Press, el perfil mayoritario de quienes también compraron la entrada fue el de mujer joven, de mediana edad, heterosexual y con estudios medios o superiores; las posteriormente etiquetadas como W4M4M (mujeres que aman a hombres que aman a hombres).

En la maquinaria de la producción cultural postfordista, las editoriales de novela rosa comenzaron a publicar las mismas historias apasionadas de toda la vida pero entre apuestos muchachos y caballeros, novelas que al parecer mantienen a flote a este tipo de editoriales en los tiempos que corren, en su gran mayoría escritas por esas mujeres que el estudio de mercado designó como perfil consumidor, – al parecer el llamado pink dollar tiene ramificaciones insospechadas. He de remarcar que el fenómeno tiene menos fronteras de las que cabe esperar. En el fascinante mundo de las subculturas adolescentes japonesas el Yaoi es un tipo de manga que cuenta historias de amor entre chicos escritas por y para chicas heterosexuales, y al parecer sus fans son legión.

Ya no bastaban la comedias románticas de heteros del tipo Dirty Dancing, Pretty Woman o Titanic con esa estructura neoshakespeariana que cambiaba las familias enfrentadas por clases sociales incompatibles. Ahora la dinámica del espectáculo requiere un más difícil todavía: si el amorio no es entre personas LGTB, la historia queda un tanto desfasada por simplona y aproblemática. Con este giro de sofistificación en los productos culturales la representación del amor, de un tipo muy concreto de amor pero casi explicado como el único posible y/o deseable, continua ligado al sufrimiento muy a pesar de todas las luchas feministas y movimientos de liberación sexual.

Este amor que reconstruyen y clonan de acá para allá es muy concreto. Es el que exponencialmente genera frustración y situaciones de riesgo para el bienestar personal y social, es el que puede hacernos caer en relaciones de dependencia emocional y material, el que potencialmente nos lleva a situaciones de violencia física y psíquica. No quisiera causar malentendidos: la violencia de género, por muchos motivos y muy bien explicados por Beatriz Gimeno y Violeta Barrientos en este artículo, aglutina una serie de especificidades y repercusiones tan amargas en nuestra sociedad, y por tanto en nuestras vidas, que en ningún sentido debe ser entremezclada con otras violencias de índole doméstico e íntimo. Mi intención aquí es desvelar cómo están sobreviviendo las estructuras heteropatriarcales, neocapitalistas, nacional-catolicistas y progresistas-de-buenas-intenciones, poca-reflexión-crítica y camuflado-apego-al-estatus-quo, en el seno de una corriente cultural que tiene a la juventud LGTB como principal protagonista y consumidora.

Es cierto. Por desgracia esta problemática no es nueva para nadie pero hay algo que especialmente me indigna cuando entramos en el área de la diversidad afectivo/sexual y de género en la adolescencia. Con la aparición de todas esas películas, series y demás soportes narrativos, he sentido cómo muchas personas hemos bajado la guardia aunque sea momentáneamente. Algunos sectores bienpensantes hacen una lectura de estos productos culturales celebratoria y acrítica; entiendo, debido a cuestiones de visibilidad y reconocimiento. He podido escuchar argumentos que se oponen a mi posición de denuncia diciendo que es mejor tener estos referentes que ninguno, poniéndome así entre la espada y la pared; pero claro, “ninguno” no existe, siempre habrá algo con lo que referenciarse viviendo en sociedad, digo yo. Luego está el argumento más siniestro, el que sostiene que estos referentes están bien para empezar, y entonces me pregunto: ¿Para empezar qué? ¿Qué proceso evolucionista hay detrás de este “para empezar”? ¿Qué insinúa que se debe dejar para más adelante?

Y por último están quienes dicen que estas historias de amor romántico con adolescentes LGTB son un síntoma de igualdad y que la igualdad, queramos o no, es tanto para lo bueno como para lo malo. Lo puedo comprender, claro, pero me duele tanto el precio a pagar que desde hace ya tiempo intento utilizar lo de igualdad con cuenta gotas al expresar mis deseos de mejora social. Una cosa es tener igual derecho a ser diferentes y otra confundir igualdad con asimilacionismo.

Supongo que todas y todos los adolescentes, indiferentemente de su orientación del deseo e identidad de género, tienen miedo a no encajar, y, en cierta medida, albergan la ilusión de encontrar a la media naranja que les ayude en ese bache. Es más, incluso diría que a todas las personas nos preocupa caer en el ostracismo. Pero este miedo a no pertenecer, junto con la ilusión de ese amor redentor, tienen connotaciones y motivaciones distintas dependiendo de los casos. Cuando hablamos de grupos que históricamente no han disfrutado de las condiciones para narrarse, que han estado y continúan hoy en los peldaños inferiores de la escalera social por debajo del hombre/blanco/heterosexual/clase-media/alta/judeo-cristiano, tales preocupaciones cuentan con experiencias tangibles y diarias que las alimentan. No es que no encajemos, es que vivimos en un sistema jerárquico y jerarquizante que legitimamos cada día, – por supuesto unos más que otras-, y emparejarse, a veces a toda costa, puede ser entendido como la mejor estrategia para subsanar las dificultades de una situación fuertemente desfavorecida.

Llevo menos de un año trabajando con adolescentes que se sitúan fuera de la heteronormalidad y he encontrado detalles que me alarman respecto a las relaciones y expectativas románticas que dejan entrever, por no decir su elevado desprecio a lo que diagnostican como “promiscuidad”, – lo reconozco, yo también lo hice, el objetivo era apartar de mí todos aquellos motivos que pudieran causar rechazo social. De alguna manera entendimos que la multiplicidad de parejas y prácticas sexuales, aun hoy, es razón para infravalorar a homosexuales y/o mujeres.

Viendo el documental Put This On The Map, la palabras de Jamie de 17 años pusieron sobre la mesa lo que intuyo son las marcas más superficiales que puede dejar esta tendencia a la exaltación del amor romántico LGTB entre adolescentes: “Un momento en el que me preocupé por mi bienestar personal fue cuando rompí con mi novio tras un año y medio de relación. Él fue la primera persona con la que realmente me di cuenta de que me gustaban los chicos. Cuando rompimos de alguna manera tuve una fuerte crisis de identidad al sentir que ya no sabía quién era yo ni lo que estaba haciendo con mi vida.” Definitivamente, esta situación que combina: exploración y cuestionamiento de la propia identidad por orientación del deseo y/o género asignado, con el riesgo de exclusión social latente, más amor romántico y posible relación personal basada en la dependencia emocional, no es la que quiero para nadie que esté pasando o vaya a pasar por la adolescencia, que esté hoy o mañana en nuestras casas, barrios e institutos.

* * *

Aquí mi deseo y compromiso: revisar de manera crítica las historias que nos llegan en formatos y soportes culturales diversos sin que la necesidad de reconocimiento, las heridas o las buenas intenciones nos cieguen. Dar a conocer la diversidad afectivo/sexual y de género sin edulcorarla sistemáticamente con historias de príncipes, princesas y perdices. Explicarnos qué significan las relaciones de amor saludables, proyectarlas y cultivar la autoestima para querer sin depender. Promover el disfrute y cuidado del cuerpo, del de las otras personas y de los nuestros propios. Y aquí mi convicción de un cómo: aprendiendo de lo aprendido por muchas otras anteriormente, agradeciendo, continuando y haciendo llegar la gran labor feminista de empoderamiento, reflexión crítica, denuncia y cuidado mutuo a la juventud que ha puesto un pie fuera de la heteronormalidad y de la identidad de género asignada. Como gritaba la pancarta del E28J del 2011 en Iruñea: Gora gu eta gure gorputxak!

Recomendaciones:

Tras comentar el artículo con varias compañeras, nos dimos cuenta de que sería conveniente aportar una lista de películas, libros y demás soportes narrativos que contrarrestarán los discursos que criticaba. Mi atrevimiento y mis conocimientos no llegan tan lejos, además no he querido hacer una critica a estos productos culturales en si mismos sino a los discursos y representaciones que apoyan y reedifican, por lo que entre los materiales citados anteriormente se encuentras algunas historias interesantes e interesantemente contadas. A pesar de todo, y de cualquier material es susceptible de apropiación, subversión y disfrute llevando puestas las gafas violetas del feminismo más creativo, aquí una minúscula selección de historias/representaciones de la diversidad afectivo/sexual y de género entre adolescentes a que mi entender rompen de alguna manera con el discurso de la victimización y del amor romántico normativo:

En los media anglosajones la palabra gay se usa de cajón de sastre para todo lo que no es heterosexual, tendencia que evidentemente tiene como consecuencia la invisibilización de lesbianas, trans y otras formas contestatarias de nombrar la diversidad afectivo/sexual y de género.

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Comentarios recientes

  1. Lirisa

    Me ha encantado este artículo! Una pena que el aparente progresismo que conlleva incluir otros tipos de parejas en los productos de ficción quede empañada por los estereotipos y modelos que han caracterizado, y siguen haciéndolo, a las parejas más tradicionales. Me parece una idea muy interesante y bien tratada. Felicidades a su autor!

  2. crítico marika

    Partiendo de que estoy de acuerdo con el artículo y que la idea de amor romántico imperante es un constructo cultural, creo que sea como sea, también hay peronas homo y transexuales que desean tener pareja estable, es decir, que desde mi punto de vista tan grave es aculturizar o condenar a las personas homosexuales en ese ideal como en lo contrario porque ser homo o transexual no va unido ni a una cosa ni a la otra, es tan diverso en ese sentido como el de la población heterosexual. Lo importante es tener claro que la sexualidad de una persona no condiciona toda su existencia, que es algo que también se inculca tanto dentro del mundo homosexual como fuera, y que cada cual tiene sus gustos, necesidades, deseos y necesidades afectivas y emocionales. No es ni mejor ni peor tener pareja abierta, cerrada, no tenerla o tener relaciones sexuales casuales con distintas personas, básicamente es una opción personal y cualquiera puede ser válida y aceptable.

    Por otro lado, está claro que si el hecho homo y transexual se normaliza en la sociedad actual, asimilará sus valores y es lo que ocurre, por ahora son los que son, y que haya personas (hetero, homo y transexuales) críticas con la sociedad actual, no quita que haya también personas homo y transexuales con ideologias conservadoras, católicos o religiosos… y también debemos aceptar su forma de ser porque la sexualidad no hace a nadie de izquierdas, ácrata, ateo, feminista, homófobo, conservador…

    Así que desde mi punto de vista, la idea de amor romántico y pareja es algo a revisar en la educación de todos l@s niñ@s, independientemente de su sexualidad.

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