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La pantalla muestra la consecución de una medalla de halterofilia, pero una voz en off no deja lugar a dudas: es sólo una tía. Eloy Fernández Porta nos habla de la refeminización: la tendencia de construir un relato con códigos de género que subrayen o pongan en primer lugar la condición femenina de su protagonista.

Pesas

Gordon Swanson/ Dreamstime.com

Eloy Fernández Porta*

Si quitamos el volumen sólo vemos el doliente movimiento ascensional en plano fijo, sus tres fases trabajosas, la rutina sobrehumana: la rodilla, flexionada, la tensión abdominal, el metal y los nudillos, el músculo exacerbado, el golpe de riñones y el impulso: las pesas, ahora, presentadas en el aire cual trofeo penitente, y el cuerpo, mueca y temblor todo él, pero, ahora sí, el peso arrojado sobre la lona, con un ruido industrial, vencedor.

A través del discurso refeminizador, cualidades como la potencia física o la excelencia competitiva se vuelven relativas si su sujeto es mujer

Esta secuencia bien podría ser confundida con una demostración de fuerza. Por fortuna, contamos con la voz en off, que nos explica las circunstancias que precedieron a la consecución de esa medalla, la tercera para Bulgaria en halterofilia. Pues también en el atletismo de elite suceden estas cosas, y cuando oímos que, al poco de empezar el concurso, tuvo que correr al baño, que se demoró, que llegó con retraso, que hubo nervios y rubor antes del ejercicio y, después, tras el sonido industrial, unos pucheros y el llanto, en brazos del entrenador, entonces lo entendemos:

Es sólo una tía.

Esa voz en off, que acotaba la retransmisión de los Juegos de Pekín, hacía un trabajo que se conoce como refeminización. Refeminizar es construir un relato con códigos de género que subrayen o pongan en primer lugar la condición femenina de su protagonista. El discurso refeminizador trata de la virtud, y nos enseña que las cualidades absolutas, así la potencia física o la excelencia competitiva, se vuelven relativas si su sujeto es mujer. Los datos “femeniles” que he enumerado no parecen aportar nada a una noticia deportiva, pero, uno tras otro, van cobrando tal relevancia que, al cabo, ésta no habla de un triunfo pindárico, sino de “ser mujer”.

Si al construir un relato omitimos los códigos de género –como en el primer párrafo de esta columna- el lector suele suponer que el sujeto del discurso es masculino. Este fenómeno, llamado sexismo del oyente, puede ser desactivado –lo hemos hecho en el segundo párrafo- y, en una obra de arte, puede ser usado para obtener un efecto estético.

Ese efecto, artístico y político a la vez, es la desfeminización. Lo hace Tarantino en Death Proof, donde emplea el blanco y negro y el plano corto para filmar a una mujer y, poco después, introduce el color, abre el plano y nos muestra que la persona a quien hemos estado escuchando va vestida como una animadora –cosa bien distinta de mostrar, desde el principio, a una animadora.

¿Suena complicado? No lo es tanto como lograr que te escuchen –si eres animadora- o ser reconocida, si atleta, aun con una medalla en el pecho.

*Eloy Fernández Porta es escritor y profesor de Nuevos Ámbitos Literarios en la Universitat Pompeu Fabra. Ha sido galardonado con el Premio Anagrama de Ensayo 2010. Este artículo pertenece a la serie “Medianenas & Milhombres”, que se publica cada semana en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia.

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