Judith Butler, la ley de identidad de género y los baños mixtos Participa

Jorge Gemetto http://los-papelitos.blogspot.com Leo que en el Congreso de Argentina se comenzó a tratar una ley de identidad de género. Está bien. Que así sea. Es lo que viene pidiendo hace tiempo la comunidad de travestis y transexuales para disminuir, aunque sea un poquito, la violencia que reciben desde todos lados, día tras día. Agarro mi Leer más

Jorge Gemetto http://los-papelitos.blogspot.com

Leo que en el Congreso de Argentina se comenzó a tratar una ley de identidad de género. Está bien. Que así sea.

Es lo que viene pidiendo hace tiempo la comunidad de travestis y transexuales para disminuir, aunque sea un poquito, la violencia que reciben desde todos lados, día tras día.

Agarro mi DNI. El campo “sexo” es el cuarto en orden de importancia, detrás de “apellido”, “nombres” y “clase” (a.k.a. “año de nacimiento”). Más abajo figura el número de documento y la nacionalidad.

Agarro una tarjeta migratoria. “Sexo” vuelve a figurar antes que “nacionalidad” y “país de residencia”, al fin de cuentas lo más importante para una tarjeta migratoria.

Le pregunto a Mariana qué problema tienen los muchachos del registro civil y los de Migraciones con las partes pudendas de uno. Después de todo, “sexo” no aporta nada a la identificación de una persona más que una foto actualizada y una buena huella digital, elementos que no faltan en toda cédula.

Lo pienso una y otra vez y llego a la conclusión de que, efectivamente, el campo “sexo” lo incluyen solamente para molestar a los transexuales.

Sigo hablando con Mariana. En un momento, ella desconfía de nuestra supuesta agudeza y dice que alguna utilidad tiene la distinción. Dice que puede ser útil, por ejemplo, para estudios demográficos. Dice además que, paradójicamente, es un dato imprescindible para medir la violencia de género. Dejar de utilizar el dato “sexo” podría invisibilizar la violencia que existe y que seguirá existiendo, al impedir cruzar esa información con otros indicadores como salario, acceso a la educación, pobreza, etc.

Le creo, pero le pregunto, si es así, por qué no figura en el documento un campo como “raza” o “etnia”, el cual también arrojaría datos decididamente útiles para un sociólogo. ¿Es por lo difícil de establecer la raza de una persona? ¿O acaso porque tiene un olorcito a nazi consignarlo? Y si es así, ¿por qué no tendría el mismo olorcito el “Varón” o “Mujer” de mi DNI? Y además, si estamos hablando de datos demográficos y de estudios sociales, ¿qué mejor herramienta para preguntar “¿tenés chota?”, sin comprometer a nadie y de forma anónima, que un censo? Y, en todo caso, ¿qué mejor que reformular la pregunta y dejarla abierta a lo que la persona desee responder? Después de todo, muchos transexuales y no transexuales seríamos más felices si no nos obligaran a decidirnos.

Qué digo decidirnos. Decidirnos es lo que no podemos hacer ahora y es por lo que están peleando allá en el Congreso. En caso de lograrlo, será una victoria, claro. Pero seguirá siendo poco.

¿Por qué una persona a quien no le interesa cumplir con los rituales de género que le fueron asignados, una persona que se mire por donde se la mire (sí, ahí abajo también) no concuerda con las categorías históricamente construidas de “hombre” y “mujer”, debería decidirse por ser alguna de esas dos cosas?

Vuelvo a la charla con Mariana. Me dice que la determinación del sexo puede ser importante para uso médico y para estudios epidemiológicos. Concuerdo. Pero con una salvedad. Los médicos cruzan todos los días el límite del dato útil para ejercer violencia y actuar como disciplinadores. Sólo un ejemplo: hoy en día, si quiero donar sangre en Uruguay, debo responder si tengo relaciones homosexuales, dato completamente irrelevante (y vil) cuando todas las donaciones recibidas se analizan más tarde en laboratorio.

En definitiva: no tengo ningún problema en hablarle de mi chota a mi médico, pero siempre y cuando él utilice este dato únicamente para curarme.

Por último, la charla con Mariana avanza al terreno cotidiano. ¿Cómo sería la vida de todos los días sin la obligación de ser hombre o mujer? De repente, se me aparece un caso boludo pero que pinta problemático, como el de los baños públicos. ¿No sería incómodo estar en un mismo baño con alguien del otro sexo? Lo primero que me viene a la cabeza es la fantasía de que aumentarían salvajemente las tasas de promiscuidad y de violaciones. ¿Acaso los locos borrachos no se lanzarían a manosear mujeres? ¿Acaso uno mismo no se sentiría tentado al ver una perra voluptuosa inclinada frente el espejo, maquillándose? La verdad es que no sé. Sí sé (de repente me encuentro contestándome a mí mismo) que los gabinetes higiénicos son individuales y que en los mingitorios rara vez uno llega a ver la chota de un vecino. Sí sé que, en situaciones sociales normales, ningún vivillo osa siquiera mirarle el culo a una mina que tiene al lado. En cualquier caso, la incomodidad y las fantasías se acabarían, supongo, tan pronto como nos acostumbrásemos a compartir el espacio. E intuyo que descubriríamos que no hay nada sexy en los ruidos de pedos y chorros de pis de la vecina.*

Judith Butler escribió largo y tendido sobre la violencia de las construcciones sociales históricas de sexo y género. Nos contó (y le agradezco por haberlo hecho) cómo estas construcciones sociales ejercen presión sobre el desarrollo pulsional y hasta físico de las personas. Sobre cosas tan escalofriantemente básicas como lo que nos gusta, la imagen que tenemos de nosotros mismos y del mundo, la forma de caminar o cuánta fuerza tenemos.

Una vez un amigo argumentó que no es bueno borrar distinciones tan básicas como la de género, dado que nos ayudan a ordenar el mundo. Decía que si dejáramos de pensar en hombres y mujeres, habría un empobrecimiento de significados. Probablemente mi amigo tenía razón. Creo que en este caso la solución no va por el lado de eliminar distinciones ni de promover la uniformidad (y esto lo digo a pesar del afán destructivo que me agarra cada vez que veo una revista Hombre o Cosmopolitan, cada vez que veo a una mujer maquillándose en el ómnibus). Mejor es actuar, como Judith, para revolucionar los géneros con una explosión de significados nuevos. Mejor es ser sujetos “con género”, que tomamos parte activa en la conformación de nuestra identidad.

Cuando eso pase, cuando lo queer no sea la excepción sino la regla, no va a tener demasiado sentido que los del registro civil sigan fabricando las libretas con el campo “sexo”.

* Mariana me pide que aclare que ella también está radicalmente a favor de los baños mixtos.

Este artículo ha sido enviado por un lector o lectora. La sección Participa se plantea como un espacio plural en el que fomentar la participación y el empoderamiento. Los textos publicados en ella no tienen por qué coincidir con la línea editorial de Pikara Magazine. ¡Gracias por participar!

Judith Butler, la ley de identidad de género y los baños mixtos
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Comentarios recientes

  1. Beatriz Gimeno

    En general estoy de acuerdo pero tengo salvedades que creo que merecen ser comentadas. Yo misma presenté hace tiempo alguna ponencia sobre la necesidad de eliminar la mención al sexo en los documentos oficiales. Sin embargo, con el tiempo creo que esa eliminación, en este momento sería perjudicial para las mujeres. ¿Cómo podríamos medir entonces la discriminación que se ejerce sobre las mujeres? ¿Cómo demostrar que cobramos menos, que ocupamos los trabajos más precarios, que somos más enla universidad pero menos en los puestos de dirección etc. ? Creo que la igualdad es un paso previo y necesario a la desaparición de la mención al sexo en los documentos o lo único que se conseguirá será invisibilizar la discriminación.

  2. Ineritze

    Alguna vez ya había conversado sobre lo importante o innecesario de incluir la categoría de sexo en el Documento Nacional de Identidad. Al igual que en este artículo, creo que es algo que no aporta (o que no debería aportar). De hecho, aunque sin datos históricos que me permitan comprobarlo, supongo que la presencia de ese campo se debe a que en su momento contribuía a mantener categorías de división que antes te separaban/clasificaban y te permitían hacer o no hacer determinadas cosas. Y se me ocurría el ejemplo de que las mujeres no pudieran abrir una cuenta en el banco sin la firma de su padre o marido hasta hace bien poco. Actualmente puede ser un indicador fácil, por ejemplo si en una entrevista una empresa no quiere contratar a una mujer porque no les interesa que se coja bajas por embarazo. Que suena bestia, pero ocurre…

    No me convence lo de mantenerlo por los estudios estadísticos o por historial médico, o en cualquier caso, no en este soporte de “identificación rápida”. Pero sí que me ha convencido la opinión que dice que eliminarlo “podría invisibilizar la violencia que existe y que seguirá existiendo, al impedir cruzar esa información con otros indicadores como salario, acceso a la educación, pobreza…etc”. Mientras la lucha contra la desigualdad continúe, no tener en cuenta ese campo en el análisis sería emborronar la realidad, tratar de meter a todas las personas en un mismo saco, cuando en la realidad, todavía no es así. Aunque bueno, también quizá (y aviso que aquí me pongo a divagar), si dejasen de recordarnos en todos lados y empezando por la tarjetita que siempre llevamos encima, que somos distintas según nuestro sexo, habríamos avanzado un poco más en esta sociedad, quizá las siguientes generaciones estarían curadas de este binarismo. Y en el caso del historial médico, tampoco me convence, porque creo que hay cosas que serían mucho más importantes de incluir en el DNI, se me ocurre por ejemplo, el grupo sanguíneo. Sobre todo pensando que es una información que pueda hacer falta de forma urgente si la persona sufre un accidente. Pero pensar que debe aparecer el sexo porque hay enfermedades que son más propensas según él es algo que debe constar en el historial médico personal de cada un@. Al igual que enfermedades hereditarias o así. No tienen porqué formar parte de la Identidad más que los estudios, el trabajo, o los gustos de cada persona.

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